El pavo real del siglo veintiuno

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–  Carmen Posadas

Tal vez ustedes la recuerden.  En 1993 ganó el Premio Pulitzer una fotografía en la que se ve a un niño sudanés de corta edad, famélico y moribundo, a punto de ser devorado por un buitre.  La opinión pública, en un principio, saludó la instantánea como “una alegoría en la que el niño simbolizada la pobreza; el buitre, el capitalismo; y el fotógrafo, la indiferencia del resto de la sociedad”.

Han pasado los años y aquella foto, que en su tiempo levantó mucha polvareda por la falta de humanidad que denotaba captar una escena así en vez de evitarla, ha pasado a simbolizar la imbecilidad generalizada de fotografiarlo todo, hasta el dolor, el horror, la muerte.  O mejor dicho, sobre todo estas tres cosas.

He aquí mas ejemplos.  En 2013 dos yidahistas degollaron a un soldado británico a plena luz del día delante de testigos.  Uno de ellos se dedicó a grabar con su móvil / cellular la gesta e incluso continuó grabando mientras un terrorista se abalanzaba sobre él, no para matarlo, sino para lanzar su soflama propagandística, sabiendo que poco después se convertiría en trending topic mundial.  Mientras tanto, otro transeúnte grabó a su vez esta escena.

Podría pensarse que el ansia de inmortalizar el horror está relacionado con un egoísmo exacerbado, con una indiferencia cósmica ante el sufrimiento ajeno. Indudablemente existe ese componente, pero la fiebre inmortalizadora” que ha desatado la omnipresencia de las cámaras en nuestras vidas va más allá.  La gente está dispuesta, literalmente, a morir por lograr un selfie o un vídeo que se convierta en viral.  Y muchos lo consiguen.

Hay quien graba, por ejemplo, la hazaña de tumbarse entre las vías del tren y dejar que le pase por encima todo un convoy.  A otros les da por caminar por las cornisas de edificios a cientos de metros de altura.  O la imbecilidad más copiada el año pasado, rociarse el cuerpo con alcohol y prenderse fuego (sic) mientras narra uno en directo a la estupefacta audiencia lo que siente convirtiéndose en chicharrón.

¿Es posible que nuestras vidas estén tan vacías, tan falta de alicientes que haya que recurrir a semejantes disparates?  Kierkegaard decía que el ser humano hace el mal, primero por instinto de supervivencia y luego, cuando aquel ya no está en juego, acaba haciéndolo por tedio.  No voy a enmendarle la plana pero me gustaría añadir otra explicación posible, relacionada con una pulsión tanto más potente que las mencionadas, la vanidad.

Así, en frío parece completamente incomprensible que alguien arriesgue su vida o la de los demás por el magro premio de quince minutos de gloria, tal como profetizaba Andy Warhol, pero lo cierto es que ocurre.  Peor aún, algunos lo hacen no por quince, sino por cinco, por un minuto incluso.

El ser humano es lo más parecido a un pavo real que existe.  No lo puede evitar, tiene que ver con un deseo de perpetuarse, de pasar a la posteridad, de aparearse incluso. Tal pulsión está detrás de todo lo que hace, desde pintar un cuadro o escribir un libro a componer una sinfonía o construir las pirámides.

La vanidad es una fuerza tan arrasadora como eficaz; sin ella (y sin la curiosidad y el miedo), posiblemente no habríamos salido aún de la caverna.  Pero como toda fuerza, no es buena ni mala, depende de cómo se emplee.  También de quién la emplee.  Por eso unos pintan el Guernica y otros pintan la mona, unos se comen el mundo y otros se zampan noventa y siete hamburguesas en siete minutos para figurar en el Guinness de los Récords; unos esculpen La Pietá y otros se dedican a mutilarla a martillazos para entrar en la Historia (y lo peor es que lo consiguen).

Es así, el que no tiene nada de qué presumir presume de imbecilidades. O de maldades. No digo yo que sean malvadas esas personas que, cuando ven un atraco o un incendio, en vez de echar una mano echen mano al móvil / cellular para inmortalizar la escena. Son como todos nosotros, vanamente vanidosas.

Tampoco las nuevas tecnologías nos vuelven más egoístas, insensibles o brutales.  Solo nos descubren tal como somos.  Unos, pavos reales…  otros, pavos a secas.

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Diaghilev, un momento dorado del ballet

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–  Vicente Cué

Hace ahora cien años, el ballet entró en uno de sus momentos más dorados, de la mano del ruso Serguei Diaghilev (1872-1929). Fueron dos décadas de esplendor que marcaron toda una época en el mundo de la danza y definieron toda una nueva forma de creación en la disciplina.

El Renacimiento italiano significó un glorioso resurgimiento de las artes. Durante aquellos siglos en los que se produjo una explosión de belleza, lucidez e ingenio, nació el ballet, que desde ese momento hasta nuestros días ha aportado un importantísimo contenido artístico a la Humanidad. Posteriormente hubo épocas muy fecundas para este arte, como fue el Barroco de Luis XIV en Francia; el Romanticismo, también en esa nación, y el clásico de Petipa, en Rusia, a finales del XIX.

A principios del siglo XX floreció otro renacimiento de las artes que fue conocido como la «era Diaghilev». Éste fue más breve, aunque muy intenso. Duró dos décadas, desde 1909 hasta 1929, fecha en la que muere en Venecia su creador, el ruso Serguei Diaghilev. Para conmemorar el primer centenario de aquel desembarco de los «Ballets Russes» que enriqueció, pero también conmovió, escandalizó y provocó a la capital de Francia, se están celebrando en todo el mundo homenajes a esa «rara avis» llamado Diaghilev, hombre de gran cultura y gusto exquisito. La simple mención de algunos de los artistas seleccionados por él, es suficiente para comprender por qué esos veinte años son considerados como un «suceso histórico». Aunque en los comienzos la compañía se nutrió prácticamente sólo de artistas rusos: Nijinsky, Pavlova, Karsavina, Fokine, Massine, Stravinsky, Benois, Bakst; pronto se sumaron de otras nacionalidades: Falla, Debussy, Satie, Ravel, Picasso, Miró, Sert, Gris y más rusos Balanchine y Prokofiev. Estas dos listas de excepcionales autores son sólo parciales, pero no por eso son menos apabullantes.

Los «Ballets Russes», como su nombre indica, era una compañía de ballet y, por lo tanto, todo lo que se producía en ella tenía como fin la exaltación de la danza. Si bien es su unión con la música, la pintura y la literatura lo que produce su desarrollo y su culminación. Sin abandonar nunca el ballet clásico, Diaghilev se aventuró en otros campos ya que era un apasionado de la novedad. Así fue como el modernismo, cubismo y surrealismo irrumpieron en sus espectáculos. El impacto de lo que se veía y ocurría en los «Ballets» impulsó de forma notable la renovación en la técnica, el diseño y la estética en todas las artes, incluyendo, de manera exuberante, la moda. Lo que empezó siendo ruso después fue parisino para convertirse en universal. Lo más sobresaliente del director ruso era la mágica intuición que poseía para descubrir a jóvenes artistas con talentos excepcionales y proporcionarles el patrocinio y el camino adecuados para hacerlos triunfar. En sus producciones, como si de una partida de dados se tratara, podía ocurrir de todo. A veces esa diversidad y combinado de artistas jugaba extrañas pasadas teniendo como resultado insólitas piezas en las que la música o la plástica destacaban en detrimento de la danza. Por ejemplo, en «Parade» (1917), de Massine, con música de Satie; los decorados y el vestuario de Picasso convirtieron este ballet, más bien, en un cuadro cubista en movimiento.

Un año después del debut del grupo ruso en París, Diaghilev descubre a un joven músico llamado Igor Stravinsky, al que encarga composiciones para su compañía. Así fue como las piezas más conocidas del genial compositor: «El pájaro de fuego» (1910), «Petrushka» (1911) y «La consagración de la primavera» (1913), fueron creadas para ser bailadas por los «Ballets Russes».

España y su arte no quedarían fuera de este renacimiento del siglo XX. Desempeñó un papel muy importante. Falla y Picasso, por entonces radicados en París, fueron de los primeros españoles que se relacionaron con Diaghilev y su excepcional nómina de artistas. Desde 1916, debido a la guerra que acontece en Europa durante esos años, los «Ballets Russes» realizan frecuentes giras por el territorio español. El rey Alfonso XIII, que asistía a casi todas las representaciones, se autoproclamó «padrino del ballet». Hubo varias realizaciones creadas en nuestros escenarios e incluso otras estrenadas en París con temas como el flamenco. Pero el gran proyecto con nuestro país se produce cuando Diaghilev, fascinado por la riqueza del baile español, le pide a Manuel de Falla componer un ballet para su compañía. Así nace «El sombrero de tres picos» (1919), con música del gaditano, coreografía de Leonid Massine y escenografía y trajes de Pablo Picasso. La elaboración de este ballet duró varios años, lo que generó interesantísimas anécdotas, reuniones de grandes artistas que visitaron y recorrieron nuestro territorio y situaciones que concluyen en una composición que marcó el feliz encuentro del folclore, la danza y la música española con el ballet. La «era Diaghilev» gracias a la inspiración, gestión, esfuerzo y dirección del genio ruso, fue rica en nombres, éxitos e hitos históricos.

Sin embargo, siempre hay quien tiene dudas. En una conversación en Madrid entre Diaghilev y el rey Alfonso XIII, éste le pregunta al ruso: «¿Qué hace usted en esta compañía? Usted no dirige la orquesta. No baila. No toca el piano. ¿Qué hace usted?». Diaghilev responde: «Majestad, soy como vos. No trabajo, no hago nada, pero soy indispensable». (Efectivamente el ruso era esencial ya que con su muerte se acabó la compañía).

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