Nuestro péndulo emocional

–   Ferran Ramon-Cortés

La asertividad representa la habilidad de decir las cosas de forma que lleguen a los demás apropiadamente.  Que se exterioricen de forma clara y al mismo tiempo respetuosa, evitando que la otra persona se sienta agredida.  Se trata de elegir el momento oportuno, el tono adecuado y el ritmo justo para expresar que queremos o necesitamos decir.

Como habilidad, se encuentra en el punto intermedio entre dos actitudes:  la pasividad (cuando no nos atrevemos a decir las cosas);  y la agresividad (cuando las decimos hiriendo a los demás).  Todos tenemos nuestra particular forma de vivir la asertividad entre estos dos extremos.  Pero lo verdaderamente relevante es que este sistema se mueve como un péndulo:  si  nos comportamos de manera pasiva, nos vamos cargando emocionalmente, de manera que, cuando finalmente hablamos, nos vamos al otro extremo y resultamos exageradamente agresivos.

Así funciona el llamado péndulo asertivo, que explica las salidas de tono que algunas veces tienen personas que sabemos razonables y ponderadas, y que un día nos sorprenden con una belicosidad desproporcionada.

Si nos callamos las cosas porque no encontramos la manera o el momento de decirlas, estamos inevitablemente cargando el péndulo.  Y tarde o temprano se soltará y pasaremos a la agresividad.  Controlar el efecto péndulo es difícil; una vez lo hemos cargado, detenerlo en el centro (entendido como la asertividad pura) supone un ejercicio titánico de autocontrol que raras veces seremos capaces de llevar a cabo.

Para no caer en los extremos, prácticamente sólo hay una solución:  decir las cosas enseguida en vez de callárnoslas.  Porque, si las soltamos a la primera, todavía no habrá carga emocional y seremos capaces de mantener el tono asertivo.  Si por el contrario vamos aguantando y guardándonos dentro disgusto tras disgusto, cuando nos decidamos a manifestarlo probablemente acabaremos siendo víctimas de nuestras emociones.

El péndulo también actúa (aunque es menos evidente) en el sentido contrario:  cuando somos sistemáticamente agresivos diciendo las cosas, acabamos provocando el enfado de los otros.  Si nos hacen ver esa reacción por nuestra parte, entonces optamos por no decir nada más, callarnos las cosas y mostrarnos pasivos.

A casi nadie nos gusta mostrarnos agresivos y cuando lo hacemos somos los primeros en pasarlo mal.  Tener en cuenta este efecto péndulo nos puede ayudar a ser más conscientes de la necesidad de decir las cosas a la primera, sin guardárnoslas dentro.  Y si la agresividad es nuestra pauta, es importante tomar consciencia del impacto de nuestra comunicación en los demás.

Hablar a tiempo permite mantener el tono de la expresión y, a la larga, evita quebraderos de cabeza.  Observar como sienta lo que decimos nos ayudará a encontrar el matiz adecuado.

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El mito del horóscopo

–  J.M. Mulet

El horóscopo es un invento de los babilonios.  Cada signo hace referencia a la constelación por la que se ve el Sol en el día del nacimiento de una persona.  En el actual siglo XXI mucha gente sigue leyendo su horóscopo y consultando las cartas astrales, en las que escuchan todo tipo de ambigüedades sobre su devenir.

Los psicólogos definen esta actitud como el efecto Forer, es decir, creer que alguien desconocido te describe específicamente y pensar que esa información es útil.  Por cierto, ¿usted cree que todos los que fallecieron en el Titanic compartían signo del zodiaco?  ¿Las cartas astrales les aconsejaban que se fueran mejor de vacaciones al Caribe en vez de a Nueva York?

Ya hemos señalado antes que el origen del horóscopo viene de los babilonios, que, como no tenían televisión ni Internet, pasaban muchas horas mirando al cielo.  Fueron los primeros en asignar unas formas arbitrarias a las estrellas, que llamaron constelaciones.  En el cielo hay una línea imaginaria que llamamos eclíptica.  Su nombre viene de eclipse, ya que cuando se producen la Luna o la sombra de la Tierra transitan por esa línea.  También es por la que pasan los planetas visibles a simple vista.

Esta línea se debe a que todos orbitamos en el mismo plano, pero la Tierra, que tiene una inclinación 23,27 grados respecto a su órbita es la que permite que existan estaciones.  Si nuestro planeta tuviera el ecuador alienado con el plano por el que orbita alrededor del Sol, no existiría la primavera ni el verano.  Pero como está inclinado, si  superpusiéramos el Sol con el cielo nocturno, veríamos que se halla encima de la eclíptica.

Además, como el giro alrededor del Sol dura exactamente un año, las constelaciones de la eclíptica retroceden un grado cada día.  Por eso parece que el Sol aparentemente transita durante el año por todas las constelaciones, aunque realmente somos nosotros los que nos movemos.

Los babilonios tenían un sistema de numeración basado en el número 12, del que hemos heredado la forma de medir los grados en un círculo y el tiempo.  Así que hicieron un poco de trampa y asumieron que la doceava parte del año (aproximadamente un mes) el Sol transitaba sobre cada una de esas constelaciones zodiacales.

Pero el truco no acabó ahí.  Para ver las formas de las constelaciones hay que echarle imaginación, muchas veces interesada.  Así, cuando llegaban las lluvias tocaba el signo de Acuario, los nacidos cuando migraban los uros (1) serían Tauro, la época en la que se esquilaba a los carneros sería para los Aries, o cuando había que recoger la mies, Virgo (por eso se la representa con espigas).  De esta forma se le daba un valor predictivo, aunque utilizaban el viejo truco de saber primero el resultado y hacer luego el pronóstico, lo que era muy útil para reafirmar el poder de la casta sacerdotal.

Por tanto, el signo del zodiaco hace referencia a la constelación por donde se ve el Sol en el día del nacimiento de cada persona.  Los griegos recogieron esta trampa y le pusieron el nombre de zodiaco, que significa “rueda de animales”.

Lo que parece es que a los astrólogos no les preocupa demasiado mirar el cielo, puesto que ni siquiera en el origen la posición del Sol coincidía con las constelaciones.  Además, el sistema solar se mueve alrededor del centro de la galaxia y la Tierra oscila sobre su eje como una peonza, lo que provoca la presencia de los equinoccios.  Por si fuera poco, las estrellas de las constelaciones también se mueven, por lo que la perspectiva del cielo nocturno va cambiando muy lentamente y, milenio a milenio, las variaciones se notan.

Hay que tener en cuenta que los signos no duran todos lo mismo y no son 12 sino 14.  Ahora tenemos el signo de Ofiuco, el portavoz de la serpiente, constelación que representa al dios de la medicina Asclepio o Esculapio.  Y el de Cetus, un monstruo marino del que proviene el término cetáceo y que se cuela durante un día en la eclíptica.

Por tanto, el zodiaco, en tanto que son las constelaciones de la eclíptica, se puede considerar ciencia, pero el horóscopo, la capacidad de predecir el futuro, es pura ficción.

(1)  Mamífero rumiente bóvido muy similar al toro, pero de mayor tamaño; fue el precedente del actual ganado vacuno europeo y habitó en Europa, Asia y el norte de África hasta su extinción en el siglo XVII.

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¿Nos preguntamos sobre el valor de la humildad?

–  Borja Vilaseca

La gran mayorìa estamos convencidos de que nuestra forma de ver la vida es “la forma de ver la vida”.  Y que quienes ven las cosas diferentes que nosotros están equivocados.  De hecho, tenemos tendencia a rodearnos de personas que piensan exactamente como nosotros, considerando que estas son las únicas “cuerdas y sensatas”.  Pero ¿sabemos de dónde viene nuestra visión de la vida?  ¿Realmente podemos decir que es nuestra? ¿Acaso la hemos elegido libre y voluntariamente?

Desde el día en que nacimos, nuestra mente ha sido condicionada para pensar y comportarnos de acuerdo con las opiniones, valores y aspiraciones de nuestro entorno social y familiar.  ¿Acaso hemos escogido el idioma con el que hablamos?  ¿Y qué decir de nuestro equipo de baseball o fútbol?  En función del país y del barrio en el que hayamos sido educados, ahora mismo nos identificamos con una cultura, una religión, una política, una profesión y una moda determinadas, igual que el resto de nuestros vecinos.

¿Cómo veríamos la vida si hubiéramos nacido en una aldea o un pueblo de Madagascar?  Diferente, ¿no?  Y entonces, ¿por qué nos aferramos a una identidad prestada, de segunda mano, tan aleatoria como el lugar en el que nacimos?  ¿Por qué no cuestionamos nuestra forma de pensar?  ¿Y qué consecuencias tiene este hecho sobre nuestra existencia?

Para responder a esta última pregunta tan solo hace falta echar un vistazo a la sociedad.  ¿Vemos a muchos seres humanos realmente felices en el mundo en el que viven?  La ignorancia es el germen de la infelicidad; y ésta, la raíz de nuestros conflictos y preocupaciones.

No existe ni un solo ser humano en el mundo que quiera sufrir de forma voluntaria.  Las personas queremos ser felices, pero en general no tenemos ni idea de cómo lograrlo.  Y dado que la mentira más común es la que nos contamos a nosotros mismos, en vez de cuestionar nuestro sistema de creencias e iniciar un proceso de cambio personal, la mayoría nos quedamos anclados en el victimismo, la indignación, la impotencia o la resignacíón.

La honestidad puede resultar muy dolorosa al principio.  Pero a medio plazo es muy liberadora.  Nos permite afrontar la verdad acerca de quiénes somos y de cómo nos relacionamos con nuestro mundo interior.  Así es como iniciamos el camino que nos conduce hacia nuestro bienestar emocional.  Cultivar esta virtud provoca una serie de efectos terapéuticos.  En primer lugar, disminuye el miedo a conocernos y afrontar nuestro lado oscuro.  También nos impide seguir llevando una máscara con la que agradar a los demás y ser aceptados por nuestro entorno social y laboral.

Eso sí, el gran generador de conflictos con otras personas se llama orgullo. Principalmente porque nos incapacita para reconocer y enmendar nuestros propios errores.  Y pone de manifiesto una carencia de humildad, que es una cualidad que nos permite adoptar una actitud abierta, flexible y receptiva para poder aprender aquello que todavía no sabemos.

La humildad está relacionada con la aceptación de nuestros defectos, debilidades y limitaciones.  Nos predispone a cuestionar aquello que hasta ahora habíamos dado por cierto.  En el caso de que además seamos vanidosos o prepotentes, nos inspira simplemente a mantener la boca cerrada.  Y solo hablar de nuestros éxitos en caso de que nos pregunten.  Llegado el momento, nos invita a ser breves y no regodearnos.  Es cierto que nuestras cualidades forman parte de nosotros, pero no son nuestras.

La paradoja de la humildad, que etimológicamente viene de humus que significa tierra fértil, es que cuando se manifiesta desaparece.  La expresión “en mi humilde opinión” no es más que nuestro orgullo disfrazado.  La verdadera práctica de esta virtud no se predica, se realiza.   En caso de existir son los demás quienes la ven, nunca uno mismo.

Ser sencillo es el resultado de conocer nuestra verdadera esencia, más allá de nuestro ego.  Esta es la razón por la que las personas humildes, en tanto que sabios, pasan desapercibidas.

En la medida que cultivamos la modestia es cada vez más fácil aprender de las equivocaciones que cometemos, comprendiendo que los errores son necesarios para seguir creciendo y evolucionando.  De pronto ya no sentimos la necesidad de discutir, imponer nuestra opinión o tener la razón.  Gracias a esta cualidad, cada vez gozamos de mayor predisposición para escuchar nuevos puntos de vista, incluso cuando se oponen a nuestras creencias.

En paralelo, sentimos más curiosidad por explorar formas alternativas de entender la vida, que ni siquiera sabíamos que existían.  Y cuanto más indagamos, mayor es el reconocimiento de nuestra ignorancia, vislumbrando claramente el camino hacia la sabiduría.

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El arte de acompañar

–  Ferrán Ramón-Cortés

Una de las formas más rápidas de crear distancias entre las personas es juzgando sus actos. En el contexto del acompañamiento, podemos opinar sobre un hecho (robar no está bien), pero no deberíamos sentenciar a las personas (eres un ladrón).  Porque cuando lo hacemos, dejamos de aceptarlo.  Lejos de ayudarle a reflexionar, lo que vamos a provocar es que salga a la defensiva o que deje de estar interesado en lo que le podamos decir.

Juzgar tiene además un riesgo, y es que podemos ser terriblemente injustos. Porque a menudo nos precipitamos con nuestras conclusiones sin saber de la misa la mitad, sin pararnos a pensar (o a descubrir) los motivos por los que alguien ha tenido un determinado comportamiento.

Hace unos meses tuve que suspender un curso porque la noche anterior había tenido una cena que terminó tarde, y por la mañana me encontraba fatal.  Muchos me tacharon de juerguista o de irresponsable… hasta que se enteraron de que tuvimos una intoxicación alimentaria por unas croquetas de la comida anterior, y que un par de comensales habían acabado en el hospital.

Cuando alguien nos cuenta un problema, sentimos la necesidad de resolverlo.  Es loable, pero cero efectivo.  En primer lugar, porque lo que a uno le parece que puede funcionar no tiene por qué venirle bien a otro.  Y los consejos generan además fuertes dependencias. ¿Por qué alguien tendría que pensar por sí mismo sobre lo que tiene que hacer si puede simplemente venir a preguntarnos?  Si acostumbramos a los amigos a ser asesorados, les privamos de desarrollar sus propios recursos en futuras decisiones.  Lo único que logramos es cargarnos con la mochila de sus problemas.

Yo tuve un jefe que siempre me aconsejaba.  A mí y a todos sus compañeros.  No movíamos un dedo sin sus instrucciones o recomendaciones. Su primera baja no se debió a una gripe. La causa fue el estrés.

Entonces…¿cómo lo hacemos? Acompañar es estar a disposición. Caminar al lado del otro, siguiendo su ritmo y haciéndole de espejo.  Sin empujarle ni estirarle. Parando cuando él para y acelerando cuando él acelera.  Y esto, en términos de comunicación, significa básicamente escuchar.

Escuchar para que el otro ordene sus ideas y encuentre sus soluciones. Ideas que quizás uno ya había intuido, pero cuya comunicación se intenta evitar en forma de consejo.  Acompañar es también aceptar el momento en el que se encuentra otra persona.  Con sus virtudes y sus defectos.  Con sus miedos y vulnerabilidades.

Acompañar es un juego en el que la posesión de la pelota es mayoritariamente del otro.  Y si nos la pasa, se la vamos a devolver.  Porque nosotros no somos el protagonista, somos sólo el espejo.

Ayudar a alguien con problemas puede generar un conflicto si sólo juzgamos sus acciones. Hay que aceptar que las soluciones que nos vienen bien a nosotros no siempre se pueden extrapolar. Y que lo más importante es escuchar al otro.

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¿Existen las personas tóxicas?

–  José Luis Ágreda

Seguro que usted se ha visto alguna vez en esa situación en la que después de mantener una conversación con un amigo se ha sentido desolado, ha contemplado el mundo con más tristeza y menos entusiasmo que antes de empezar la conversación, o ha pensado: “Madre mía, a este amigo no le pasa nada bueno, siempre tiene una queja”.  Y en situaciones extremas, ha escuchado el teléfono, ha visto el nombre de la llamada entrante y ha dejado de atenderlo porque sabe que esa persona, de alguna manera, le va a complicar la vida:  le va a contar un nuevo problema o seguirá hablando de su monotema, por lo general con temática “desgracia”.  La pregunta que uno se plantea siempre después de pasar un rato con las personas tóxicas es:  “Y yo qué necesidad tengo de estar oyendo esto”.

¿Quiénes son las personas tóxicas?  Aquellas que llegan y le contagian de mal humor, de tristeza, de miedo, de envidia o cualquier otro tipo de emoción negativa que hasta ese momento no se había manifestado en su cuerpo.  Es igual que un virus:  llega, se expande, le hace sentir mal y cuando se aleja, poco a poco, usted recobra su estado natural y, con suerte, lo olvida.

El origen de la persona tóxica puede ser variado:  el mal genio, la envidia, la falta de consideración, el egoísmo, la estupidez o la falta de tacto.  Lo importante es verse con recursos suficientes para protegerse del contagio.  El mundo está lleno de personas tóxicas de diferentes tipologías, unas menos dañinas y otras malévolas que dejan memoria y cicatriz

En la categoría de tóxicos pasivos incluyo a los victimistas, los que echan la culpa de todo su mal a los que tienen alrededor, nunca son responsables de lo malo que les ocurre porque son los demás o las circunstancias los que provocan su malestar.  Si les escucha y a usted le va bien llegará a sentirse mala persona por disfrutar de lo que los victimistas no tienen.  Y no porque no tengan posibilidad de hacerlo, sino porque han aprendido a obtener la atención a través de la queja y eso es cómodo.  Se sienten maltratados por la vida y abandonados por la suerte.  Por supuesto, le hacen sentir mal a quien no les presta la atención de la que se creen merecedores. Con estas personas sufrirá  el contagio del virus tristeza, frustración y apatía.

Los tóxicos caraduras son los que siempre le pedirán favores, pero a la vez no son capaces de estar atentos a sus necesidades.  No mantienen relaciones bidireccionales en las que entreguen tanto como reciben.  Tiran de otros sin preguntarles si están bien, si necesitan ayuda, si les viene bien prestársela en ese momento. Son egoístas y egocéntricos, y en el momento en el que se deja de satisfacer sus necesidades comienza la crítica y el chantaje emocional.  Con estas personas sufrirá el contagio del virus “siento que abusan de mí”, aprovechamiento y resignación.

Se define como tóxicos criticones a los que viven de vivir la vida de otros porque no les vale con la suya.  Su vida es demasiado gris, aburrida o frustrante como para hablar de ella, así que destrozan todo lo que les rodea.  No espere palabras de reconocimiento hacia los demás ni que hablen de forma positiva de nadie, porque el que a los demás les vaya bien, les potencia su frustración como personas.  No saben competir si no es destruyendo al otro.  Arrasan como Atila.  Con estas personas sufrirá el contagio del virus desesperanza, vergüenza, incluso culpa si participa en la crítica.  Y la culpa luego arrastra al virus del remordimiento.

A los tóxicos con mala idea manténgalos bien lejos.  Están resentidos con la vida, ya sea porque no han sido capaces de gestionar la suya o porque la suerte no les ha acompañado. Anticipan que las personas son interesadas y no esperan nada bueno de ellas. Todo lo interpretan de forma negativa, a todo el mundo le ven una mala intención. Viven en un constante ataque de ira, como si el mundo les debiera algo.  No soportan que otros tengan éxito, esfuerzo y fuerza de voluntad, porque estas actitudes de superación les ningunean todavía más. Con estas personas sufrirá el contagio del virus indefensión, inseguridad, impotencia y ansiedad.

Para los que no lo sepan, no hace falta ser asesino en serie para un psicópata.  El psicópata es aquel que infringe dolor a los demás sin sentir la menor culpabilidad, remordimiento y sin pasarlo mal.  De estos hay muchos de guante blanco como los tóxicos psicópatas.  Son los que humillan, faltan al respeto a propósito, pegan. amenazan y provocan que una persona se sienta ridícula y menospreciada, y se cargan la autoestima.  Ante ellas, salga corriendo, porque el que lo hace una vez, repite.  Si le permite que le maltrate, usted terminará pensando que ese es el trato que merece.  Con estas personas sufrirá el contagio del virus miedo y odio.  Muy difícil de erradicar, perdura durante mucho tiempo en su memoria.

Para evitar el contagio de los tóxicos victimistas, lo primero que hay que hacer es pararles. Decirles que estará para ayudarles a tomar decisiones y solucionar problemas, pero no para ser el pañuelo en el que ahogan sus penas sin implicarse.  Estas personas se acostumbran a llamar la atención con sus desgracias, pero son incapaces de responsabilizarse y actuar porque porque optan el camino fácil:  llorar.

Dígale que estará encantado de ayudarle siempre y cuando se movilice.  Y si no lo hace, decida alejarse de alguien que ha tomado la decisión de ser un parásito toda la vida.  No lo está abandonando, le está dando aliento para que actúe.  Si decide no tomar las riendas de su vida, ser su paño de lágrimas tampoco será una ayuda.  Se gasta la misma energía quejándose que buscando soluciones.   La primera opción consume y resta, y la segunda suma.

Ante el virus de pedir, el antivirus de decir no.  Si usted no hace prevalecer sus necesidades y prioridades, ellos tampoco lo harán.  Una cosa es ser solidario y otra muy distinta estar a disposición de todos y no estar nunca para uno mismo.

No permita que la persona tóxica criticona haga juicios de otras personas que no estén presentes.  Si lo hace con ellos, también lo hará cuando usted no esté presente.  No entre en su juego ni se identifique con esa conducta.  Dígale que no le gusta hablar de personas que no están presentes.  Y si trata de rumores, dígale que no tiene certeza de que el rumor sea cierto.

Los rumores, la mayoría de las veces, son infundados, falsos o exagerados.  Se propagan como el viento, y a pesar de que luego se compruebe que son falsos, el daño ya está hecho.  Actúe como le gustaría que lo hicieran, con respeto, discreción y veracidad.  Es más importante ser ético que evitar un conflicto con un criticón.

Y por último, no permita que nadie le falte al respeto y mucho menos le maltrate ni psicológica ni físicamente.  Como personas, todos merecemos un trato digno.  Hágase valer.  Pida ayuda, póngase en su sitio, no consienta una segunda oportunidad a quien le ha hecho daño.  El que le daña no le quiere; olvídese de justificarle por su pasado, su carácter, su educación, el alcohol o sus problemas.  Nada, absolutamente nada, autoriza la falta de respeto y el maltrato físico y psicológico.  Y esto es válido en el ámbito familiar, laboral y entre los amigos.

Rodéese de personas de bien, que le quieran y que le se lo demuestren, que le hagan feliz, con las que salga con las pilas recargadas.  Tenemos la obligación de ser felices y de disfrutar.  Hay mucha gente dispuesta a ello.  No las deje escapar.  Las personas estamos para ayudarnos, somos un equipo.

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¿Orden o desorden?

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–  Fernando Trías de Bes

Recuerdo vagamente la escena de una película de los años sesenta.  Creo que se trababa de El guateque (1), donde en una casa de diseño totalmente minimalista, y una sala de estar con solo un sofá y dos sillas, la propietaria de la casa, de pronto, exclamaba indignada “¡Oh, que desastre de desorden!”.  Y, a continuación, situaba las dos sillas frente al sofá bien alineadas, una junto a la otra y perfectamente perpendiculares al sofá.  “Por fin todo ordenado”, exclamaba aliviada, acto seguido.

Se me quedó grabada esa secuencia porque ya por entonces mi madre me regañada por mi caos.  Recuerdo que llamaba a mi habitación “la leonera” (2).  Ella era muy ordenada; yo tenía las cosas siempre desperdigadas por mi cuarto.  Todo lo contrario que mi hermano, que dejaba todo en su sitio.  En su sitio…, ¡ese es el quid de la cuestión!

¿Qué significa exactamente esa expresión?  Porque para mí todo estaba donde debía.  Lo que pasaba es que no coincidía con el lugar que mi madre deseaba para cada cosa.  A pesar de estar distribuidas de forma arbitraria por la habitación, yo sabía exacta y precisamente donde se hallaba cada objeto y no tardaba más de medio segundo en encontrarlo.  Cuando, alguna vez, claudicaba, obedecía y lo situaba todo en cajones, estanterías, etcétera, no era capaz luego de encontrar nada.  Absolutamente nada.

¿Qué es el orden?  ¿Guarda relación el desbarajuste material con una vida ordenada o desordenada?  ¿Tiene relación con la personalidad?  Para muchas personas, una habitación ordenada es aquella donde hay pocas cosas a la vista y, si se mira dentro de los cajones, los distintos objetos están guardados por grupos o categorías.  El orden, tal y como lo entendemos, está vinculado a la estética griega y romana:  proporciones, distancias, geometrías y clasificación de las cosas.

Ahora bien, ¿por qué agrupar por tipos lo consideramos orden y, por ejemplo, por colores no? Imaginemos una persona que guarda los lápices rojos con los libros y la ropa del mismo color. Según estándares sociales, eso es desorden y, sin embargo, existe un criterio determinado de agrupación.  No podríamos tacharle de desordenado, sino de peculiar.  Ahora bien, si alguien mezcla criterios (en unos casos agrupa por colores y en otros por categorías), podríamos considerarlo variable.  El desordenado, atendiendo a este criterio, sería por tanto aquel con una carencia absoluta de razones respecto a la ubicación de las cosas.  Les llamamos caóticos. Pero incluso eso nos lo discutirían.  No en vano, el caos está considerado en ciencia una determinada forma de orden físico. 

Otra posibilidad es considerar orden el que las cosas estén en el lugar para el cual fueron pensadas.  Por ejemplo, si los cojines van en la cama, el hecho de que estén en el suelo es desorden.  Este código es, por lo menos, más lógico.  Pero obligaría a definir de antemano dónde van a ser depositados los objetos que adquirimos o guardamos.

Hay quienes confunden orden y limpieza.  Es verdad que las casas con pocas cosas y pocos muebles suelen  estar más limpias;  y que, por lo general, las abigarradas lo están menos.  Pero es debido a que limpiar lleva más trabajo cuando hay más objetos que apartar.  Pero esa es otra cuestión, así que no podemos tampoco vincular desorden a suciedad.

A quienes les cuesta tirar y desprenderse de objetos (nada que ver con el síndrome de Diógenes) suelen ser más desordenados.  Pero la manía de tirarlo todo también puede alcanzar dimensiones patológicas.  Tengo un conocido que llevaba sus cosas más preciadas en el maletero de su coche para que su esposa no las tirase sin que él pudiera darse cuenta.

Está comprobado empíricamente mediante algunos experimentos llevados a cabo en la Universidad de Minnesota que las personas más ordenadas tienden más a la justicia y el orden social, pero son menos imaginativas y más metódicas.  Las desordenadas, en cambio, son más rebeldes y mucho más creativas.  La explicación es que las personas creativas realizan conexiones y precisan de estímulos para que eso suceda.  Si todo está espartano y ordenado, no encuentran qué conectar porque todo responde ya a una regla; está, digámoslo así, “solucionado”, resuelto.

Una vida desordenada es aquella donde los pensamientos y valores no responden a las acciones y los actos.  Eso tiene poco que ver con situar objetos de una determinada forma, aunque es cierto que las personas ordenadas son más sensibles a las normas sociales compartidas.  El orden es un reflejo de aceptación de cánones organizativos que se trasladan también a lo cotidiano.

Por cierto, olvídense de educar en el orden.  Está en los genes.  Les dejo esta discusión sobre la mesa.  Pero les predigo el resultado:  los desordenados no convencerán a los ordenados de que lo suyo es orden.  Aceptarán que es “el suyo particular”, pero no “orden” a secas.  Y eso es así porque, para las personas ordenadas, el orden también ha de serlo.

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(1)  El guateque The party, Blake Edwards (1968).

(2)  Leonera:  habitación o lugar muy desordenado (RAE, coloq.).

El derecho a decir “no”: menos es más

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–  Raimón Samsó

En el libro Alicia en el País de las Maravillas (1865) de Lewis Carroll (1832-1898), la protagonista le pregunta al personaje del gato: ¿Podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí”, y el gato le contesta:  “Eso depende en gran medida del sitio al que quieras llegar”. “No me importa mucho el sitio…”, replica Alicia. “Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes”, responde el gato.  En un mundo en el que hay ilimitadas posibilidades, si no se tienen prioridades lo fácil es perderse.

Más no siempre es mejor, puede ser menos.  Y menos puede ser más.  Para llegar a más partiendo de menos hay tres caminos para centrarse en las prioridades: simplificar la vida, decir “no” muchas veces y priorizar la agenda de tareas.  Veamos ahora cada uno de ellos.

Menos es más se ha convertido en un mantra.  En arquitectura lo llamaron minimalismo, una corriente caracterizada por la simplicidad de formas y líneas, utilización de colores puros, materiales naturales y la preferencia de espacio antes que la acumulación.  En decoración, menos objetos y muebles es más espacio disponible para las personas que habitan la casa.  En la agenda, menos tareas irrelevantes con más energía y tiempo para los asuntos relevantes significa más eficacia.  En el feng shui, para recibir algo nuevo en la vida antes hay que dejarle espacio, tanto física como psicológicamente.

Aun así, la facilidad de complicarlo todo es un viejo hábito humano.

Una de las primeras decisiones que tomó Steve Jobs (1955-2011) cuando volvió a dirigir Apple en 1997 fue reducir los productos de la compañía de unos trescientos a una docena, y en esta simplificación se basó el relanzamiento de la compañía: pocos artículos, pero todos excelentes. De hecho, él mismo se felicitaba por haber pronunciado más veces la palabra “no” que “sí” en sus decisiones.  Sabía muy bien que no se trataba de la cantidad de cosas que podía hacer su empresa, sino de la calidad con que las haría.

El economista Vilfredo Pareto (1848-1923) estableció la regla del 80/20 que afirma que el 80% de nuestros esfuerzos consigue el 20% de nuestros resultados; y, por tanto, el 20% de nuestros esfuerzos es responsable del 80% de lo que conseguimos.  ¿Entonces por qué no concentrarse en ese 20% y prescindir del resto?  Porque primero hay que identificar ese 20% crítico responsable de casi todo.  Sencillo pero difícil.  Aunque una vez reconocido, la vida y trabajo se simplifican en gran manera.

Es fácil darse cuenta de que muchas personas tienen expectativas sobre nosotros, como si cada una de ellas reclamara el extraño derecho de apropiarse de un trozo de nuestra vida.  Los padres, los amigos, los hijos, los jefes y compañeros, la comunidad… Aprender a decir no a semejante alud de exigencias es un  asunto urgente y de supervivencia.

Sabemos que cuesta decir no a otras personas, pero cuesta más vivir el resto de la vida con ese sí que en realidad quería ser una negación.  Ese sí supone una negación de uno mismo, y una vez se pierde el autorrespeto, se repite el mismo comportamiento destructivo.  En algún momento hemos mal aprendido que decir no resulta poco educado o que es señal de egoísmo. Por alguna razón creemos que al negarnos somos malos y al aceptar cualquier cosa que nos pidan somos buenos.

Pero tal vez si nos entrenaran en la honestidad, y no el el deseo de agradar, seríamos más felices.  No pasa nada por decir “no” de vez en cuando.  Mejor dicho, sí ocurre: se toma el control de la propia vida.  Como estamos entrenados desde niños a ser complacientes, pero no sinceros, un buen método para acelerar el aprendizaje es declarar “el día del no” y negarnos por sistema a todas las peticiones en las que no creamos durante esa jornada.  Ya sean tareas, pedidos, invitaciones, favores, distracciones…

Sabemos que las personas de éxito saben decir no y saben poner límites a las exigencias de los demás.  Hacen válido el viejo dicho de “Contra el vicio de pedir, la virtud de no dar”.  No lo hacen desde el egoísmo, sino desde la autenticidad y honestidad que les otorga el sagrado derecho a elegir.  Y saben que cuando dicen no a lo malo, a lo regular, incluso a lo bueno, están preparándose y haciendo espacio en sus vidas para decir sí a lo extraordinario.

¿Cómo negarse a lo que no cuadra con uno?  Basta con tener claras las cosas que queremos evitar, los límites, y darles luz roja, mostrarles la puerta de salida de nuestra vida.  En la práctica bastará con llamar política de la casa o principios a todo aquello que haya caído en esa lista negra.  Y cuando nos pidan algo a lo que deseamos negarnos, bastará aludir a la política de la casa como argumento.  Ya no es uno quien se niega, sino que se lo impiden sus propias normas de funcionamiento.

Y para ayudar a llevarlo a la práctica resulta bueno ofrecer una alternativa (cuando la haya) a esas negativas sobre pedidos que no encajen con los valores, agenda, objetivos y prioridades.  Pero nunca como una compensación, sino como un acto de generosidad. Ayuda mucho añadir siempre la palabra “gracias”, y comprobar que suena de maravilla “no, gracias”.

Hay muchas técnicas para aprender a decir no desde la asertividad sin sentirse culpable, pero hay que entrenarse con la que nos sintamos mejor o cuadre en la situación.

Saber qué cuenta y qué no cuenta tanto, es cuestión de hacerse unas buenas preguntas: [  ¿es esto…  /  lo que más quiero  /  importante  /  necesito  /  y que cambiará  mi vida?  ]. y decidir en base a los valores personales.  Y si esto no es lo que quiero / necesito / importante… entonces ¿qué lo es?  Hay otra buena pregunta que hacerse: ¿qué es lo único que se debe hacer, gracias a lo cual todo lo demás resulta más fácil o innecesario?

Los valores son la brújula y las preguntas son el mapa hacia una vida más lograda.  No importa la cantidad de cosas que hacemos o conseguimos, sino la calidad.  Por ejemplo, en nuestra agenda, poner más de tres tareas o acciones diarias puede ser muy contraproducente.  Mejor elegir las tres acciones de mayor importancia y que crearán cambios consistentes y no trabajar en nada más hasta que se hayan completado.

Lo prioritario es más sencillo de abordar si se divide en pasos.  La mayoría de las veces no afrontamos lo importante porque nos sobrepasa su ejecución, parece demasiado o no sabemos ni por dónde empezar.  Pero todos sabemos dar un solo paso. Desglosar lo prioritario en pequeños pasos es el modo de digerirlo.

Si se acomete primero lo más complejo de la lista, probablemente se consigue la tarea de mayor retorno.  Empezar por lo más difícil, no por lo más sencillo, es positivo.  Una vez se ha subido a la colina más alta, se tiene más perspectiva global y el orgullo de haber dado un paso definitivo para el que ya no hay vuelta atrás.  Aparecerán distracciones, obstáculos, retrasos…, pero nada de eso debería importar demasiado.  La simple consecución de pequeños logros es muy motivadora para dar los pasos que hacen falta. La sensación de estar avanzando, al margen de la velocidad, es suficientemente gratificante como para arrinconar las tentaciones de postergar o abandonar.

Tanto en el trabajo como en la vida encontramos personas muy aceleradas a las que si le preguntas “¿a dónde vas?, te responderán algo así como:  “Te lo diré cuando llegue” o “Te cuento cuando tenga un respiro”.  Corren mucho, pero la velocidad no es importante.

–    No es la velocidad, sino la dirección.   –    No es la cantidad, sino la calidad.

La agenda de tareas no miente:  es un sembrado de éxito futuro o de fracasos.  Si la agenda no se acopla a los valores personales, es seguro que se acaba viviendo la vida de otro y siguiendo sus valores, pero no los propios.

¿Todo lo que anotamos en ella nos lleva a una vida más plena y realizada?  Urge revisarla. Debería haber una coherencia entre lo que se es y lo que se hace, a menos que se esté dispuesto a pagar un elevado precio por esa falta de integridad.  Cada día deberíamos revisar nuestra agenda y comprobar que cada tarea de la jornada está acompasada con una vida con sentido.

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