Aquí estoy y vengo de Cuba

Padura.01–  Leonardo Padura

Aquí estoy, y vengo de Cuba.  Aunque más que de Cuba, debo precisar que vengo de un barrio de la periferia habanera llamado Mantilla.  Allí vivo y escribo, en la misma casa donde nací.  En ese barrio plebeyo y bullicioso que brotó a la vera del Camino Real, también nacieron mi padre, mi abuelo, quizás incluso hasta mi tatarabuelo Padura.  Allí mi padre conoció a mi madre, una bella cienfueguera llegada a La Habana empujada por la pobreza y se enamoró de ella hasta el último aliento de su vida.  Mis abuelos maternos habían nacido en aquella zona del centro de la Isla y, si no hubo alguna excepción, parece que también que mis bisabuelos Fuentes y Castellanos nacieron por aquellos lares.  Si digo todo esto es para fijar la profundidad de una pertenencia y para establecer, también genealógicamente, una evidencia:  soy cubano por mis 64 costados.

A Cuba, a su cultura y su historia debo casi todo lo que soy, profesional y humanamente. Porque pertenezco profundamente a la identidad de mi Isla, a su espíritu forjado con tantas mezclas de etnias y credos, a su vigorosa tradición literaria, a su a veces insoportable vocación gregaria, al amor insondable que le profesamos al béisbol, y como soy escritor, pertenezco a la lengua que aprendí en la cuna, con la que me comunico y escribo, la maravillosa lengua española en la que ahora leo estas palabras. Y, por ello, parafraseando a José Martí, el apóstol de la nación cubana, puedo decir que dos patrias tengo yo:  Cuba y mi lengua.  Cuba, con todo lo que tiene dentro y también fuera de su geografía;  la lengua española, porque soy lo que soy a través de ella, gracias a ella.

Con Cuba y con mi lengua a cuestas he recorrido un camino que se va haciendo largo y que me ha traído hasta este momento de epifanía, hasta este asombro y satisfacción superlativos que no me abandonan porque estoy donde nunca soñé estar, aunque sé por qué estoy:  sencillamente porque soy un empecinado.

Pero, con empecinamiento incluido, llegar hasta aquí no ha sido fácil.  En realidad, ser escritor nunca ha sido fácil y, para mí, ha sido más esforzado de lo que tal vez podría parecer.  Muchas, muchas horas he dedicado a mi oficio, en una lucha terrible por vencer miedos e incertidumbres que lo abarcan todo:  desde la elección sobre los aspectos de mi realidad que he querido reflejar, hasta el encuentro de la palabra más adecuada para conseguir expresar del mejor y más bello modo posible esa realidad reflejada.  Ser escritor ha sido una bendición que he asumido con una responsabilidad artística y civil, que ha sido y será ardua:  muchas incomprensiones me han acompañado, incluso marginaciones cuando era considerado apenas un autor de novelas policiacas y algún que otro ramalazo por ser como soy y escribir como escribo. Pero hace cuarenta años aprendí que para lograr algo, al menos en mi caso, sólo había una fórmula y la adopté y la practico a destajo:  el trabajo diario.  Y por eso puedo decir ahora que, más que dos, en realidad tengo tres patrias:  Cuba, mi lengua y el trabajo.

Pero, debo y quiero reconocerlo aquí:  para que mis tres patrias tutelares pudieran traerme hasta este momento, muchas coyunturas y personas han debido reunirse y concretar lo real maravilloso.  Porque no sólo de pertenencia, idioma y trabajo se vive en las patrias posibles del escritor, y porque ejercitar la gratitud es algo que me complementa.

A los creadores de mi casa de Mantilla debo la vida, pero también una formación humana y una ética en la que se combinaron con amable armonía la filosofía masónica de mi padre y la fe católica de mi madre.  Y aunque no me inicíé como masón y soy ateo, de ellos aprendí la práctica de la fraternidad, la solidaridad y el humanismo entre las personas, unos valores que he tratado de aplicar en todos los actos de mi vida.  Lamento que ellos no estén físicamente hoy aquí conmigo, aunque sé que me acompañan:  mi padre desde el sitio que le haya asignado el Gran Arquitecto del Universo; mi madre desde nuestra casa mantillera.

A muchos de mis compañeros de estudio y de profesión debo agradecer la compañía a través de los años y la  fidelidad militante con que nos hemos tratado en un tránsito hermoso y difícil, como todos los transcursos vitales.  Aunque sólo unos pocos de ellos estén hoy aquí, sé que festejan conmigo, y puedo decir como Gardel, el dìa de su debut parisino en el Olimpia:  “¡Si estuvieran aquí los muchachos del barrio!”.

Con España tengo una impagable deuda de gratitud.  Desde aquel verano de 1988 en que, como simple periodista, llegué precisamente a esta tierra de Asturias, para participar en la Primera Semana Negra de Gijón, este país me abrió puertas cuya trasposición me ha permitido avanzar y estar donde estoy.  A la literatura española que conocía por mis estudios y preferencias, se sumó la que encontré desde entondes y que mucho cambió mis percepciones.  Luego, a un concurso literario español, el Premio Café Gijón de 1995, debo la posibilidad de haber podido crear el puente que condujo a una de mis novelas hasta las manos de la directora de la prestigiosa Editorial Tusquets, para iniciar una relación de amor y trabajo que hemos sostenido durante 20 años y ha permitido que mis libros hayan podido ser leídos en todo el ámbito de la lengua, y a partir de ahí, en otros más de veinte idiomas.

A España le debo también el honor de que el Consejo de Ministros del paìs me concediera la ciudadanía española por el procedimiento de Carta de Naturaleza, reconocimiento honorífico que ha consolidado aun más, si eso es posible, mi relación con la segunda de mis patrias, esta lengua en la que me expreso y escribo.

A los veintiún miembros del Jurado que me ha concedido el reconocimiento que hoy recibo, mi gratitud infinita.  Merecer este premio, todos lo saben, no es cualquier cosa.  La lista de nombres que me preceden avalan la magnitud de esta gratificación.  Y el hecho de que ustedes me hayan elegido, es un  honor que recibo con el orgullo de ser el primer escritor cubano que lo alcanza.  Y como tal lo recibo:  como escritor cubano y como un premio a la literatura y a la cultura de mi primera patria.

Y a mi esposa, Lucía López Coll, que por supuesto está aquí conmigo, sólo puedo decirle: Lucía, gracias por soportarme durante casi cuarenta años, por ayudarme tanto a conseguir lo que ha sido y está siendo la novela de mi vida.

Pero mi acto de gratitud no estaría completo sin recordar a alguien de cuya mano he llegado hasta este estrado.  Hace veinte años, cuando Tusquets publicó mi novela Máscaras, los periodistas me preguntaban por qué había escogido aquel nombre para mi protagonista.  Hoy, gracias a la persistencia de ese compañero de luchas, creo que mi personaje y yo hemos vencido en un tremendo combate:  Mario Conde, el cubano, con su nombre resonante se ha ganado un espacio en el imaginario colectivo de este país, donde acumula amores, reconocimientos y lectores.  Gracias, Conde, por haberme acompañado todos estos años en el empeño de explorar y revelar conmigo la vida y la sociedad cubanas y a comprender los desafíos de la cuarta edad cuyo tránsito estamos iniciando.

Hoy es uno de los días importantes de mi vida, quizás el más mediático de que haya disfrutado, y por eso, al tener la oportunidad de dirigirme a tanta gente y tan poco tiempo para hacerlo, he debido pensar mucho qué decir:  y he decidido hablar sólo de asuntos realmente trascendentes, unos pocos, todos relacionados con el amor, la persistencia, la gratitud y la pertenencia.

Hoy es un día de vino y rosas y así quiero guardarlo en mi memoria.  Porque a pesar de los pesares, de las luchas, las dudas, los silencios y los resquemores, la verdad es que las recompensas que debo a mis patrias y a todos los que me han ayudado a obtenerlas, son un pretexto de lujo para disfrutar y compartir esta felicidad, y quiero hacerlo con el mismo espíritu impoluto con que compartía hace más de cincuenta años mi bate, mi guante y mi pelota de béisbol con aquellos amigos del barrio con los que aprendí a gozar la satisfacción del éxito, en un simple juego de pelota, en una calle de un barrio habanero llamado Mantilla, donde palpita el corazón de mis patrias.

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Nota:  La ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias 2015, presidida por los Reyes de España, tuvo lugar el 23 de octubre de 2015 en el Teatro Campoamor (Oviedo, Asturias).  Para más información, véase  http://www.fpa.es

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La danza moderna no envejece bien

                                                                                              –  Vicente Cué

El “Ballet du Grand Théâtre de Genève” dirigido por Philippe Cohen (ver foto de la sede supra) participó recientemente en el Festival de Danza Oviedo 2012.  El espectáculo de los suizos nos propone dos obras en las que la rotundidad de la música, “Noche transfigurada” de Arnold Shönberg y “Requiem” de Gabriel Fauré debe iluminar a la danza para una elevación espiritual y un poderoso movimiento físico.  Cohen ha manifestado que esas dos obras musicales las lleva dentro desde su adolescencia.

La pieza de Schönberg ha inspirado la elaboración de varios ballets.  El coreógrafo inglés Antony Tudor usó la partitura para su “Pillar of Fire” estrenado en el Metropolitan de Nueva York por el American Ballet Theatre en 1942, e incluso en los años que el argentino Oscar Araiz dirigió esta compañía ginebrina que nos visitó también creó una pieza con esta música.

En “Transit Umbra”, representado en la primera parte de la función, el coreógrafo italiano, Francesco Ventriglia, utiliza la composición “Noche transfigurada”, para intentar llevarnos, en su muy particular modo, a un mundo en el que el profundo amor entre un hombre y una mujer consigue superar el miedo y la aflicción mediante la sinceridad y la comprensión.  Dejan la sombra y transforman la noche.

El tema que impulsó al músico vienés a alcanzar una gran intensidad es el potentísimo poema de Richard Dehmel.  Sin esos versos la creación musical no tendría sentido.  El texto del alemán fecundó gloriosamente a la música de Schönberg que sacó sonidos arrebatadores.

Lo siguiente son unos fragmentos. En ellos se relata cómo un hombre y una mujer vagan por un bosque frío y deshojado (las distintas traducciones que se han hecho al español difieren en sus términos) y ella le confiesa: «Llevo un hijo en mis entrañas, y no es tuyo…/ Trémula me abandoné en los brazos de un hombre extraño…/ así dejé que mi sexo se estremeciera…/ Ahora la vida tiene su venganza: / ahora que a ti, oh! a ti, te he encontrado…»/. Él contesta: «No deseo que el hijo que has concebido/ sea una carga para tu espíritu…/ Pero un fuego interno nos envía su calor. / De ti a mí, de mí a ti. / Ese calor transfigura al niño del extraño…/ Tú lo concebirás para mí, de mí… / Tú has traído la gloria hasta mí, / Tú me has convertido en un niño».

Conmovido por el argumento de Dehmel, Schönberg, todavía en su juventud, produce un hermosísimo trabajo en el que refleja la exaltación del contenido literario. En las primeras notas musicales se siente el dolor de la confesión de la mujer, durante un interludio se aprecia la reacción del hombre al recibo de la noticia. Y al final la aceptación y el perdón.

El italiano Ventriglia presenta una versión coreográfica muy personal de concepciones complejas en la que no surgen climas atractivos ni siquiera esbozos de los rasgos del dilema amoroso. No nos propone una narración lineal estrictamente hablando sino que más bien se trata de un grupo de bailarines que deambulan por el escenario a impulsos rítmicos con caprichosas posturas y gestos (no hay nada más vacío que un gesto sin significado). La actuación de los intérpretes no busca el estímulo poético ni lo místico ni se producen expresiones explícitas sino que se efectúan movimientos mecánicos sin fuerza emotiva. Lo más destacable es un solo y el paso a dos final, en el que por fin se rompe con la frialdad e inexpresión bridándonos unas gotas de compasión y ternura. Durante toda la pieza una pintura de Klimt ejerce de cómplice observadora desde el fondo de la escena.

En la segunda parte, en «Sed Lux Permanet», el coreógrafo suizo Ken Ossola propone un diálogo entre la vida y la muerte; la luz y la oscuridad. El Requiem de Fauré (interpretado en su propio funeral en 1924) no pretende ser tenebroso sino más bien una feliz liberación o un arrullo a la muerte. Ossola procura con la ayuda de la composición del francés llevarnos a un horizonte de serenidad y calma. Como en el anterior ballet, el lenguaje de la danza es moderno.

La coreografía, esquemática en su lenguaje, crea efectos de desplazamiento y agrupamientos en los que prevalecen las formas abstractas de características enigmáticas con detalles espectrales y contactos simbólicos con la tierra. En este ballet la coreografía tampoco va muy lejos, pero sí se acerca más al espíritu de la partitura envolviéndose en el aliento litúrgico que reboza la composición, además de alcanzar una feliz armonía entre el baile y los cantos creados por Fauré.

La danza moderna no envejece bien. En este espectáculo nos hallamos ante un poema conmovedor y dos músicas monumentales que en esta ocasión no encontraron una exposición en la danza con una categoría similar. Yo me emocioné más escribiendo los trozos de la poesía de Dehmel que describo arriba y escuchando la música que por lo que ocurrió sobre el escenario. Las dos coreografías que vimos son correctas pero no relevantes. Aunque nada en ellas es execrable, ambas se quedan en ese limbo de obra bien hecha sin más. Ninguna nos atrapa con la rotundidad, sensaciones y la fuerza que emanan del poema y las partituras.

La ausencia de originalidad e ingenio en la danza actual es evidente. No es el caso de esta función de los suizos, pero en muchas producciones que existen hoy por el ancho mundo, cuando no se consigue dotar a este arte de nuevos métodos o ideas ni elaborar principios novedosos, recurren a expresiones banales o llamadas “provocativas” que nada tienen que ver con el mundo del baile.

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