Los problemas del ego

  Raimón Samsó

Desde la niñez vamos construyendo una identidad inventada, que a la larga será la causa de algunos conflictos personales.  Ese falso yo recibe el nombre de ego.  Una especie de segunda identidad que nos hace difícil saber quiénes somos en realidad y de dónde proceden nuestros problemas.

Todas las relaciones personales: familia, amigos, pareja y trabajo… se ven sacudidas por conflictos, más grandes o más pequeños, de forma recurrente.  A veces, cuando una relación parece ir bien, otra empeora.  Las relaciones entre las personas se convierten en una montaña rusa de altibajos, avances y retrocesos.  Nunca parece que vayan a arreglarse definitivamente del todo.  Siempre el mismo tipo de conflictos…  la vida se hace difícil.

Y en ese punto, las personas suelen decir algo así como que “las relaciones son difíciles”, cuando en verdad es el que hace esa afirmación quien es difícil.

Tal vez deberíamos en algún momento examinar y cuestionar nuestros comportamientos y creencias gobernadas por el ego.  Para definirnos recurrimos al uso de referencias externas convencionales o etiquetas.  A la mente le gusta poner nombres a todo para tratar de comprenderlo.  El ego es una autoimagen que se basa en identificaciones tales como: un nombre, una edad, un estado civil, un rol familiar, unas posesiones, una nacionalidad, un pasado, una profesión, unas creencias, un cuerpo, una educación, una religión, un sexo, unos logros y fracasos…  Todos los egos en realidad son iguales, ya que consisten en una identificación, y por tanto solo se diferencian en la superficie, pero no en el fondo.  Las personas nos acabamos contando una historia, y quien se apegue más a la suya será quien sufrirá más, porque será incapaz de vivir de otra manera.

El autoengaño tiene muchos nombres.  Al ego se le conoce también por autoimagen, yo construido, falso yo o yo fabricado, pero en realidad no importa el nombre, sino darse cuenta de que se trata de una creación mental.  Una falsa identidad no real.  Es importante que detectemos en qué momento se encuentra en activo.  Esto ocurre cuando nos suceden cosas como querer tener razón a toda costa, quejarse y sentirse víctima, ser incapaz de perdonar, juzgar y etiquetar a las personas, atacar o defenderse de comportamientos, reaccionar impulsivamente o establecer diferencias.

Por otro lado, cuando desactivamos el ego perdemos interés por discutir, competir, agredir, criticar, estar a la defensiva, juzgar…  Esto no significa que seamos pasivos, sino que habremos elegido antes que nada la paz mental en toda situación, algo que solo se consigue siendo muy activo (eligiendo decisiones sabias) y no lo contrario  (reaccionando como un autómata).

El juego preferido del ego es tratar de cambiar a los demás, sin esforzarse por cambiar uno mismo.  Un antiguo proverbio chino nos dice que “es más fácil variar el curso de un río que el carácter de una persona”.  Así es, y sin embargo, una y otra vez se vive con la ilusión de hacer pasar a los demás por los guiones que hemos inventado para ellos, como si alguien pudiera saber qué es lo mejor.

Renunciar a la posesión imaginaria del constructo mental que es el ego no es sencillo.  ¿Cómo desprenderse de una identidad forjada a lo largo de toda una vida?  Parece como una pequeña muerte, y en realidad lo es, pero servirá para renacer a una nueva vida libre de apegos y aversiones, y por ello más feliz.

Hay muchas técnicas y teorías sobre cómo acabar con el ego, pero tal vez la menos conocida sea matarlo de aburrimiento, o sea no haciéndole caso.  ¿Y cómo se hace eso?  Dejando de reaccionar desde el ego a los otros egos, no saltando a la mínima provocación o reaccionando mecánicamente. Se trata de dar una respuesta elaborada y elegida, sin darle el micrófono o el protagonismo a esa vocecita parlanchina y engreída que hay dentro de cada uno y que siempre busca líos.  En la mayoría de los casos, cuando se dice “yo” es el ego el que habla.

El final de los problemas es no reaccionar al ego de las otras personas.   Pero, ¿cómo no hacerlo ante un comportamiento desagradable?  Es sencillo de decir, aunque no fácil de hacer.  La clave está en comprender que su comportamiento disfuncional está dictado por su ego.  Que no procede de la persona en sí, sino de sus condicionamientos adquiridos en el pasado.  Y entender que todos llevamos un ego a cuestas, y que todos sucumbimos a sus desvaríos de vez en cuando…  Tener en cuenta todo esto ayuda a comprender (aunque no a justificar) comportamientos disfuncionales y,  por tanto, a no reaccionar ante ellos.

El contexto donde los egos suelen entrar en conflicto son las relaciones de todo tipo:  familiares, sociales, profesionales y de pareja…  Uno podría pensar que cambiando las relaciones se solucionaría el problema.  Pero no es así.  Eludir las relaciones no es la solución, ya que el dolor sigue latente en el inconsciente.  Sin duda, el problema reaparecerá, esta vez en otro lugar, en otro momento y con otra persona.

Solo resolveremos estas cuestiones si dejamos de juzgar y criticar, si aceptamos a los otros tal y como son, sin ningún deseo de cambiarlos, ni tan siquiera por su bien.

____________________

 

Anuncios

La cultura del perdón

 –  Enrique Rojas

La capacidad para olvidar y perdonar es propia de las personas maduras y llenas de amor.  Aquí los que pierden, ganan.  Es más fácil hablar del amor que practicarlo.  Una persona psicológicamente sana es aquella que vive en el presente, ha luchado contra viento y marea por superar las durezas del pasado y vive abierta y empapada de porvenir.

Y también lo diría en sentido contrario:  el que está atado a los recuerdos negativos y no es capaz de alejar de sí el daño sufrido se va convirtiendo en alguien con un trastorno psicológico, que le puede acompañar durante años como la sombra de su cuerpo.  Y el instalarse en un estado de tensa duermevela agazapada.

En positivo, el agradecimiento es la memoria del corazón.  En negativo, el sufrimiento no superado es la infelicidad instalada en nuestra cabeza. Hay tres ingredientes esenciales que deben vivir en nuestro patrimonio interior si queremos encaminarnos bien hacia la felicidad:  corazón, cabeza y espiritualidad.  Sentimientos, argumentos y razones para vivir.

El perdón no consiste en hacer una especie de borrón y cuenta nueva, de aquí no ha pasado nada.   No es eso.  Exige renunciar a la venganza y al odio por un fin superior.  Si sólo se vive una vez, si la vida es una ocasión única de sacar lo mejor de uno mismo, yo perdono y olvido, disculpo, no llevo cuentas de esas fechorías que me han dejado maltrecho y me crezco en la adversidad con un corazón de oro.

Esto sé que es heroico, que está muy por encima de la media, pero es el triple salto, la pirueta de practicar la excelencia, el fino licor de la sabiduría más excelsa, ser bueno (y ser tonto, que es lo que dirían muchos), tender la mano al otro sin pedirle explicaciones (que se rían de uno y lo tomen por loco) y, al mismo tiempo, que no me quede dentro la rabia contenida haciendo estragos, reunión de fragmentos dispersos de tragedias que entran a raudales en ese ser humano y terminan por inutilizarlo para una vida digna, creativa, empujada por los mejores vientos de una afectividad alada y vertical.

Es el misterio de la grandeza de los santos:  que tuvieron una felicidad incomparable porque, no teniendo nada, lo tuvieron todo.  Jesús de Nazaret es la medida del perdón.

Saber perdonar todo y a todo es sobrehumano. Pero ese es el reto.  El cristianismo tiene las mejores respuestas para esto.  Perdonar hasta setenta veces siete, dice el texto evangélico.  Y esto resulta difícil de practicar, quién lo duda.

Pero es obvio que una exigencia tan grande de perdonar no anula las objetivas exigencias de la justicia.  No hay justicia sin perdón, ni perdón sin justicia.  El perdón no elimina ni disminuye la exigencia de la reparación.  Repito: el perdón con el esfuerzo por olvidar es la forma más alta de amor gratuito.  No hay otra más elevada.  Es la gran salida.

Merced al perdón se deshacen los nudos.  Llegar a adquirir la cultura del perdón es estar cerca de una de las puertas de entrada al castillo de la felicidad.

Perdonar es borrar la culpa recibida, olvidarla porque el tiempo cura todas las heridas y renunciar a devolver un castigo proporcional.  La misericordia es superior a la justicia.

____________________

 

 

Una espera activa ante la incertidumbre

 –  Miriam Subirana

Cuando creemos que lo tenemos “todo controlado”, nos sentimos seguros y andamos con paso firme.  Vivimos procurando verificar que nuestros planes lleguen a buen puerto.  Cuando ocurre algo imprevisto, nos estresamos, irritamos o enojamos.  Lo imprevisto no estaba en nuestros planes y la duda se apodera de nosotros.  Vivir con incertidumbre significa no saber lo que provoca inquietud y ansiedad, incluso angustia.

Mantener objetivos y planificar cómo lograrlos es necesario para obtener lo que uno quiere.  Sin embargo, aunque pensemos lo que vamos a hacer, no podemos responder ante las circunstancias ni ante lo que harán los demás.  La realidad es que es imposible tenerlo todo siempre controlado.  Cuando la situación aparece como un obstáculo en nuestro camino, aferrarnos a nuestro plan original produce tensión porque queremos llegar sí o sí a cumplirlo.  Sin embargo, la nueva circunstancia quizá lo que pide es un cambio de rumbo, otra respuesta, o saber esperar.

Es como cuando el río sale de la cumbre de la montaña con el objetivo de desembocar en el mar.  En su camino se encuentra con piedras, montes y desniveles del terreno, y tiene que bordearlos o hacerse subterráneo para luego volver a la superficie, hasta que al fin llega a su destino.  Nosotros planificamos ir en línea recta hacia nuestro objetivo y cuando aparecen los desniveles nos emperramos en querer seguir recto.  Necesitamos flexibilidad y reconocer que quizá no merece la pena luchar para derribar el obstáculo;  eso nos desgastará y acabaremos agotados.  En cambio, si lo bordeamos y cogemos otro sendero, manteniendo la visión de nuestro objetivo, podremos disfrutar del recorrido y no nos dejaremos la piel en el camino.

Para lograrlo debemos recuperar la confianza en nuestros recursos internos, en nuestro conocimiento, nuestro talento, y en nuestra capacidad de superar lo que se presente.

Ante la incertidumbre, podemos batallar en contra de lo que ocurre, podemos resignarnos o bien aceptarlo.  Al luchar en contra, nos agotamos.  A lo que nos resistimos persiste.  Cuando se presenta ante nosotros lo que no habíamos previsto, podemos reaccionar rechazándolo, negándolo, empujando en contra, quejándonos y enojándonos.  Cuando vemos que ninguna de estas actitudes soluciona la situación, nos desesperamos e incluso podemos llegar a deprimirnos por la sensación de impotencia que se apodera de nosotros.  Todos nuestros intentos han fracasado y la situación de incertidumbre continúa. Otra opción es vivir sometidos a la realidad de lo que ocurre.  La resignación nos convierte en víctimas de las circunstancias y de las personas.  Nuestra voluntad queda en la sombra y nos permitimos ser marionetas de lo que va ocurriendo.

El modo más saludable de vivir la incertidumbre es aceptarla.  Eso significa que lo reconocemos, que nos damos cuenta de que quizás es duro y difícil.  Reconocemos lo que sentimos, que ahora no existen las respuestas o que quizá necesitamos ayuda.  La aceptación nos permite vivir sin angustiarnos con la duda de no saber.  Nos ayuda a esperar.

La espera abre a la puerta a la escucha y posibilita percibir qué pide de nosotros una determinada situación; encontrar la pregunta adecuada sin abandonarnos al impulso de forzar las situaciones. Con las preguntas creamos la realidad e influimos en las decisiones. Planteando interrogantes sabios podremos decidir con lucidez: ¿para qué estoy viviendo esto?,  ¿qué me está enseñando esta situación?, ¿qué puedo aprender de ella?, ¿qué sería lo más inteligente que puedo hacer aquí?, ¿para qué voy a intervenir?, ¿cuál es mi intención?

Si actuamos con la rigidez de que las cosas han de ser como habìamos previsto, empezamos a dar palos de ciego que no llevan a ninguna parte, o pueden incluso empeorar la situación.  Para conseguir salir del atolladero, necesitamos calmar la mente y dejar de pensar de forma atropellada.  Así surgirán ideas creativas y se aclararán las dudas.  Fortalecer la confianza y la actitud de “yo puedo”, en lugar de nublar la mente con sentimientos de “soy incapaz”.  En este paréntesis de espera podemos dejar que la vida fluya manteniendo el cuidado de uno mismo:  alimentarse bien, compartir con buenos amigos, hacer ejercicio y meditar. Alcanzamos la capacidad de vivir en armonía cuando nuestra acción se equilibra con la reflexiòn y se fortalece con el silencio.

Si vivimos la incertidumbre desde un espacio de confianza, iniciamos el camino hacia la soberanía personal.  No podemos ejercer un verdadero liderazgo sobre los demás ni sobre las circunstancias si no somos capaces de liderar nuestra propia mente, emociones y mundo interior.  Si queremos dormir y nuestras preocupaciones no nos dejan, si queremos hacer deporte pero no lo hacemos, si tenemos un cuerpo poco cuidado, si pensamos atropelladamente, esa falta de soberanìa personal y de cuidado nos impide responder con sabiduría ante los imprevistos.

Practicar la espera activa con atención plena.  Desde esa actitud evitamos que la situación nos hunda, más bien la observamos atentos y alerta.  Y acabaremos venciendo la inseguridad y actuando con todo el potencial interior: con la confianza en uno mismo y en los demás, con la intención de hacer lo mejor para todos.

____________________

Nuestro péndulo emocional

–   Ferran Ramon-Cortés

La asertividad representa la habilidad de decir las cosas de forma que lleguen a los demás apropiadamente.  Que se exterioricen de forma clara y al mismo tiempo respetuosa, evitando que la otra persona se sienta agredida.  Se trata de elegir el momento oportuno, el tono adecuado y el ritmo justo para expresar que queremos o necesitamos decir.

Como habilidad, se encuentra en el punto intermedio entre dos actitudes:  la pasividad (cuando no nos atrevemos a decir las cosas);  y la agresividad (cuando las decimos hiriendo a los demás).  Todos tenemos nuestra particular forma de vivir la asertividad entre estos dos extremos.  Pero lo verdaderamente relevante es que este sistema se mueve como un péndulo:  si  nos comportamos de manera pasiva, nos vamos cargando emocionalmente, de manera que, cuando finalmente hablamos, nos vamos al otro extremo y resultamos exageradamente agresivos.

Así funciona el llamado péndulo asertivo, que explica las salidas de tono que algunas veces tienen personas que sabemos razonables y ponderadas, y que un día nos sorprenden con una belicosidad desproporcionada.

Si nos callamos las cosas porque no encontramos la manera o el momento de decirlas, estamos inevitablemente cargando el péndulo.  Y tarde o temprano se soltará y pasaremos a la agresividad.  Controlar el efecto péndulo es difícil; una vez lo hemos cargado, detenerlo en el centro (entendido como la asertividad pura) supone un ejercicio titánico de autocontrol que raras veces seremos capaces de llevar a cabo.

Para no caer en los extremos, prácticamente sólo hay una solución:  decir las cosas enseguida en vez de callárnoslas.  Porque, si las soltamos a la primera, todavía no habrá carga emocional y seremos capaces de mantener el tono asertivo.  Si por el contrario vamos aguantando y guardándonos dentro disgusto tras disgusto, cuando nos decidamos a manifestarlo probablemente acabaremos siendo víctimas de nuestras emociones.

El péndulo también actúa (aunque es menos evidente) en el sentido contrario:  cuando somos sistemáticamente agresivos diciendo las cosas, acabamos provocando el enfado de los otros.  Si nos hacen ver esa reacción por nuestra parte, entonces optamos por no decir nada más, callarnos las cosas y mostrarnos pasivos.

A casi nadie nos gusta mostrarnos agresivos y cuando lo hacemos somos los primeros en pasarlo mal.  Tener en cuenta este efecto péndulo nos puede ayudar a ser más conscientes de la necesidad de decir las cosas a la primera, sin guardárnoslas dentro.  Y si la agresividad es nuestra pauta, es importante tomar consciencia del impacto de nuestra comunicación en los demás.

Hablar a tiempo permite mantener el tono de la expresión y, a la larga, evita quebraderos de cabeza.  Observar como sienta lo que decimos nos ayudará a encontrar el matiz adecuado.

____________________

 

El mito del horóscopo

–  J.M. Mulet

El horóscopo es un invento de los babilonios.  Cada signo hace referencia a la constelación por la que se ve el Sol en el día del nacimiento de una persona.  En el actual siglo XXI mucha gente sigue leyendo su horóscopo y consultando las cartas astrales, en las que escuchan todo tipo de ambigüedades sobre su devenir.

Los psicólogos definen esta actitud como el efecto Forer, es decir, creer que alguien desconocido te describe específicamente y pensar que esa información es útil.  Por cierto, ¿usted cree que todos los que fallecieron en el Titanic compartían signo del zodiaco?  ¿Las cartas astrales les aconsejaban que se fueran mejor de vacaciones al Caribe en vez de a Nueva York?

Ya hemos señalado antes que el origen del horóscopo viene de los babilonios, que, como no tenían televisión ni Internet, pasaban muchas horas mirando al cielo.  Fueron los primeros en asignar unas formas arbitrarias a las estrellas, que llamaron constelaciones.  En el cielo hay una línea imaginaria que llamamos eclíptica.  Su nombre viene de eclipse, ya que cuando se producen la Luna o la sombra de la Tierra transitan por esa línea.  También es por la que pasan los planetas visibles a simple vista.

Esta línea se debe a que todos orbitamos en el mismo plano, pero la Tierra, que tiene una inclinación 23,27 grados respecto a su órbita es la que permite que existan estaciones.  Si nuestro planeta tuviera el ecuador alienado con el plano por el que orbita alrededor del Sol, no existiría la primavera ni el verano.  Pero como está inclinado, si  superpusiéramos el Sol con el cielo nocturno, veríamos que se halla encima de la eclíptica.

Además, como el giro alrededor del Sol dura exactamente un año, las constelaciones de la eclíptica retroceden un grado cada día.  Por eso parece que el Sol aparentemente transita durante el año por todas las constelaciones, aunque realmente somos nosotros los que nos movemos.

Los babilonios tenían un sistema de numeración basado en el número 12, del que hemos heredado la forma de medir los grados en un círculo y el tiempo.  Así que hicieron un poco de trampa y asumieron que la doceava parte del año (aproximadamente un mes) el Sol transitaba sobre cada una de esas constelaciones zodiacales.

Pero el truco no acabó ahí.  Para ver las formas de las constelaciones hay que echarle imaginación, muchas veces interesada.  Así, cuando llegaban las lluvias tocaba el signo de Acuario, los nacidos cuando migraban los uros (1) serían Tauro, la época en la que se esquilaba a los carneros sería para los Aries, o cuando había que recoger la mies, Virgo (por eso se la representa con espigas).  De esta forma se le daba un valor predictivo, aunque utilizaban el viejo truco de saber primero el resultado y hacer luego el pronóstico, lo que era muy útil para reafirmar el poder de la casta sacerdotal.

Por tanto, el signo del zodiaco hace referencia a la constelación por donde se ve el Sol en el día del nacimiento de cada persona.  Los griegos recogieron esta trampa y le pusieron el nombre de zodiaco, que significa “rueda de animales”.

Lo que parece es que a los astrólogos no les preocupa demasiado mirar el cielo, puesto que ni siquiera en el origen la posición del Sol coincidía con las constelaciones.  Además, el sistema solar se mueve alrededor del centro de la galaxia y la Tierra oscila sobre su eje como una peonza, lo que provoca la presencia de los equinoccios.  Por si fuera poco, las estrellas de las constelaciones también se mueven, por lo que la perspectiva del cielo nocturno va cambiando muy lentamente y, milenio a milenio, las variaciones se notan.

Hay que tener en cuenta que los signos no duran todos lo mismo y no son 12 sino 14.  Ahora tenemos el signo de Ofiuco, el portavoz de la serpiente, constelación que representa al dios de la medicina Asclepio o Esculapio.  Y el de Cetus, un monstruo marino del que proviene el término cetáceo y que se cuela durante un día en la eclíptica.

Por tanto, el zodiaco, en tanto que son las constelaciones de la eclíptica, se puede considerar ciencia, pero el horóscopo, la capacidad de predecir el futuro, es pura ficción.

(1)  Mamífero rumiente bóvido muy similar al toro, pero de mayor tamaño; fue el precedente del actual ganado vacuno europeo y habitó en Europa, Asia y el norte de África hasta su extinción en el siglo XVII.

____________________

¿Nos preguntamos sobre el valor de la humildad?

–  Borja Vilaseca

La gran mayorìa estamos convencidos de que nuestra forma de ver la vida es “la forma de ver la vida”.  Y que quienes ven las cosas diferentes que nosotros están equivocados.  De hecho, tenemos tendencia a rodearnos de personas que piensan exactamente como nosotros, considerando que estas son las únicas “cuerdas y sensatas”.  Pero ¿sabemos de dónde viene nuestra visión de la vida?  ¿Realmente podemos decir que es nuestra? ¿Acaso la hemos elegido libre y voluntariamente?

Desde el día en que nacimos, nuestra mente ha sido condicionada para pensar y comportarnos de acuerdo con las opiniones, valores y aspiraciones de nuestro entorno social y familiar.  ¿Acaso hemos escogido el idioma con el que hablamos?  ¿Y qué decir de nuestro equipo de baseball o fútbol?  En función del país y del barrio en el que hayamos sido educados, ahora mismo nos identificamos con una cultura, una religión, una política, una profesión y una moda determinadas, igual que el resto de nuestros vecinos.

¿Cómo veríamos la vida si hubiéramos nacido en una aldea o un pueblo de Madagascar?  Diferente, ¿no?  Y entonces, ¿por qué nos aferramos a una identidad prestada, de segunda mano, tan aleatoria como el lugar en el que nacimos?  ¿Por qué no cuestionamos nuestra forma de pensar?  ¿Y qué consecuencias tiene este hecho sobre nuestra existencia?

Para responder a esta última pregunta tan solo hace falta echar un vistazo a la sociedad.  ¿Vemos a muchos seres humanos realmente felices en el mundo en el que viven?  La ignorancia es el germen de la infelicidad; y ésta, la raíz de nuestros conflictos y preocupaciones.

No existe ni un solo ser humano en el mundo que quiera sufrir de forma voluntaria.  Las personas queremos ser felices, pero en general no tenemos ni idea de cómo lograrlo.  Y dado que la mentira más común es la que nos contamos a nosotros mismos, en vez de cuestionar nuestro sistema de creencias e iniciar un proceso de cambio personal, la mayoría nos quedamos anclados en el victimismo, la indignación, la impotencia o la resignacíón.

La honestidad puede resultar muy dolorosa al principio.  Pero a medio plazo es muy liberadora.  Nos permite afrontar la verdad acerca de quiénes somos y de cómo nos relacionamos con nuestro mundo interior.  Así es como iniciamos el camino que nos conduce hacia nuestro bienestar emocional.  Cultivar esta virtud provoca una serie de efectos terapéuticos.  En primer lugar, disminuye el miedo a conocernos y afrontar nuestro lado oscuro.  También nos impide seguir llevando una máscara con la que agradar a los demás y ser aceptados por nuestro entorno social y laboral.

Eso sí, el gran generador de conflictos con otras personas se llama orgullo. Principalmente porque nos incapacita para reconocer y enmendar nuestros propios errores.  Y pone de manifiesto una carencia de humildad, que es una cualidad que nos permite adoptar una actitud abierta, flexible y receptiva para poder aprender aquello que todavía no sabemos.

La humildad está relacionada con la aceptación de nuestros defectos, debilidades y limitaciones.  Nos predispone a cuestionar aquello que hasta ahora habíamos dado por cierto.  En el caso de que además seamos vanidosos o prepotentes, nos inspira simplemente a mantener la boca cerrada.  Y solo hablar de nuestros éxitos en caso de que nos pregunten.  Llegado el momento, nos invita a ser breves y no regodearnos.  Es cierto que nuestras cualidades forman parte de nosotros, pero no son nuestras.

La paradoja de la humildad, que etimológicamente viene de humus que significa tierra fértil, es que cuando se manifiesta desaparece.  La expresión “en mi humilde opinión” no es más que nuestro orgullo disfrazado.  La verdadera práctica de esta virtud no se predica, se realiza.   En caso de existir son los demás quienes la ven, nunca uno mismo.

Ser sencillo es el resultado de conocer nuestra verdadera esencia, más allá de nuestro ego.  Esta es la razón por la que las personas humildes, en tanto que sabios, pasan desapercibidas.

En la medida que cultivamos la modestia es cada vez más fácil aprender de las equivocaciones que cometemos, comprendiendo que los errores son necesarios para seguir creciendo y evolucionando.  De pronto ya no sentimos la necesidad de discutir, imponer nuestra opinión o tener la razón.  Gracias a esta cualidad, cada vez gozamos de mayor predisposición para escuchar nuevos puntos de vista, incluso cuando se oponen a nuestras creencias.

En paralelo, sentimos más curiosidad por explorar formas alternativas de entender la vida, que ni siquiera sabíamos que existían.  Y cuanto más indagamos, mayor es el reconocimiento de nuestra ignorancia, vislumbrando claramente el camino hacia la sabiduría.

____________________