Aprender a equivocarse

–  Salvador Sostres

Juan tenía 19 años cuando por primera vez su madre le dejó el automóvil.  Fue al cine con unos amigos y de regreso a casa, en una carretera secundaria, tuvo un pequeño accidente y pese al cuidado con que había conducido, y la responsabilidad con que había intentado corresponder a la confianza de su madre, volvía con el automóvil abollado y el temor de la bronca que le caería de su padre.

Cautivo y desarmado se presentó en el salón de la casa con las llaves en la mano y el relato de lo sucedido, y su padre, mientras le escuchaba, se levantó para coger algo de la mesa, que eran las llaves de su propio automóvil, y se las entregó a su afligido vástago diciéndole:  “Ahora mismo vas a dar una vuelta y cuando te hayas dado cuenta de que sabes conducir perfectamente, vuelve”.

El padre de Juan educó a su hijo en la confianza, en lo que esperaba de él, en el aplomo que todos necesitamos para superar nuestros accidentes, y nuestros errores, y crecer.  Conocí a Juan hace unos años y puedo atestiguar que aquella educación le sirvió para ser compasivo y valeroso, buen amigo y muy hábil para sacar lo mejor de los que le rodeamos.  Si en alguna medida les gusta lo que escribo, también a él tendrían que agradecérselo.

Seamos exigentes pero no nos cansemos de dar esperanza.  El relativismo es un cáncer y lo importante no es participar, sino ganar, pero las personas por las que merece la pena vivir suelen cometer los más deslumbrantes errores, y si no les diéramos otra vez las llaves viviríamos a  oscuras, sin su talento y sin su generosidad.

Hacerse hombre es aprender a levantarse, ir a por ellos porque somos lo que defendemos y, justo antes de que las furia nos ciegue, tener siempre piedad.

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La importancia de disfrutar en familia

–  Susanna Tamaro

En la base de la desesperación actual (esta desesperación densa, destructiva, que adopta cada vez más el rostro de la depresión, de las ideas fijas y de los ataques de pánico) se encuentra una pérdida total del carácter diverso de la condición temporal.  Si nuestro tiempo, el tiempo de nuestra vida, lo empleamos sólo en el consumo, en las posesiones materiales, en el hecho de estar continuamente distraídos por reclamos que nos definen por el mero hecho de la posesión; y si, mientras, la vida irrumpe de repente en esta rutina con sus distintas facetas (la de la enfermedad, la de lo imprevisto, la de la muerte), nos vemos víctimas de una dolorosa perplejidad.  No sabemos cómo hacer frente a lo que se nos viene encima porque hemos perdido la capacidad de reflexionar sobre el sentido de nuestra existencia y sobre sus complejidades.

Hace apenas unos días, me encontraba yo hablando con una amiga.  Y ella me contaba que su marido y ella habían tomado la decisión de apagar todos los aparatos electrónicos que hay en su casa un día a la semana.  Nada de ordenador, nada de televisión, nada de videojuegos, y nada de Wii u otras consolas,  “Y los niños, ¿cómo han reaccionado?”, le pregunté con cierto miedo.  “Ellos están encantados, no ven la hora de que llegue el sábado para hacer cosas todos juntos.  Jugamos al Monopoly, a las cartas, nos inventamos pasatiempos increíbles.  En cuanto termina un sábado, están deseando que llegue el siguiente”.

Siempre he creído que uno de los grandes problemas que tienen las relaciones actuales entre padres e hijos es el poco tiempo que pasan juntos.  No me refiero a las horas que transcurren en los centros comerciales o, de manera pasiva, delante de la televisión.  Estoy hablando del tiempo que se emplea en hacer algo verdaderamente en común.  Del tiempo que un padre o una madre y sus hijos utilizan para jugar, para inventar, para emplear las manos en un proyecto.

Sólo este tiempo “dedicado” nos permite construir una relación auténtica y profunda con nuestros hijos y dejarles en herencia una verdadera memoria compartida.  Porque esos sábados y esos domingos destinados al puro placer de estar juntos quedarán para siempre, como un oasis de paz, en sus recuerdos.  Serán para ellos un oasis de gratitud por la dedicación exclusiva de sus padres en esos momentos privilegiados.

Y, lo que es casi más importante, ese tiempo empleado en familia les capacitará para, a su vez, saber proponerles un espacio compartido a sus propios hijos.  “¿Te acuerdas de nuestras partidas de Monopoly?”.  ¿Recuerdas cuando Papá se empeñaba en hacer papiroflexia y al final arrugaba todo el papel y lo tiraba a la basura mientras los demás nos reíamos?”.

Educar quiere decir, entre otras cosas, facilitar a nuestros hijos unos recuerdos excepcionales.

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Empezar el año sonriendo

–  Carme Chaparro

Más o menos a mitad del embarazo soñé con ella la primera vez.  Era pequeñita, dulce, suave.  Y sonreía.  Sonreía todo el rato.  Tuve el mejor de los despertares en años, de un buen humor con el que me habría comido el mundo.  Días después, en una de esas ecografías maravillosas que nos regala la técnica, la ví y estaba como en mi sueño, sonriendo.  Encogida en mi útero, nadaba feliz en líquido amniótico.  Y sonreía.  Mi pequeña ensayaba lo que iba a ser una de las armas más poderosas en su vida.

Hoy la tengo, la veo, la toco, la huelo, la oigo, pero sobre todo la siento en mi corazón:  la sonrisa que desarma mi mundo, la que hace que todo lo demás me dé igual.  Por eso llevo un par de días escudriñando a mi alrededor.  Mirando caras.  Buscando otras sonrisas.  Pero no encuentro apenas.  Si a un bebé sonreír le da superpoderes, ¿por qué los adultos parecemos reacios a utilizar una de las expresiones humanas más básicas y efectivas?  Ron Gutman (1) estudia las sonrisas como manera de vivir más, mejor y con buena salud.

Por ejemplo, sonreír alarga la vida.  Estudiando imágenes de jugadores de béisbol estadounidenses de los años 50, investigadores de la Universidad de Wayne State descubrieron que los que no sonreían vivieron una media de 73 años.  Sin embargo, los que salieron en las imágenes con sonrisas de oreja a oreja tuvieron una vida de casi 80.

Sonreír mejora la calidad de vida.  En la Universidad de Berkeley compararon las fotos de un viejo anuario de una escuela femenina con la vida, treinta años después, de sus protagonistas.  Las mujeres más sonrientes en la foto del Instituto sacaron puntuaciones más altas en los tests de felicidad.  Sonreír cambia nuestro humor y el de los que nos rodean.  Es muy difícil estar (o seguir) de mal humor cuando tienes a tu lado a alguien que sonríe.  Porque sonreír es como bostezar:  muy, muy contagioso.  Sonreímos porque estamos bien, pero también funciona a la inversa:  la sonrisa ayuda al cuerpo a cambiar su estado de ánimo.  A mejor, claro.  Sonreír adelgaza.  Investigadores británicos han descubierto que una sonrisa, una buena sonrisa, estimula nuestro cerebro igual que ¡2,000 barritas de chocolate!  O que sonreír puede ser tan estimulante como recibir 16,000 libras en efectivo (21,000 dólares).  Ya sabe, si este año otra vez, no le toca la Lotería… ¡sonría!

Sonreír nos hace más competentes.  Un estudio de la Universidad Penn State concluye que las personas con sonrisas sinceras son percibidas como más capacitadas para su trabajo.  Sonreír también nos da valor.  Pruebe a cruzar una multitud con una sonrisa en los labios.  Y además baja nuestra presión sanguínea.  Y provoca un lifting natural en la cara que nos hace parecer más jóvenes.  Y mejora nuestro sistema inmune, que trabaja mejor cuando estamos relajados y felices.  Y aumenta las endorfinas, la serotonina y las hormonas “aniquiladoras” del dolor.  Así que sonreír es, quizá, la mejor de las drogas naturales.

Para fruncir la frente usamos 32 músculos.  Para sonreír, sólo 28.  Prueben porque, una vez que dejamos de ser niños, pasamos de 400 sonrisas diarias a apenas 20.  Quizá algo arreglaríamos, ¿no?

(1) Ron Gutman es el fundador y Director General de Health Tap, una iniciativa interactiva en el campo de la salud ubicada en Palo Alto, California.

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El arte de acompañar

–  Ferrán Ramón-Cortés

Una de las formas más rápidas de crear distancias entre las personas es juzgando sus actos. En el contexto del acompañamiento, podemos opinar sobre un hecho (robar no está bien), pero no deberíamos sentenciar a las personas (eres un ladrón).  Porque cuando lo hacemos, dejamos de aceptarlo.  Lejos de ayudarle a reflexionar, lo que vamos a provocar es que salga a la defensiva o que deje de estar interesado en lo que le podamos decir.

Juzgar tiene además un riesgo, y es que podemos ser terriblemente injustos. Porque a menudo nos precipitamos con nuestras conclusiones sin saber de la misa la mitad, sin pararnos a pensar (o a descubrir) los motivos por los que alguien ha tenido un determinado comportamiento.

Hace unos meses tuve que suspender un curso porque la noche anterior había tenido una cena que terminó tarde, y por la mañana me encontraba fatal.  Muchos me tacharon de juerguista o de irresponsable… hasta que se enteraron de que tuvimos una intoxicación alimentaria por unas croquetas de la comida anterior, y que un par de comensales habían acabado en el hospital.

Cuando alguien nos cuenta un problema, sentimos la necesidad de resolverlo.  Es loable, pero cero efectivo.  En primer lugar, porque lo que a uno le parece que puede funcionar no tiene por qué venirle bien a otro.  Y los consejos generan además fuertes dependencias. ¿Por qué alguien tendría que pensar por sí mismo sobre lo que tiene que hacer si puede simplemente venir a preguntarnos?  Si acostumbramos a los amigos a ser asesorados, les privamos de desarrollar sus propios recursos en futuras decisiones.  Lo único que logramos es cargarnos con la mochila de sus problemas.

Yo tuve un jefe que siempre me aconsejaba.  A mí y a todos sus compañeros.  No movíamos un dedo sin sus instrucciones o recomendaciones. Su primera baja no se debió a una gripe. La causa fue el estrés.

Entonces…¿cómo lo hacemos? Acompañar es estar a disposición. Caminar al lado del otro, siguiendo su ritmo y haciéndole de espejo.  Sin empujarle ni estirarle. Parando cuando él para y acelerando cuando él acelera.  Y esto, en términos de comunicación, significa básicamente escuchar.

Escuchar para que el otro ordene sus ideas y encuentre sus soluciones. Ideas que quizás uno ya había intuido, pero cuya comunicación se intenta evitar en forma de consejo.  Acompañar es también aceptar el momento en el que se encuentra otra persona.  Con sus virtudes y sus defectos.  Con sus miedos y vulnerabilidades.

Acompañar es un juego en el que la posesión de la pelota es mayoritariamente del otro.  Y si nos la pasa, se la vamos a devolver.  Porque nosotros no somos el protagonista, somos sólo el espejo.

Ayudar a alguien con problemas puede generar un conflicto si sólo juzgamos sus acciones. Hay que aceptar que las soluciones que nos vienen bien a nosotros no siempre se pueden extrapolar. Y que lo más importante es escuchar al otro.

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El derecho a decir “no”: menos es más

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–  Raimón Samsó

En el libro Alicia en el País de las Maravillas (1865) de Lewis Carroll (1832-1898), la protagonista le pregunta al personaje del gato: ¿Podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí”, y el gato le contesta:  “Eso depende en gran medida del sitio al que quieras llegar”. “No me importa mucho el sitio…”, replica Alicia. “Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes”, responde el gato.  En un mundo en el que hay ilimitadas posibilidades, si no se tienen prioridades lo fácil es perderse.

Más no siempre es mejor, puede ser menos.  Y menos puede ser más.  Para llegar a más partiendo de menos hay tres caminos para centrarse en las prioridades: simplificar la vida, decir “no” muchas veces y priorizar la agenda de tareas.  Veamos ahora cada uno de ellos.

Menos es más se ha convertido en un mantra.  En arquitectura lo llamaron minimalismo, una corriente caracterizada por la simplicidad de formas y líneas, utilización de colores puros, materiales naturales y la preferencia de espacio antes que la acumulación.  En decoración, menos objetos y muebles es más espacio disponible para las personas que habitan la casa.  En la agenda, menos tareas irrelevantes con más energía y tiempo para los asuntos relevantes significa más eficacia.  En el feng shui, para recibir algo nuevo en la vida antes hay que dejarle espacio, tanto física como psicológicamente.

Aun así, la facilidad de complicarlo todo es un viejo hábito humano.

Una de las primeras decisiones que tomó Steve Jobs (1955-2011) cuando volvió a dirigir Apple en 1997 fue reducir los productos de la compañía de unos trescientos a una docena, y en esta simplificación se basó el relanzamiento de la compañía: pocos artículos, pero todos excelentes. De hecho, él mismo se felicitaba por haber pronunciado más veces la palabra “no” que “sí” en sus decisiones.  Sabía muy bien que no se trataba de la cantidad de cosas que podía hacer su empresa, sino de la calidad con que las haría.

El economista Vilfredo Pareto (1848-1923) estableció la regla del 80/20 que afirma que el 80% de nuestros esfuerzos consigue el 20% de nuestros resultados; y, por tanto, el 20% de nuestros esfuerzos es responsable del 80% de lo que conseguimos.  ¿Entonces por qué no concentrarse en ese 20% y prescindir del resto?  Porque primero hay que identificar ese 20% crítico responsable de casi todo.  Sencillo pero difícil.  Aunque una vez reconocido, la vida y trabajo se simplifican en gran manera.

Es fácil darse cuenta de que muchas personas tienen expectativas sobre nosotros, como si cada una de ellas reclamara el extraño derecho de apropiarse de un trozo de nuestra vida.  Los padres, los amigos, los hijos, los jefes y compañeros, la comunidad… Aprender a decir no a semejante alud de exigencias es un  asunto urgente y de supervivencia.

Sabemos que cuesta decir no a otras personas, pero cuesta más vivir el resto de la vida con ese sí que en realidad quería ser una negación.  Ese sí supone una negación de uno mismo, y una vez se pierde el autorrespeto, se repite el mismo comportamiento destructivo.  En algún momento hemos mal aprendido que decir no resulta poco educado o que es señal de egoísmo. Por alguna razón creemos que al negarnos somos malos y al aceptar cualquier cosa que nos pidan somos buenos.

Pero tal vez si nos entrenaran en la honestidad, y no el el deseo de agradar, seríamos más felices.  No pasa nada por decir “no” de vez en cuando.  Mejor dicho, sí ocurre: se toma el control de la propia vida.  Como estamos entrenados desde niños a ser complacientes, pero no sinceros, un buen método para acelerar el aprendizaje es declarar “el día del no” y negarnos por sistema a todas las peticiones en las que no creamos durante esa jornada.  Ya sean tareas, pedidos, invitaciones, favores, distracciones…

Sabemos que las personas de éxito saben decir no y saben poner límites a las exigencias de los demás.  Hacen válido el viejo dicho de “Contra el vicio de pedir, la virtud de no dar”.  No lo hacen desde el egoísmo, sino desde la autenticidad y honestidad que les otorga el sagrado derecho a elegir.  Y saben que cuando dicen no a lo malo, a lo regular, incluso a lo bueno, están preparándose y haciendo espacio en sus vidas para decir sí a lo extraordinario.

¿Cómo negarse a lo que no cuadra con uno?  Basta con tener claras las cosas que queremos evitar, los límites, y darles luz roja, mostrarles la puerta de salida de nuestra vida.  En la práctica bastará con llamar política de la casa o principios a todo aquello que haya caído en esa lista negra.  Y cuando nos pidan algo a lo que deseamos negarnos, bastará aludir a la política de la casa como argumento.  Ya no es uno quien se niega, sino que se lo impiden sus propias normas de funcionamiento.

Y para ayudar a llevarlo a la práctica resulta bueno ofrecer una alternativa (cuando la haya) a esas negativas sobre pedidos que no encajen con los valores, agenda, objetivos y prioridades.  Pero nunca como una compensación, sino como un acto de generosidad. Ayuda mucho añadir siempre la palabra “gracias”, y comprobar que suena de maravilla “no, gracias”.

Hay muchas técnicas para aprender a decir no desde la asertividad sin sentirse culpable, pero hay que entrenarse con la que nos sintamos mejor o cuadre en la situación.

Saber qué cuenta y qué no cuenta tanto, es cuestión de hacerse unas buenas preguntas: [  ¿es esto…  /  lo que más quiero  /  importante  /  necesito  /  y que cambiará  mi vida?  ]. y decidir en base a los valores personales.  Y si esto no es lo que quiero / necesito / importante… entonces ¿qué lo es?  Hay otra buena pregunta que hacerse: ¿qué es lo único que se debe hacer, gracias a lo cual todo lo demás resulta más fácil o innecesario?

Los valores son la brújula y las preguntas son el mapa hacia una vida más lograda.  No importa la cantidad de cosas que hacemos o conseguimos, sino la calidad.  Por ejemplo, en nuestra agenda, poner más de tres tareas o acciones diarias puede ser muy contraproducente.  Mejor elegir las tres acciones de mayor importancia y que crearán cambios consistentes y no trabajar en nada más hasta que se hayan completado.

Lo prioritario es más sencillo de abordar si se divide en pasos.  La mayoría de las veces no afrontamos lo importante porque nos sobrepasa su ejecución, parece demasiado o no sabemos ni por dónde empezar.  Pero todos sabemos dar un solo paso. Desglosar lo prioritario en pequeños pasos es el modo de digerirlo.

Si se acomete primero lo más complejo de la lista, probablemente se consigue la tarea de mayor retorno.  Empezar por lo más difícil, no por lo más sencillo, es positivo.  Una vez se ha subido a la colina más alta, se tiene más perspectiva global y el orgullo de haber dado un paso definitivo para el que ya no hay vuelta atrás.  Aparecerán distracciones, obstáculos, retrasos…, pero nada de eso debería importar demasiado.  La simple consecución de pequeños logros es muy motivadora para dar los pasos que hacen falta. La sensación de estar avanzando, al margen de la velocidad, es suficientemente gratificante como para arrinconar las tentaciones de postergar o abandonar.

Tanto en el trabajo como en la vida encontramos personas muy aceleradas a las que si le preguntas “¿a dónde vas?, te responderán algo así como:  “Te lo diré cuando llegue” o “Te cuento cuando tenga un respiro”.  Corren mucho, pero la velocidad no es importante.

–    No es la velocidad, sino la dirección.   –    No es la cantidad, sino la calidad.

La agenda de tareas no miente:  es un sembrado de éxito futuro o de fracasos.  Si la agenda no se acopla a los valores personales, es seguro que se acaba viviendo la vida de otro y siguiendo sus valores, pero no los propios.

¿Todo lo que anotamos en ella nos lleva a una vida más plena y realizada?  Urge revisarla. Debería haber una coherencia entre lo que se es y lo que se hace, a menos que se esté dispuesto a pagar un elevado precio por esa falta de integridad.  Cada día deberíamos revisar nuestra agenda y comprobar que cada tarea de la jornada está acompasada con una vida con sentido.

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La imagen de las palabras

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–  Álex Grijelmo

Las redes sociales (1), el correo electrónico y los mensajes de móvil / cellular han obligado a millones de personas a relacionarse cada dos por tres con un teclado y, por lo tanto, a reflexionar sobre las palabras y a plantearse dudas ortográficas o gramaticales.

Hasta hace sólo unos años, la escritura habitual formaba parte de determinados ámbitos profesionales, pero no alcanzaba a la inmensa mayoría de la población del mundo avanzado.  Mucha gente podía pasar semanas y meses sin necesidad de escribir nada (aunque sí de leer).  Ahora, sin embargo, se escribe más que nunca en la historia de la humanidad.

Eso ha dotado de un nuevo rasgo a las personas.  Su imagen ya no reside sólo en su aspecto, sus ropas, su higiene, el modelo de su automóvil, acaso la decoración de la casa.  Ahora también transmitimos nuestra propia imagen a través de la escritura.

El grupo de WhatsApp de la Asociación de Padres, los mensajes de Twitter, los comentarios de Facebook o los argumentos de un correo electrónico constituyen un escaparate que exhibe a la vista de cualquiera la ortografía de una persona, su léxico, su capacidad para estructurar las ideas.

Si alguien lleva una marcha en la camisa, el amigo a quien tenga cerca en ese momento le advertirá amablemente para que se la limpie.  Incluso puede decírselo el desconocido con el que acaba de entablar una conversación.

Sin embargo, los fallos de escritura en esos ámbitos se dejan estar sin más comentario. Los vemos y los juzgamos, sí, pero miramos para otro lado.  Ni siquiera avisamos en privado para que el otro tome conciencia de sus errores.  Es un examen silencioso, del que a veces se derivan decisiones silenciosas también.

Tememos dañar al corregido.  ¿Por qué?  Tal vez porque un lamparón en la blusa se puede presentar como accidental y no descalifica a la persona, mientras que la escritura constituye una prolongación de la inteligencia y de la formación recibida.  Y por tanto las refleja.

El que observe en silencio esas faltas frecuentes exculpará, por supuesto, a quien no haya tenido a su alcance una educación adecuada.  Quizás no sea tan benevolente, en cambio, con los demás:  con quienes han malversado el esfuerzo educativo que se hizo con ellos; y con todos aquellos que lo consistieron.  El deterioro de la escritura en el sector bien escolarizado es lo que realmente provoca el escándalo.  Un escándalo silencioso que a veces se denuncia con energía, como lo ha hecho recientemente Víctor García de la Concha, Director del Instituto Cervantes (2).

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(1)  El español es la tercera lengua más utilizada en Internet por detrás del inglés y el chino.  A su vez, ocupa el segundo puesto en Facebook y Twitter.  Se prevé que en el año 2030 el 7.5 % de la población mundial hablará y escribirá en español.  En la actualidad alcanza el 6.7% de todos los idiomas, porcentaje superior al de quienes utilizan el ruso (2.2 %) o se expresan en alemán o en francés (1.1 %).

(2)  Véase  https://youtube.com/watch?v=GSeGWbOR1E0

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El portador compasivo

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–  Gustavo Martín Garzo

“Nunca hubiera creído que llevar un niño en los brazos fuera algo tan hermoso”, anota en un instante de exaltación el protagonista de la novela de Michel Tournier (n. 1924) El rey de los alisos (1970).  Pensé en esta frase al ver las imágenes de Aylan Kurdi, el niño sirio que murió ahogado en Turquía tras huir con los suyos de su país en guerra (ver supra).  

Son muchos los que protestaron por la manipulación que de tales imágenes hicieron los medios de comunicación, argumentando que son incontables los niños que en circunstancias semejantes han  muerto antes de Aylan Kurdi sin que apenas reparáramos en ello.

Y tienen toda la razón.  Sin embargo hay imágenes que tienen el raro poder de enseñarnos a ver lo que antes no queríamos o nos negábamos a aceptar.  No me refiero sólo a la imagen del pequeño sobre la arena, sino a la del policía que portaba su cuerpecito en los brazos, como si contuviera algo precioso que ni la misma muerte pudiera oscurecer.

Es el mito del adulto fórico, al que Michel Tournier dedica su novela.  El adulto encargado de portar a los niños, como San Cristóbal, el gigante que ayudaba a los caminantes a cruzar el río, y que representa a todos los adultos que llevando a los niños en sus brazos tratan de protegerles de los peligros de la vida.

Este mismo verano se difundió por la prensa y la televisión una imagen que, como esta del niño y el policía turco, tenía el poder de sintetizar la dolorosa injusticia de este mundo. En un plató de la televisión alemana, Angela Merkel (n. 1954) respondía a las preguntas de un grupo de jóvenes. Todo transcurría de esa manera previsible y relamida con que suelen hacer las cosas en estos programas hasta que una muchacha palestina, sobre la que pendía una amenaza de una pronta deportación, le preguntó a la Canciller en perfecto alemán por qué no podría seguir estudiando y vivir como sus otros compañeros de clase.

Angela Merkel salió del paso como pudo diciéndole que la comprendía, pero que no todos los inmigrantes podían quedarse en Alemania, y que muchos tenían que regresar a sus casas.  La Canciller siguió contestando a otras preguntas cuando la muchacha rompió a llorar desconsoladamente, llamando la atención con sus lágrimas no sólo sobre el drama de los que, como ella, aspiraban a tener una vida mejor, sino también sobre la inoperancia de nuestros gobernantes a la hora de encontrar soluciones que remedien el sufrimiento de gran parte de la humanidad.

Una creencía judía afirma que en cada época en la Tierra aparecen 36 justos.  Nadie les conoce, ya que se confunden con los hombres comunes.  Pero ellos llevan a cabo su misión en silencio, que no es otra que sostener el mundo con la fuerza de su misericordia. La leyenda judía sigue diciendo que, cuando finalmente mueren, esos justos están tan helados por haber hecho suya la aflicción de los hombres, que Dios tiene que cobijarlos en sus manos y tenerles allí por espacio de mil años, al objeto de infundirles un poco de calor.

En un mundo como el nuestro donde tantos se autoproclaman justos, conviene no olvidar que una de las enseñanzas de esta fábula es que ninguno de esos justos discretos que sostienen el mundo sabe que lo es.

Jorge Luis Borges (1899-1986) escribió al final de su vida un poema basado en esta leyenda.  En él va nombrando las acciones humildes de algunos hombres anónimos:  el tipógrafo que compone una buena página, el que acaricia a un animal dormido, quien justifica o quiere justificar un mal que le han hecho, el poeta que cuenta con cuidado las sílabas de sus versos, el jardinero que poda y abona sus plantas.  Y nos dice que son esas acciones las que sostienen el mundo.  Son los nuevos justos, ninguno actúa con apatía o indiferencia.  Para ellos el bien es algo tan sencillo como mecer una cuna para que un niño se duerma.

Creo que tanto el policía turco que llevaba en sus brazos el cuerpo yerto de Aylan Kurdi, como la muchacha palestina que rompió a llorar inesperadamente ante una de las mujeres más poderosas de la Tierra, podrían formar parte de esa nómina de justos que sin saberlo sostienen el mundo.

Primo Levi (1919-1987), en uno de sus libros sobre su experiencia en los campos de exterminio de Auschwitz, cuenta como una noche los judíos se dan cuenta de que los van a matar.  Enseguida se corre en el campamento la noticia, y cunde la desesperación.  Sin embargo, las mujeres con niños que atender siguieron ocupándose de elllos como si no pasara nada, y tras lavar sus ropas, las tendieron para que se secaran en los alambres de espino.

Este hermoso y doloroso pasaje expresa fielmente esa inocencia activa de la que vengo hablando, y que tiene que ver con la facultad de negar nuestro consentimiento ante todo lo que prolonga o justifica el sufrimiento del mundo.  Las madres de las que habla Primo Levi no lavaban la ropa de los niños para acatar la disciplina del campo de concentración, sino porque era su forma de cuidarlos.  Lo hacían por dignidad, para sentirse vivas, para decirles lo que todas las madres les dicen a su hijos, que nunca morirán.  Su inocencia tenía que ver con ese compromiso capaz de abrir, incluso en el lugar más siniestro y oscuro, un espacio de esperanza.

El policía turco que portaba el niño muerto creaba al hacerlo un espacio así.  Por eso le llevaba con ese cuidado, como si su gesto contuviera la promesa de una resurrección. Era el portador compasivo, para quien el peso de los niños se confunde con la dulce gravidez del sentido:  un peso que se transforma en gracia.

Pero, ¿qué pasa cuando el niño que se lleva en los brazos está muerto?  El cuerpo de Aylan Kurdi en la playa nos recuerda el cuerpo de esos niños que se quedan dormidos en el sofá de sus casas y que sus padres llevan con cuidado en los brazos hasta la cama para que no se despierten.  Sólo que Aylan Kurdi ya no se despertará de ese sueño, ni volverá a sentir en su boca el tibio dulzor de la leche.  Tampoco llegará a conocer el paso del tiempo, ese misterio que un día le habría llevado a pronunciar sus primeras palabras de amor.

En ¡Qué bello es vivir! (1946), la película de Frank Capra (1897-1991), se nos dice cuán insustituible somos, y cómo hasta la vida más insignificante guarda el germen de la salvación de otras vidas.  Pero este niño ¿a quién estaba destinado a salvar, qué muchacha le habría amado, qué anfitrión habría pronunciado su nombre como el más querido de sus invitados?  ¿Qué idea, el sueño de qué país o de qué raza puede justificar su desaparición?

El hombre lleva siglos asociando la idea del heroísmo a la del sacrificio, la identidad y la muerte, pero ¿y si el verdadero héroe fuera el que dispone apacible cada mañana para los que ama el pan reciente y el café oloroso del desayuno?

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