Somos lo que pensamos

–  Patricia Ramírez

Es indiscutible la relación estrecha y dependiente que existe entre nuestra psique, emociones, conductas y la salud física.  Se influyen y afectan de forma bidireccional.  Situaciones como el dolor crónico, la falta de trabajo, una ruptura sentimental, hacer cola en el banco o el mismo tráfico generan en nosotros pensamientos negativos, incluso catastróficos:  “Estoy harto, no puedo más”, “Este dolor me limita y no puedo hacer nada, se me quitan hasta las ganas de vivir”, y un largo etc.  La mente puede ser nuestra principal aliada, pero también nuestra mayor rival.

Las personas suelen culpar y maldecir al entorno, a lo que ocurre a su alrededor, porque lo identifican como el causante de su malestar y sufrimiento.  Pero ¿lo de fuera le genera malestar, o son sus interpretaciones sobre lo que ocurre a su alrededor lo que condiciona sus emociones?

Lo que pensamos influye en nuestros comportamientos y emociones.  Muchas personas dicen que tienen la cabeza como una lavadora:  ideas, miedos, discursos aterradores, pensamientos que no paran de dar vueltas en la mente.  Se sienten atrapados entre palabras, incapaces de pararlas o no prestarles atención.  Hay personas que odian relacionarse consigo mismas porque lo que “su mente les dice” les causa una angustia tremenda.

Ahí van dos buenas noticias:  La primera:  la persona es en gran parte responsable de lo que siente.   No es el entorno el que le genera ansiedad, sino la interpretación que hace del entorno.  Esto responsabiliza y también permite controlar y actuar sobre lo que se siente.  Muchos querrían desligarse del todo y seguir echando la culpa de su malestar a la sociedad y a lo mal que está todo.  Pero esta opción debilita y deja sin recursos.

La segunda buena noticia es que puede modificar su estilo cognitivo en el momento en que decida entrenar otra forma de pensar.  Cientos de miles de personas consiguen preparar y acabar un maratón a pesar de lo dura que es esta prueba.  Pero cuando hablamos de modificar lo relacionado con la psique, lo asociamos siempre a dificultad, a falta de fuerza de voluntad y a nuestra forma de ser, y cuestionamos la posibilidad de cambio.

Siga estos consejos para poner el pensamiento a raya.

Olvide la idea de convertirse en una persona superpositiva y superoptimista.  El mundo no es de color de rosa, pero tampoco un lugar negro y hostil.  Se trata de buscar la utilidad de lo que piensa.  Los pensamientos y las emociones son útiles cuando nos permiten resolver lo que nos preocupa e inútiles cuando no podemos hacer nada por aliviarnos.  Confíe y delegue, y permita que al hacerlo los demás actúen con autonomía.  El exceso de control genera ansiedad.  Cuando delegue aquello de lo que no puede responsabilizarse, imagine un interruptor en la mente y desconecte cada vez que aparezca de nuevo la preocupación.  Dejar de prestar atención a lo inútil no es irresponsable.  Todo lo contrario, permite que esté en el presente.

Escriba.  No se trata de desconfiar de la memoria, pero para facilitar el cambio de pensamiento necesita adquirir el hábito de escribir aquello que desea pensar.  Escribir es una conducta organizada y facilita el aprendizaje.  ¿Recuerda cómo aprendió a hacerlo sin faltas de ortografía?  A base de repetición.  El maestro le detectaba una falta y entonces repetía lo correcto en su cuaderno diez o doce veces.  No aprendió a escribir correctamente simplemente pensando en que tenía que hacerlo.  Necesitó un proceso.  El mismo que requiere ahora para modificar su estilo cognitivo.

Deje de rumiar.  Dar muchas vueltas a sus preocupaciones es el problema, no la solución.  Nuestro cerebro no se apacigua dándole vueltas a ideas no controlables.  En lugar de dar tantas vueltas, piense en soluciones.  Pensar siempre es sumar.

Acepte lo que no dependa de usted.  Los discursos internos relacionados con lo injusta que es la vida, y con lo que no se merece pero le ha tocado, solo le llevan a sentirse desgraciado.  Todos hemos vivido alguna vez el lado injusto de la vida, que tiene problemas pero también momentos maravillosos, y no hay que pensar más en lo que no funciona que en lo que va bien.  Acepte.  Aceptar no es resignarse.

Quite valor a lo que no lo tiene.  Si cada preocupación se convierte en una batalla personal, estará combatiendo día y noche.  Usted y su escala de valores son los que deben decidir si es importante o no.  Tendemos a ver todo de forma mucho más catastrófica.  Las noches son para dormir, no para resolver dilemas.

Anticipar lo que puede ocurrir de forma negativa no le protege.  Muchas veces anticipamos lo que no depende de nosotros.  Muchos de sus miedos versan sobre un futuro que no va a suceder.  Al final, no todo termina saliendo bien, pero sí es cierto que no es tan trágico como había pronosticado.  El miedo anticipatorio solo aumenta su nivel de ansiedad y preocupación.

Ríase de lo que piensa.  ¡Qué absurdas nos parecen algunas de las ideas que hemos tenido!  Pruebe a ver la parte cómica de ellas desde el presente.  Apreciar el lado humorístico le confiere control sobre sus preocupaciones y emociones.  El humor también requiere entrenamiento.  No lo descarte por no ser hábil ni ágil con él.  Vea películas cuyos protagonistas desarrollen ese sentido, hable con personas que se ríen de sí mismas, y comprobará que pronto se le contagia.

No tenga conversaciones absurdas con sus pensamientos.  No se enrede con ellos.  Sus pensamientos negativos son rabietas que buscan su atención, y como se siente angustiado se la presta.  Contémplelos como si no fuera con usted.  Lo que habla en su favor son sus actos, no lo que piensa.  Déjelos estar en su mente, como quien acepta un lunar en el brazo.  Si no los escucha, dejarán de darle la lata.

Recuerde… no se puede “no tener pensamientos” por mucho que le atormenten.  Lo que sí se puede es elegir otros.  La vida es elegir:  se puede elegir ser una víctima o cualquier otra cosa que una persona se proponga.

____________________

Los problemas del ego

  Raimón Samsó

Desde la niñez vamos construyendo una identidad inventada, que a la larga será la causa de algunos conflictos personales.  Ese falso yo recibe el nombre de ego.  Una especie de segunda identidad que nos hace difícil saber quiénes somos en realidad y de dónde proceden nuestros problemas.

Todas las relaciones personales: familia, amigos, pareja y trabajo… se ven sacudidas por conflictos, más grandes o más pequeños, de forma recurrente.  A veces, cuando una relación parece ir bien, otra empeora.  Las relaciones entre las personas se convierten en una montaña rusa de altibajos, avances y retrocesos.  Nunca parece que vayan a arreglarse definitivamente del todo.  Siempre el mismo tipo de conflictos…  la vida se hace difícil.

Y en ese punto, las personas suelen decir algo así como que “las relaciones son difíciles”, cuando en verdad es el que hace esa afirmación quien es difícil.

Tal vez deberíamos en algún momento examinar y cuestionar nuestros comportamientos y creencias gobernadas por el ego.  Para definirnos recurrimos al uso de referencias externas convencionales o etiquetas.  A la mente le gusta poner nombres a todo para tratar de comprenderlo.  El ego es una autoimagen que se basa en identificaciones tales como: un nombre, una edad, un estado civil, un rol familiar, unas posesiones, una nacionalidad, un pasado, una profesión, unas creencias, un cuerpo, una educación, una religión, un sexo, unos logros y fracasos…  Todos los egos en realidad son iguales, ya que consisten en una identificación, y por tanto solo se diferencian en la superficie, pero no en el fondo.  Las personas nos acabamos contando una historia, y quien se apegue más a la suya será quien sufrirá más, porque será incapaz de vivir de otra manera.

El autoengaño tiene muchos nombres.  Al ego se le conoce también por autoimagen, yo construido, falso yo o yo fabricado, pero en realidad no importa el nombre, sino darse cuenta de que se trata de una creación mental.  Una falsa identidad no real.  Es importante que detectemos en qué momento se encuentra en activo.  Esto ocurre cuando nos suceden cosas como querer tener razón a toda costa, quejarse y sentirse víctima, ser incapaz de perdonar, juzgar y etiquetar a las personas, atacar o defenderse de comportamientos, reaccionar impulsivamente o establecer diferencias.

Por otro lado, cuando desactivamos el ego perdemos interés por discutir, competir, agredir, criticar, estar a la defensiva, juzgar…  Esto no significa que seamos pasivos, sino que habremos elegido antes que nada la paz mental en toda situación, algo que solo se consigue siendo muy activo (eligiendo decisiones sabias) y no lo contrario  (reaccionando como un autómata).

El juego preferido del ego es tratar de cambiar a los demás, sin esforzarse por cambiar uno mismo.  Un antiguo proverbio chino nos dice que “es más fácil variar el curso de un río que el carácter de una persona”.  Así es, y sin embargo, una y otra vez se vive con la ilusión de hacer pasar a los demás por los guiones que hemos inventado para ellos, como si alguien pudiera saber qué es lo mejor.

Renunciar a la posesión imaginaria del constructo mental que es el ego no es sencillo.  ¿Cómo desprenderse de una identidad forjada a lo largo de toda una vida?  Parece como una pequeña muerte, y en realidad lo es, pero servirá para renacer a una nueva vida libre de apegos y aversiones, y por ello más feliz.

Hay muchas técnicas y teorías sobre cómo acabar con el ego, pero tal vez la menos conocida sea matarlo de aburrimiento, o sea no haciéndole caso.  ¿Y cómo se hace eso?  Dejando de reaccionar desde el ego a los otros egos, no saltando a la mínima provocación o reaccionando mecánicamente. Se trata de dar una respuesta elaborada y elegida, sin darle el micrófono o el protagonismo a esa vocecita parlanchina y engreída que hay dentro de cada uno y que siempre busca líos.  En la mayoría de los casos, cuando se dice “yo” es el ego el que habla.

El final de los problemas es no reaccionar al ego de las otras personas.   Pero, ¿cómo no hacerlo ante un comportamiento desagradable?  Es sencillo de decir, aunque no fácil de hacer.  La clave está en comprender que su comportamiento disfuncional está dictado por su ego.  Que no procede de la persona en sí, sino de sus condicionamientos adquiridos en el pasado.  Y entender que todos llevamos un ego a cuestas, y que todos sucumbimos a sus desvaríos de vez en cuando…  Tener en cuenta todo esto ayuda a comprender (aunque no a justificar) comportamientos disfuncionales y,  por tanto, a no reaccionar ante ellos.

El contexto donde los egos suelen entrar en conflicto son las relaciones de todo tipo:  familiares, sociales, profesionales y de pareja…  Uno podría pensar que cambiando las relaciones se solucionaría el problema.  Pero no es así.  Eludir las relaciones no es la solución, ya que el dolor sigue latente en el inconsciente.  Sin duda, el problema reaparecerá, esta vez en otro lugar, en otro momento y con otra persona.

Solo resolveremos estas cuestiones si dejamos de juzgar y criticar, si aceptamos a los otros tal y como son, sin ningún deseo de cambiarlos, ni tan siquiera por su bien.

____________________

 

La cultura del perdón

 –  Enrique Rojas

La capacidad para olvidar y perdonar es propia de las personas maduras y llenas de amor.  Aquí los que pierden, ganan.  Es más fácil hablar del amor que practicarlo.  Una persona psicológicamente sana es aquella que vive en el presente, ha luchado contra viento y marea por superar las durezas del pasado y vive abierta y empapada de porvenir.

Y también lo diría en sentido contrario:  el que está atado a los recuerdos negativos y no es capaz de alejar de sí el daño sufrido se va convirtiendo en alguien con un trastorno psicológico, que le puede acompañar durante años como la sombra de su cuerpo.  Y el instalarse en un estado de tensa duermevela agazapada.

En positivo, el agradecimiento es la memoria del corazón.  En negativo, el sufrimiento no superado es la infelicidad instalada en nuestra cabeza. Hay tres ingredientes esenciales que deben vivir en nuestro patrimonio interior si queremos encaminarnos bien hacia la felicidad:  corazón, cabeza y espiritualidad.  Sentimientos, argumentos y razones para vivir.

El perdón no consiste en hacer una especie de borrón y cuenta nueva, de aquí no ha pasado nada.   No es eso.  Exige renunciar a la venganza y al odio por un fin superior.  Si sólo se vive una vez, si la vida es una ocasión única de sacar lo mejor de uno mismo, yo perdono y olvido, disculpo, no llevo cuentas de esas fechorías que me han dejado maltrecho y me crezco en la adversidad con un corazón de oro.

Esto sé que es heroico, que está muy por encima de la media, pero es el triple salto, la pirueta de practicar la excelencia, el fino licor de la sabiduría más excelsa, ser bueno (y ser tonto, que es lo que dirían muchos), tender la mano al otro sin pedirle explicaciones (que se rían de uno y lo tomen por loco) y, al mismo tiempo, que no me quede dentro la rabia contenida haciendo estragos, reunión de fragmentos dispersos de tragedias que entran a raudales en ese ser humano y terminan por inutilizarlo para una vida digna, creativa, empujada por los mejores vientos de una afectividad alada y vertical.

Es el misterio de la grandeza de los santos:  que tuvieron una felicidad incomparable porque, no teniendo nada, lo tuvieron todo.  Jesús de Nazaret es la medida del perdón.

Saber perdonar todo y a todo es sobrehumano. Pero ese es el reto.  El cristianismo tiene las mejores respuestas para esto.  Perdonar hasta setenta veces siete, dice el texto evangélico.  Y esto resulta difícil de practicar, quién lo duda.

Pero es obvio que una exigencia tan grande de perdonar no anula las objetivas exigencias de la justicia.  No hay justicia sin perdón, ni perdón sin justicia.  El perdón no elimina ni disminuye la exigencia de la reparación.  Repito: el perdón con el esfuerzo por olvidar es la forma más alta de amor gratuito.  No hay otra más elevada.  Es la gran salida.

Merced al perdón se deshacen los nudos.  Llegar a adquirir la cultura del perdón es estar cerca de una de las puertas de entrada al castillo de la felicidad.

Perdonar es borrar la culpa recibida, olvidarla porque el tiempo cura todas las heridas y renunciar a devolver un castigo proporcional.  La misericordia es superior a la justicia.

____________________

 

 

Una espera activa ante la incertidumbre

 –  Miriam Subirana

Cuando creemos que lo tenemos “todo controlado”, nos sentimos seguros y andamos con paso firme.  Vivimos procurando verificar que nuestros planes lleguen a buen puerto.  Cuando ocurre algo imprevisto, nos estresamos, irritamos o enojamos.  Lo imprevisto no estaba en nuestros planes y la duda se apodera de nosotros.  Vivir con incertidumbre significa no saber lo que provoca inquietud y ansiedad, incluso angustia.

Mantener objetivos y planificar cómo lograrlos es necesario para obtener lo que uno quiere.  Sin embargo, aunque pensemos lo que vamos a hacer, no podemos responder ante las circunstancias ni ante lo que harán los demás.  La realidad es que es imposible tenerlo todo siempre controlado.  Cuando la situación aparece como un obstáculo en nuestro camino, aferrarnos a nuestro plan original produce tensión porque queremos llegar sí o sí a cumplirlo.  Sin embargo, la nueva circunstancia quizá lo que pide es un cambio de rumbo, otra respuesta, o saber esperar.

Es como cuando el río sale de la cumbre de la montaña con el objetivo de desembocar en el mar.  En su camino se encuentra con piedras, montes y desniveles del terreno, y tiene que bordearlos o hacerse subterráneo para luego volver a la superficie, hasta que al fin llega a su destino.  Nosotros planificamos ir en línea recta hacia nuestro objetivo y cuando aparecen los desniveles nos emperramos en querer seguir recto.  Necesitamos flexibilidad y reconocer que quizá no merece la pena luchar para derribar el obstáculo;  eso nos desgastará y acabaremos agotados.  En cambio, si lo bordeamos y cogemos otro sendero, manteniendo la visión de nuestro objetivo, podremos disfrutar del recorrido y no nos dejaremos la piel en el camino.

Para lograrlo debemos recuperar la confianza en nuestros recursos internos, en nuestro conocimiento, nuestro talento, y en nuestra capacidad de superar lo que se presente.

Ante la incertidumbre, podemos batallar en contra de lo que ocurre, podemos resignarnos o bien aceptarlo.  Al luchar en contra, nos agotamos.  A lo que nos resistimos persiste.  Cuando se presenta ante nosotros lo que no habíamos previsto, podemos reaccionar rechazándolo, negándolo, empujando en contra, quejándonos y enojándonos.  Cuando vemos que ninguna de estas actitudes soluciona la situación, nos desesperamos e incluso podemos llegar a deprimirnos por la sensación de impotencia que se apodera de nosotros.  Todos nuestros intentos han fracasado y la situación de incertidumbre continúa. Otra opción es vivir sometidos a la realidad de lo que ocurre.  La resignación nos convierte en víctimas de las circunstancias y de las personas.  Nuestra voluntad queda en la sombra y nos permitimos ser marionetas de lo que va ocurriendo.

El modo más saludable de vivir la incertidumbre es aceptarla.  Eso significa que lo reconocemos, que nos damos cuenta de que quizás es duro y difícil.  Reconocemos lo que sentimos, que ahora no existen las respuestas o que quizá necesitamos ayuda.  La aceptación nos permite vivir sin angustiarnos con la duda de no saber.  Nos ayuda a esperar.

La espera abre a la puerta a la escucha y posibilita percibir qué pide de nosotros una determinada situación; encontrar la pregunta adecuada sin abandonarnos al impulso de forzar las situaciones. Con las preguntas creamos la realidad e influimos en las decisiones. Planteando interrogantes sabios podremos decidir con lucidez: ¿para qué estoy viviendo esto?,  ¿qué me está enseñando esta situación?, ¿qué puedo aprender de ella?, ¿qué sería lo más inteligente que puedo hacer aquí?, ¿para qué voy a intervenir?, ¿cuál es mi intención?

Si actuamos con la rigidez de que las cosas han de ser como habìamos previsto, empezamos a dar palos de ciego que no llevan a ninguna parte, o pueden incluso empeorar la situación.  Para conseguir salir del atolladero, necesitamos calmar la mente y dejar de pensar de forma atropellada.  Así surgirán ideas creativas y se aclararán las dudas.  Fortalecer la confianza y la actitud de “yo puedo”, en lugar de nublar la mente con sentimientos de “soy incapaz”.  En este paréntesis de espera podemos dejar que la vida fluya manteniendo el cuidado de uno mismo:  alimentarse bien, compartir con buenos amigos, hacer ejercicio y meditar. Alcanzamos la capacidad de vivir en armonía cuando nuestra acción se equilibra con la reflexiòn y se fortalece con el silencio.

Si vivimos la incertidumbre desde un espacio de confianza, iniciamos el camino hacia la soberanía personal.  No podemos ejercer un verdadero liderazgo sobre los demás ni sobre las circunstancias si no somos capaces de liderar nuestra propia mente, emociones y mundo interior.  Si queremos dormir y nuestras preocupaciones no nos dejan, si queremos hacer deporte pero no lo hacemos, si tenemos un cuerpo poco cuidado, si pensamos atropelladamente, esa falta de soberanìa personal y de cuidado nos impide responder con sabiduría ante los imprevistos.

Practicar la espera activa con atención plena.  Desde esa actitud evitamos que la situación nos hunda, más bien la observamos atentos y alerta.  Y acabaremos venciendo la inseguridad y actuando con todo el potencial interior: con la confianza en uno mismo y en los demás, con la intención de hacer lo mejor para todos.

____________________

Nuestro péndulo emocional

–   Ferran Ramon-Cortés

La asertividad representa la habilidad de decir las cosas de forma que lleguen a los demás apropiadamente.  Que se exterioricen de forma clara y al mismo tiempo respetuosa, evitando que la otra persona se sienta agredida.  Se trata de elegir el momento oportuno, el tono adecuado y el ritmo justo para expresar que queremos o necesitamos decir.

Como habilidad, se encuentra en el punto intermedio entre dos actitudes:  la pasividad (cuando no nos atrevemos a decir las cosas);  y la agresividad (cuando las decimos hiriendo a los demás).  Todos tenemos nuestra particular forma de vivir la asertividad entre estos dos extremos.  Pero lo verdaderamente relevante es que este sistema se mueve como un péndulo:  si  nos comportamos de manera pasiva, nos vamos cargando emocionalmente, de manera que, cuando finalmente hablamos, nos vamos al otro extremo y resultamos exageradamente agresivos.

Así funciona el llamado péndulo asertivo, que explica las salidas de tono que algunas veces tienen personas que sabemos razonables y ponderadas, y que un día nos sorprenden con una belicosidad desproporcionada.

Si nos callamos las cosas porque no encontramos la manera o el momento de decirlas, estamos inevitablemente cargando el péndulo.  Y tarde o temprano se soltará y pasaremos a la agresividad.  Controlar el efecto péndulo es difícil; una vez lo hemos cargado, detenerlo en el centro (entendido como la asertividad pura) supone un ejercicio titánico de autocontrol que raras veces seremos capaces de llevar a cabo.

Para no caer en los extremos, prácticamente sólo hay una solución:  decir las cosas enseguida en vez de callárnoslas.  Porque, si las soltamos a la primera, todavía no habrá carga emocional y seremos capaces de mantener el tono asertivo.  Si por el contrario vamos aguantando y guardándonos dentro disgusto tras disgusto, cuando nos decidamos a manifestarlo probablemente acabaremos siendo víctimas de nuestras emociones.

El péndulo también actúa (aunque es menos evidente) en el sentido contrario:  cuando somos sistemáticamente agresivos diciendo las cosas, acabamos provocando el enfado de los otros.  Si nos hacen ver esa reacción por nuestra parte, entonces optamos por no decir nada más, callarnos las cosas y mostrarnos pasivos.

A casi nadie nos gusta mostrarnos agresivos y cuando lo hacemos somos los primeros en pasarlo mal.  Tener en cuenta este efecto péndulo nos puede ayudar a ser más conscientes de la necesidad de decir las cosas a la primera, sin guardárnoslas dentro.  Y si la agresividad es nuestra pauta, es importante tomar consciencia del impacto de nuestra comunicación en los demás.

Hablar a tiempo permite mantener el tono de la expresión y, a la larga, evita quebraderos de cabeza.  Observar como sienta lo que decimos nos ayudará a encontrar el matiz adecuado.

____________________

 

El mito del horóscopo

–  J.M. Mulet

El horóscopo es un invento de los babilonios.  Cada signo hace referencia a la constelación por la que se ve el Sol en el día del nacimiento de una persona.  En el actual siglo XXI mucha gente sigue leyendo su horóscopo y consultando las cartas astrales, en las que escuchan todo tipo de ambigüedades sobre su devenir.

Los psicólogos definen esta actitud como el efecto Forer, es decir, creer que alguien desconocido te describe específicamente y pensar que esa información es útil.  Por cierto, ¿usted cree que todos los que fallecieron en el Titanic compartían signo del zodiaco?  ¿Las cartas astrales les aconsejaban que se fueran mejor de vacaciones al Caribe en vez de a Nueva York?

Ya hemos señalado antes que el origen del horóscopo viene de los babilonios, que, como no tenían televisión ni Internet, pasaban muchas horas mirando al cielo.  Fueron los primeros en asignar unas formas arbitrarias a las estrellas, que llamaron constelaciones.  En el cielo hay una línea imaginaria que llamamos eclíptica.  Su nombre viene de eclipse, ya que cuando se producen la Luna o la sombra de la Tierra transitan por esa línea.  También es por la que pasan los planetas visibles a simple vista.

Esta línea se debe a que todos orbitamos en el mismo plano, pero la Tierra, que tiene una inclinación 23,27 grados respecto a su órbita es la que permite que existan estaciones.  Si nuestro planeta tuviera el ecuador alienado con el plano por el que orbita alrededor del Sol, no existiría la primavera ni el verano.  Pero como está inclinado, si  superpusiéramos el Sol con el cielo nocturno, veríamos que se halla encima de la eclíptica.

Además, como el giro alrededor del Sol dura exactamente un año, las constelaciones de la eclíptica retroceden un grado cada día.  Por eso parece que el Sol aparentemente transita durante el año por todas las constelaciones, aunque realmente somos nosotros los que nos movemos.

Los babilonios tenían un sistema de numeración basado en el número 12, del que hemos heredado la forma de medir los grados en un círculo y el tiempo.  Así que hicieron un poco de trampa y asumieron que la doceava parte del año (aproximadamente un mes) el Sol transitaba sobre cada una de esas constelaciones zodiacales.

Pero el truco no acabó ahí.  Para ver las formas de las constelaciones hay que echarle imaginación, muchas veces interesada.  Así, cuando llegaban las lluvias tocaba el signo de Acuario, los nacidos cuando migraban los uros (1) serían Tauro, la época en la que se esquilaba a los carneros sería para los Aries, o cuando había que recoger la mies, Virgo (por eso se la representa con espigas).  De esta forma se le daba un valor predictivo, aunque utilizaban el viejo truco de saber primero el resultado y hacer luego el pronóstico, lo que era muy útil para reafirmar el poder de la casta sacerdotal.

Por tanto, el signo del zodiaco hace referencia a la constelación por donde se ve el Sol en el día del nacimiento de cada persona.  Los griegos recogieron esta trampa y le pusieron el nombre de zodiaco, que significa “rueda de animales”.

Lo que parece es que a los astrólogos no les preocupa demasiado mirar el cielo, puesto que ni siquiera en el origen la posición del Sol coincidía con las constelaciones.  Además, el sistema solar se mueve alrededor del centro de la galaxia y la Tierra oscila sobre su eje como una peonza, lo que provoca la presencia de los equinoccios.  Por si fuera poco, las estrellas de las constelaciones también se mueven, por lo que la perspectiva del cielo nocturno va cambiando muy lentamente y, milenio a milenio, las variaciones se notan.

Hay que tener en cuenta que los signos no duran todos lo mismo y no son 12 sino 14.  Ahora tenemos el signo de Ofiuco, el portavoz de la serpiente, constelación que representa al dios de la medicina Asclepio o Esculapio.  Y el de Cetus, un monstruo marino del que proviene el término cetáceo y que se cuela durante un día en la eclíptica.

Por tanto, el zodiaco, en tanto que son las constelaciones de la eclíptica, se puede considerar ciencia, pero el horóscopo, la capacidad de predecir el futuro, es pura ficción.

(1)  Mamífero rumiente bóvido muy similar al toro, pero de mayor tamaño; fue el precedente del actual ganado vacuno europeo y habitó en Europa, Asia y el norte de África hasta su extinción en el siglo XVII.

____________________

¿Nos preguntamos sobre el valor de la humildad?

–  Borja Vilaseca

La gran mayorìa estamos convencidos de que nuestra forma de ver la vida es “la forma de ver la vida”.  Y que quienes ven las cosas diferentes que nosotros están equivocados.  De hecho, tenemos tendencia a rodearnos de personas que piensan exactamente como nosotros, considerando que estas son las únicas “cuerdas y sensatas”.  Pero ¿sabemos de dónde viene nuestra visión de la vida?  ¿Realmente podemos decir que es nuestra? ¿Acaso la hemos elegido libre y voluntariamente?

Desde el día en que nacimos, nuestra mente ha sido condicionada para pensar y comportarnos de acuerdo con las opiniones, valores y aspiraciones de nuestro entorno social y familiar.  ¿Acaso hemos escogido el idioma con el que hablamos?  ¿Y qué decir de nuestro equipo de baseball o fútbol?  En función del país y del barrio en el que hayamos sido educados, ahora mismo nos identificamos con una cultura, una religión, una política, una profesión y una moda determinadas, igual que el resto de nuestros vecinos.

¿Cómo veríamos la vida si hubiéramos nacido en una aldea o un pueblo de Madagascar?  Diferente, ¿no?  Y entonces, ¿por qué nos aferramos a una identidad prestada, de segunda mano, tan aleatoria como el lugar en el que nacimos?  ¿Por qué no cuestionamos nuestra forma de pensar?  ¿Y qué consecuencias tiene este hecho sobre nuestra existencia?

Para responder a esta última pregunta tan solo hace falta echar un vistazo a la sociedad.  ¿Vemos a muchos seres humanos realmente felices en el mundo en el que viven?  La ignorancia es el germen de la infelicidad; y ésta, la raíz de nuestros conflictos y preocupaciones.

No existe ni un solo ser humano en el mundo que quiera sufrir de forma voluntaria.  Las personas queremos ser felices, pero en general no tenemos ni idea de cómo lograrlo.  Y dado que la mentira más común es la que nos contamos a nosotros mismos, en vez de cuestionar nuestro sistema de creencias e iniciar un proceso de cambio personal, la mayoría nos quedamos anclados en el victimismo, la indignación, la impotencia o la resignacíón.

La honestidad puede resultar muy dolorosa al principio.  Pero a medio plazo es muy liberadora.  Nos permite afrontar la verdad acerca de quiénes somos y de cómo nos relacionamos con nuestro mundo interior.  Así es como iniciamos el camino que nos conduce hacia nuestro bienestar emocional.  Cultivar esta virtud provoca una serie de efectos terapéuticos.  En primer lugar, disminuye el miedo a conocernos y afrontar nuestro lado oscuro.  También nos impide seguir llevando una máscara con la que agradar a los demás y ser aceptados por nuestro entorno social y laboral.

Eso sí, el gran generador de conflictos con otras personas se llama orgullo. Principalmente porque nos incapacita para reconocer y enmendar nuestros propios errores.  Y pone de manifiesto una carencia de humildad, que es una cualidad que nos permite adoptar una actitud abierta, flexible y receptiva para poder aprender aquello que todavía no sabemos.

La humildad está relacionada con la aceptación de nuestros defectos, debilidades y limitaciones.  Nos predispone a cuestionar aquello que hasta ahora habíamos dado por cierto.  En el caso de que además seamos vanidosos o prepotentes, nos inspira simplemente a mantener la boca cerrada.  Y solo hablar de nuestros éxitos en caso de que nos pregunten.  Llegado el momento, nos invita a ser breves y no regodearnos.  Es cierto que nuestras cualidades forman parte de nosotros, pero no son nuestras.

La paradoja de la humildad, que etimológicamente viene de humus que significa tierra fértil, es que cuando se manifiesta desaparece.  La expresión “en mi humilde opinión” no es más que nuestro orgullo disfrazado.  La verdadera práctica de esta virtud no se predica, se realiza.   En caso de existir son los demás quienes la ven, nunca uno mismo.

Ser sencillo es el resultado de conocer nuestra verdadera esencia, más allá de nuestro ego.  Esta es la razón por la que las personas humildes, en tanto que sabios, pasan desapercibidas.

En la medida que cultivamos la modestia es cada vez más fácil aprender de las equivocaciones que cometemos, comprendiendo que los errores son necesarios para seguir creciendo y evolucionando.  De pronto ya no sentimos la necesidad de discutir, imponer nuestra opinión o tener la razón.  Gracias a esta cualidad, cada vez gozamos de mayor predisposición para escuchar nuevos puntos de vista, incluso cuando se oponen a nuestras creencias.

En paralelo, sentimos más curiosidad por explorar formas alternativas de entender la vida, que ni siquiera sabíamos que existían.  Y cuanto más indagamos, mayor es el reconocimiento de nuestra ignorancia, vislumbrando claramente el camino hacia la sabiduría.

____________________

 

 

El arte de acompañar

–  Ferrán Ramón-Cortés

Una de las formas más rápidas de crear distancias entre las personas es juzgando sus actos. En el contexto del acompañamiento, podemos opinar sobre un hecho (robar no está bien), pero no deberíamos sentenciar a las personas (eres un ladrón).  Porque cuando lo hacemos, dejamos de aceptarlo.  Lejos de ayudarle a reflexionar, lo que vamos a provocar es que salga a la defensiva o que deje de estar interesado en lo que le podamos decir.

Juzgar tiene además un riesgo, y es que podemos ser terriblemente injustos. Porque a menudo nos precipitamos con nuestras conclusiones sin saber de la misa la mitad, sin pararnos a pensar (o a descubrir) los motivos por los que alguien ha tenido un determinado comportamiento.

Hace unos meses tuve que suspender un curso porque la noche anterior había tenido una cena que terminó tarde, y por la mañana me encontraba fatal.  Muchos me tacharon de juerguista o de irresponsable… hasta que se enteraron de que tuvimos una intoxicación alimentaria por unas croquetas de la comida anterior, y que un par de comensales habían acabado en el hospital.

Cuando alguien nos cuenta un problema, sentimos la necesidad de resolverlo.  Es loable, pero cero efectivo.  En primer lugar, porque lo que a uno le parece que puede funcionar no tiene por qué venirle bien a otro.  Y los consejos generan además fuertes dependencias. ¿Por qué alguien tendría que pensar por sí mismo sobre lo que tiene que hacer si puede simplemente venir a preguntarnos?  Si acostumbramos a los amigos a ser asesorados, les privamos de desarrollar sus propios recursos en futuras decisiones.  Lo único que logramos es cargarnos con la mochila de sus problemas.

Yo tuve un jefe que siempre me aconsejaba.  A mí y a todos sus compañeros.  No movíamos un dedo sin sus instrucciones o recomendaciones. Su primera baja no se debió a una gripe. La causa fue el estrés.

Entonces…¿cómo lo hacemos? Acompañar es estar a disposición. Caminar al lado del otro, siguiendo su ritmo y haciéndole de espejo.  Sin empujarle ni estirarle. Parando cuando él para y acelerando cuando él acelera.  Y esto, en términos de comunicación, significa básicamente escuchar.

Escuchar para que el otro ordene sus ideas y encuentre sus soluciones. Ideas que quizás uno ya había intuido, pero cuya comunicación se intenta evitar en forma de consejo.  Acompañar es también aceptar el momento en el que se encuentra otra persona.  Con sus virtudes y sus defectos.  Con sus miedos y vulnerabilidades.

Acompañar es un juego en el que la posesión de la pelota es mayoritariamente del otro.  Y si nos la pasa, se la vamos a devolver.  Porque nosotros no somos el protagonista, somos sólo el espejo.

Ayudar a alguien con problemas puede generar un conflicto si sólo juzgamos sus acciones. Hay que aceptar que las soluciones que nos vienen bien a nosotros no siempre se pueden extrapolar. Y que lo más importante es escuchar al otro.

____________________

 

¿Existen las personas tóxicas?

–  José Luis Ágreda

Seguro que usted se ha visto alguna vez en esa situación en la que después de mantener una conversación con un amigo se ha sentido desolado, ha contemplado el mundo con más tristeza y menos entusiasmo que antes de empezar la conversación, o ha pensado: “Madre mía, a este amigo no le pasa nada bueno, siempre tiene una queja”.  Y en situaciones extremas, ha escuchado el teléfono, ha visto el nombre de la llamada entrante y ha dejado de atenderlo porque sabe que esa persona, de alguna manera, le va a complicar la vida:  le va a contar un nuevo problema o seguirá hablando de su monotema, por lo general con temática “desgracia”.  La pregunta que uno se plantea siempre después de pasar un rato con las personas tóxicas es:  “Y yo qué necesidad tengo de estar oyendo esto”.

¿Quiénes son las personas tóxicas?  Aquellas que llegan y le contagian de mal humor, de tristeza, de miedo, de envidia o cualquier otro tipo de emoción negativa que hasta ese momento no se había manifestado en su cuerpo.  Es igual que un virus:  llega, se expande, le hace sentir mal y cuando se aleja, poco a poco, usted recobra su estado natural y, con suerte, lo olvida.

El origen de la persona tóxica puede ser variado:  el mal genio, la envidia, la falta de consideración, el egoísmo, la estupidez o la falta de tacto.  Lo importante es verse con recursos suficientes para protegerse del contagio.  El mundo está lleno de personas tóxicas de diferentes tipologías, unas menos dañinas y otras malévolas que dejan memoria y cicatriz

En la categoría de tóxicos pasivos incluyo a los victimistas, los que echan la culpa de todo su mal a los que tienen alrededor, nunca son responsables de lo malo que les ocurre porque son los demás o las circunstancias los que provocan su malestar.  Si les escucha y a usted le va bien llegará a sentirse mala persona por disfrutar de lo que los victimistas no tienen.  Y no porque no tengan posibilidad de hacerlo, sino porque han aprendido a obtener la atención a través de la queja y eso es cómodo.  Se sienten maltratados por la vida y abandonados por la suerte.  Por supuesto, le hacen sentir mal a quien no les presta la atención de la que se creen merecedores. Con estas personas sufrirá  el contagio del virus tristeza, frustración y apatía.

Los tóxicos caraduras son los que siempre le pedirán favores, pero a la vez no son capaces de estar atentos a sus necesidades.  No mantienen relaciones bidireccionales en las que entreguen tanto como reciben.  Tiran de otros sin preguntarles si están bien, si necesitan ayuda, si les viene bien prestársela en ese momento. Son egoístas y egocéntricos, y en el momento en el que se deja de satisfacer sus necesidades comienza la crítica y el chantaje emocional.  Con estas personas sufrirá el contagio del virus “siento que abusan de mí”, aprovechamiento y resignación.

Se define como tóxicos criticones a los que viven de vivir la vida de otros porque no les vale con la suya.  Su vida es demasiado gris, aburrida o frustrante como para hablar de ella, así que destrozan todo lo que les rodea.  No espere palabras de reconocimiento hacia los demás ni que hablen de forma positiva de nadie, porque el que a los demás les vaya bien, les potencia su frustración como personas.  No saben competir si no es destruyendo al otro.  Arrasan como Atila.  Con estas personas sufrirá el contagio del virus desesperanza, vergüenza, incluso culpa si participa en la crítica.  Y la culpa luego arrastra al virus del remordimiento.

A los tóxicos con mala idea manténgalos bien lejos.  Están resentidos con la vida, ya sea porque no han sido capaces de gestionar la suya o porque la suerte no les ha acompañado. Anticipan que las personas son interesadas y no esperan nada bueno de ellas. Todo lo interpretan de forma negativa, a todo el mundo le ven una mala intención. Viven en un constante ataque de ira, como si el mundo les debiera algo.  No soportan que otros tengan éxito, esfuerzo y fuerza de voluntad, porque estas actitudes de superación les ningunean todavía más. Con estas personas sufrirá el contagio del virus indefensión, inseguridad, impotencia y ansiedad.

Para los que no lo sepan, no hace falta ser asesino en serie para un psicópata.  El psicópata es aquel que infringe dolor a los demás sin sentir la menor culpabilidad, remordimiento y sin pasarlo mal.  De estos hay muchos de guante blanco como los tóxicos psicópatas.  Son los que humillan, faltan al respeto a propósito, pegan. amenazan y provocan que una persona se sienta ridícula y menospreciada, y se cargan la autoestima.  Ante ellas, salga corriendo, porque el que lo hace una vez, repite.  Si le permite que le maltrate, usted terminará pensando que ese es el trato que merece.  Con estas personas sufrirá el contagio del virus miedo y odio.  Muy difícil de erradicar, perdura durante mucho tiempo en su memoria.

Para evitar el contagio de los tóxicos victimistas, lo primero que hay que hacer es pararles. Decirles que estará para ayudarles a tomar decisiones y solucionar problemas, pero no para ser el pañuelo en el que ahogan sus penas sin implicarse.  Estas personas se acostumbran a llamar la atención con sus desgracias, pero son incapaces de responsabilizarse y actuar porque porque optan el camino fácil:  llorar.

Dígale que estará encantado de ayudarle siempre y cuando se movilice.  Y si no lo hace, decida alejarse de alguien que ha tomado la decisión de ser un parásito toda la vida.  No lo está abandonando, le está dando aliento para que actúe.  Si decide no tomar las riendas de su vida, ser su paño de lágrimas tampoco será una ayuda.  Se gasta la misma energía quejándose que buscando soluciones.   La primera opción consume y resta, y la segunda suma.

Ante el virus de pedir, el antivirus de decir no.  Si usted no hace prevalecer sus necesidades y prioridades, ellos tampoco lo harán.  Una cosa es ser solidario y otra muy distinta estar a disposición de todos y no estar nunca para uno mismo.

No permita que la persona tóxica criticona haga juicios de otras personas que no estén presentes.  Si lo hace con ellos, también lo hará cuando usted no esté presente.  No entre en su juego ni se identifique con esa conducta.  Dígale que no le gusta hablar de personas que no están presentes.  Y si trata de rumores, dígale que no tiene certeza de que el rumor sea cierto.

Los rumores, la mayoría de las veces, son infundados, falsos o exagerados.  Se propagan como el viento, y a pesar de que luego se compruebe que son falsos, el daño ya está hecho.  Actúe como le gustaría que lo hicieran, con respeto, discreción y veracidad.  Es más importante ser ético que evitar un conflicto con un criticón.

Y por último, no permita que nadie le falte al respeto y mucho menos le maltrate ni psicológica ni físicamente.  Como personas, todos merecemos un trato digno.  Hágase valer.  Pida ayuda, póngase en su sitio, no consienta una segunda oportunidad a quien le ha hecho daño.  El que le daña no le quiere; olvídese de justificarle por su pasado, su carácter, su educación, el alcohol o sus problemas.  Nada, absolutamente nada, autoriza la falta de respeto y el maltrato físico y psicológico.  Y esto es válido en el ámbito familiar, laboral y entre los amigos.

Rodéese de personas de bien, que le quieran y que le se lo demuestren, que le hagan feliz, con las que salga con las pilas recargadas.  Tenemos la obligación de ser felices y de disfrutar.  Hay mucha gente dispuesta a ello.  No las deje escapar.  Las personas estamos para ayudarnos, somos un equipo.

____________________

¿Orden o desorden?

orden-2

–  Fernando Trías de Bes

Recuerdo vagamente la escena de una película de los años sesenta.  Creo que se trababa de El guateque (1), donde en una casa de diseño totalmente minimalista, y una sala de estar con solo un sofá y dos sillas, la propietaria de la casa, de pronto, exclamaba indignada “¡Oh, que desastre de desorden!”.  Y, a continuación, situaba las dos sillas frente al sofá bien alineadas, una junto a la otra y perfectamente perpendiculares al sofá.  “Por fin todo ordenado”, exclamaba aliviada, acto seguido.

Se me quedó grabada esa secuencia porque ya por entonces mi madre me regañada por mi caos.  Recuerdo que llamaba a mi habitación “la leonera” (2).  Ella era muy ordenada; yo tenía las cosas siempre desperdigadas por mi cuarto.  Todo lo contrario que mi hermano, que dejaba todo en su sitio.  En su sitio…, ¡ese es el quid de la cuestión!

¿Qué significa exactamente esa expresión?  Porque para mí todo estaba donde debía.  Lo que pasaba es que no coincidía con el lugar que mi madre deseaba para cada cosa.  A pesar de estar distribuidas de forma arbitraria por la habitación, yo sabía exacta y precisamente donde se hallaba cada objeto y no tardaba más de medio segundo en encontrarlo.  Cuando, alguna vez, claudicaba, obedecía y lo situaba todo en cajones, estanterías, etcétera, no era capaz luego de encontrar nada.  Absolutamente nada.

¿Qué es el orden?  ¿Guarda relación el desbarajuste material con una vida ordenada o desordenada?  ¿Tiene relación con la personalidad?  Para muchas personas, una habitación ordenada es aquella donde hay pocas cosas a la vista y, si se mira dentro de los cajones, los distintos objetos están guardados por grupos o categorías.  El orden, tal y como lo entendemos, está vinculado a la estética griega y romana:  proporciones, distancias, geometrías y clasificación de las cosas.

Ahora bien, ¿por qué agrupar por tipos lo consideramos orden y, por ejemplo, por colores no? Imaginemos una persona que guarda los lápices rojos con los libros y la ropa del mismo color. Según estándares sociales, eso es desorden y, sin embargo, existe un criterio determinado de agrupación.  No podríamos tacharle de desordenado, sino de peculiar.  Ahora bien, si alguien mezcla criterios (en unos casos agrupa por colores y en otros por categorías), podríamos considerarlo variable.  El desordenado, atendiendo a este criterio, sería por tanto aquel con una carencia absoluta de razones respecto a la ubicación de las cosas.  Les llamamos caóticos. Pero incluso eso nos lo discutirían.  No en vano, el caos está considerado en ciencia una determinada forma de orden físico. 

Otra posibilidad es considerar orden el que las cosas estén en el lugar para el cual fueron pensadas.  Por ejemplo, si los cojines van en la cama, el hecho de que estén en el suelo es desorden.  Este código es, por lo menos, más lógico.  Pero obligaría a definir de antemano dónde van a ser depositados los objetos que adquirimos o guardamos.

Hay quienes confunden orden y limpieza.  Es verdad que las casas con pocas cosas y pocos muebles suelen  estar más limpias;  y que, por lo general, las abigarradas lo están menos.  Pero es debido a que limpiar lleva más trabajo cuando hay más objetos que apartar.  Pero esa es otra cuestión, así que no podemos tampoco vincular desorden a suciedad.

A quienes les cuesta tirar y desprenderse de objetos (nada que ver con el síndrome de Diógenes) suelen ser más desordenados.  Pero la manía de tirarlo todo también puede alcanzar dimensiones patológicas.  Tengo un conocido que llevaba sus cosas más preciadas en el maletero de su coche para que su esposa no las tirase sin que él pudiera darse cuenta.

Está comprobado empíricamente mediante algunos experimentos llevados a cabo en la Universidad de Minnesota que las personas más ordenadas tienden más a la justicia y el orden social, pero son menos imaginativas y más metódicas.  Las desordenadas, en cambio, son más rebeldes y mucho más creativas.  La explicación es que las personas creativas realizan conexiones y precisan de estímulos para que eso suceda.  Si todo está espartano y ordenado, no encuentran qué conectar porque todo responde ya a una regla; está, digámoslo así, “solucionado”, resuelto.

Una vida desordenada es aquella donde los pensamientos y valores no responden a las acciones y los actos.  Eso tiene poco que ver con situar objetos de una determinada forma, aunque es cierto que las personas ordenadas son más sensibles a las normas sociales compartidas.  El orden es un reflejo de aceptación de cánones organizativos que se trasladan también a lo cotidiano.

Por cierto, olvídense de educar en el orden.  Está en los genes.  Les dejo esta discusión sobre la mesa.  Pero les predigo el resultado:  los desordenados no convencerán a los ordenados de que lo suyo es orden.  Aceptarán que es “el suyo particular”, pero no “orden” a secas.  Y eso es así porque, para las personas ordenadas, el orden también ha de serlo.

_______________

(1)  El guateque The party, Blake Edwards (1968).

(2)  Leonera:  habitación o lugar muy desordenado (RAE, coloq.).

El derecho a decir “no”: menos es más

masmenos.1

–  Raimón Samsó

En el libro Alicia en el País de las Maravillas (1865) de Lewis Carroll (1832-1898), la protagonista le pregunta al personaje del gato: ¿Podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí”, y el gato le contesta:  “Eso depende en gran medida del sitio al que quieras llegar”. “No me importa mucho el sitio…”, replica Alicia. “Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes”, responde el gato.  En un mundo en el que hay ilimitadas posibilidades, si no se tienen prioridades lo fácil es perderse.

Más no siempre es mejor, puede ser menos.  Y menos puede ser más.  Para llegar a más partiendo de menos hay tres caminos para centrarse en las prioridades: simplificar la vida, decir “no” muchas veces y priorizar la agenda de tareas.  Veamos ahora cada uno de ellos.

Menos es más se ha convertido en un mantra.  En arquitectura lo llamaron minimalismo, una corriente caracterizada por la simplicidad de formas y líneas, utilización de colores puros, materiales naturales y la preferencia de espacio antes que la acumulación.  En decoración, menos objetos y muebles es más espacio disponible para las personas que habitan la casa.  En la agenda, menos tareas irrelevantes con más energía y tiempo para los asuntos relevantes significa más eficacia.  En el feng shui, para recibir algo nuevo en la vida antes hay que dejarle espacio, tanto física como psicológicamente.

Aun así, la facilidad de complicarlo todo es un viejo hábito humano.

Una de las primeras decisiones que tomó Steve Jobs (1955-2011) cuando volvió a dirigir Apple en 1997 fue reducir los productos de la compañía de unos trescientos a una docena, y en esta simplificación se basó el relanzamiento de la compañía: pocos artículos, pero todos excelentes. De hecho, él mismo se felicitaba por haber pronunciado más veces la palabra “no” que “sí” en sus decisiones.  Sabía muy bien que no se trataba de la cantidad de cosas que podía hacer su empresa, sino de la calidad con que las haría.

El economista Vilfredo Pareto (1848-1923) estableció la regla del 80/20 que afirma que el 80% de nuestros esfuerzos consigue el 20% de nuestros resultados; y, por tanto, el 20% de nuestros esfuerzos es responsable del 80% de lo que conseguimos.  ¿Entonces por qué no concentrarse en ese 20% y prescindir del resto?  Porque primero hay que identificar ese 20% crítico responsable de casi todo.  Sencillo pero difícil.  Aunque una vez reconocido, la vida y trabajo se simplifican en gran manera.

Es fácil darse cuenta de que muchas personas tienen expectativas sobre nosotros, como si cada una de ellas reclamara el extraño derecho de apropiarse de un trozo de nuestra vida.  Los padres, los amigos, los hijos, los jefes y compañeros, la comunidad… Aprender a decir no a semejante alud de exigencias es un  asunto urgente y de supervivencia.

Sabemos que cuesta decir no a otras personas, pero cuesta más vivir el resto de la vida con ese sí que en realidad quería ser una negación.  Ese sí supone una negación de uno mismo, y una vez se pierde el autorrespeto, se repite el mismo comportamiento destructivo.  En algún momento hemos mal aprendido que decir no resulta poco educado o que es señal de egoísmo. Por alguna razón creemos que al negarnos somos malos y al aceptar cualquier cosa que nos pidan somos buenos.

Pero tal vez si nos entrenaran en la honestidad, y no el el deseo de agradar, seríamos más felices.  No pasa nada por decir “no” de vez en cuando.  Mejor dicho, sí ocurre: se toma el control de la propia vida.  Como estamos entrenados desde niños a ser complacientes, pero no sinceros, un buen método para acelerar el aprendizaje es declarar “el día del no” y negarnos por sistema a todas las peticiones en las que no creamos durante esa jornada.  Ya sean tareas, pedidos, invitaciones, favores, distracciones…

Sabemos que las personas de éxito saben decir no y saben poner límites a las exigencias de los demás.  Hacen válido el viejo dicho de “Contra el vicio de pedir, la virtud de no dar”.  No lo hacen desde el egoísmo, sino desde la autenticidad y honestidad que les otorga el sagrado derecho a elegir.  Y saben que cuando dicen no a lo malo, a lo regular, incluso a lo bueno, están preparándose y haciendo espacio en sus vidas para decir sí a lo extraordinario.

¿Cómo negarse a lo que no cuadra con uno?  Basta con tener claras las cosas que queremos evitar, los límites, y darles luz roja, mostrarles la puerta de salida de nuestra vida.  En la práctica bastará con llamar política de la casa o principios a todo aquello que haya caído en esa lista negra.  Y cuando nos pidan algo a lo que deseamos negarnos, bastará aludir a la política de la casa como argumento.  Ya no es uno quien se niega, sino que se lo impiden sus propias normas de funcionamiento.

Y para ayudar a llevarlo a la práctica resulta bueno ofrecer una alternativa (cuando la haya) a esas negativas sobre pedidos que no encajen con los valores, agenda, objetivos y prioridades.  Pero nunca como una compensación, sino como un acto de generosidad. Ayuda mucho añadir siempre la palabra “gracias”, y comprobar que suena de maravilla “no, gracias”.

Hay muchas técnicas para aprender a decir no desde la asertividad sin sentirse culpable, pero hay que entrenarse con la que nos sintamos mejor o cuadre en la situación.

Saber qué cuenta y qué no cuenta tanto, es cuestión de hacerse unas buenas preguntas: [  ¿es esto…  /  lo que más quiero  /  importante  /  necesito  /  y que cambiará  mi vida?  ]. y decidir en base a los valores personales.  Y si esto no es lo que quiero / necesito / importante… entonces ¿qué lo es?  Hay otra buena pregunta que hacerse: ¿qué es lo único que se debe hacer, gracias a lo cual todo lo demás resulta más fácil o innecesario?

Los valores son la brújula y las preguntas son el mapa hacia una vida más lograda.  No importa la cantidad de cosas que hacemos o conseguimos, sino la calidad.  Por ejemplo, en nuestra agenda, poner más de tres tareas o acciones diarias puede ser muy contraproducente.  Mejor elegir las tres acciones de mayor importancia y que crearán cambios consistentes y no trabajar en nada más hasta que se hayan completado.

Lo prioritario es más sencillo de abordar si se divide en pasos.  La mayoría de las veces no afrontamos lo importante porque nos sobrepasa su ejecución, parece demasiado o no sabemos ni por dónde empezar.  Pero todos sabemos dar un solo paso. Desglosar lo prioritario en pequeños pasos es el modo de digerirlo.

Si se acomete primero lo más complejo de la lista, probablemente se consigue la tarea de mayor retorno.  Empezar por lo más difícil, no por lo más sencillo, es positivo.  Una vez se ha subido a la colina más alta, se tiene más perspectiva global y el orgullo de haber dado un paso definitivo para el que ya no hay vuelta atrás.  Aparecerán distracciones, obstáculos, retrasos…, pero nada de eso debería importar demasiado.  La simple consecución de pequeños logros es muy motivadora para dar los pasos que hacen falta. La sensación de estar avanzando, al margen de la velocidad, es suficientemente gratificante como para arrinconar las tentaciones de postergar o abandonar.

Tanto en el trabajo como en la vida encontramos personas muy aceleradas a las que si le preguntas “¿a dónde vas?, te responderán algo así como:  “Te lo diré cuando llegue” o “Te cuento cuando tenga un respiro”.  Corren mucho, pero la velocidad no es importante.

–    No es la velocidad, sino la dirección.   –    No es la cantidad, sino la calidad.

La agenda de tareas no miente:  es un sembrado de éxito futuro o de fracasos.  Si la agenda no se acopla a los valores personales, es seguro que se acaba viviendo la vida de otro y siguiendo sus valores, pero no los propios.

¿Todo lo que anotamos en ella nos lleva a una vida más plena y realizada?  Urge revisarla. Debería haber una coherencia entre lo que se es y lo que se hace, a menos que se esté dispuesto a pagar un elevado precio por esa falta de integridad.  Cada día deberíamos revisar nuestra agenda y comprobar que cada tarea de la jornada está acompasada con una vida con sentido.

____________________

Parar el reloj y vivir intensamente

relojarena.1

–  Fernando Trías de Bes

Llevar una vida rutinaria no exime de experimentar aventuras.  El tiempo es el que es.  En nuestra mano está decidir cómo queremos disfrutarlo.

El protagonista de la película Una cuestión de tiempo  [About Time, Richard Curtis, 2013] pertenece a una familia cuyos miembros tienen un don especial: pueden viajar a lugares y momentos donde han estado antes.  Esta peculiaridad les permite deshacer decisiones y corregir errores para mejorar sus vidas.  Hacia el final de la película, el personaje se da cuenta de que su vida ha estado bien tal y como ha sido, y que no desea volver atrás.

Tal vez sea éste el máximo anhelo de cualquiera de nosotros.  Llegar al final de nuestras vidas y poder decirnos a nosotros mismos: “Ha estado bien así, si volviera a vivir no cambiaría nada”. La pregunta es si alcanzar tal nivel de satisfacción no depende tanto del número y variedad de vivencias como de la intensidad con las que se han afrontado.

La magnífica película Up, de Walt Disney-Pixar [Peter Docter / Bob Peterson, 2009], refleja muy bien este sentimiento cuando el personaje principal, un anciano viudo que no pudo brindar a su fallecida esposa ninguna de las aventuras que soñaron de niños, descubre que su mujer ha rellenado el álbum de fotos de todos los viajes que iban a realizar con las fotografías de sus vidas en casa y en una nota ha dejado escrito:  “Gracias por la aventura”.  Lo que ha vivido con su marido, poco o mucho, ella lo apreció como un gran acontecimiento.  Es una secuencia preciosa que nos enseña que lo importante es el sentido que queramos otorgar a nuestras vivencias y no tanto lo que en sí acontece.  Se puede llevar una vida rutinaria y vivirla intensamente.

Sin embargo, es muy difícil hacer valer esta actitud.  La oferta de posibilidades, alternativas, destinos turísticos, las innumerables posibles relaciones personales y caminos que abren las redes sociales ejercen una enorme presión sobre el individuo de hoy.  Las relaciones de la sociedad líquida, que postuló el sociólogo Zygmunt Bauman, prueban que el ser humano opta cada vez más por no solidificar las relaciones, no materializarlas ni mantenerlas en pos de una posibilidad eternamente cambiante.

Desde mi punto de vista, hemos ido pasando de una sociedad líquida a otra multidimensional o poliédrica.  Cuando realizamos una actividad, perseguimos hacer otra al mismo tiempo.  Es habitual que los fabricantes de cintas de correr instalen en ellas televisiones para seguir el partido de fútbol o las noticias mientras se practica deporte; vemos televisión en casa mientras chateamos o navegamos con nuestro móvil / cellular. Incluso las propias cadenas de televisión rotulan en pantalla durante los debates y entrevistas lo que los televidentes tuitean sobre lo que se está diciendo.  Parece como si vivir únicamente una realidad fuera insuficiente.

Es ya habitual ver a parejas en un restaurante que combinan la conversación entre sí con otras a través del móvil o terceras personas. No se trata de una crítica tipo “cualquier tiempo pasado fue mejor”.  Lo que quiere explicar este ejemplo es que cuando se instala en el ser humano una insuficiencia constante sobre el presente, se ancla al mismo tiempo una creencia deficitaria de la vida y, por tanto, la probable conclusión de que la existencia no haya sido plena.  Un deseo perentorio por multiplicar el presente desemboca en una insatisfacción del pasado.

Olvidamos que presente significa regalo.  Los regalos se disfrutan, se saborean y aprecian. Vivir intensamente obliga a parar el reloj, a no pensar en otra cosa más que en lo que se está experimentando.  El tiempo es el que es.  Lo único que está en nuestra mano es decidir cómo queremos disfrutarlo.  Tiempo de calidad, no cantidad de tiempo.

Fijémonos en los niños: cuando son pequeños y juegan con algo lo hacen sólo con eso. De acuerdo, la aparición de un nuevo estímulo los puede hacer abandonar lo que tienen entre manos y dirigirse a otro asunto con suma facilidad.  Pero es debido a la curiosidad. Su percepción del tiempo es inexistente.  Su presente es absoluto y a él se entregan con los cinco sentidos.

En el ámbito profesional las consecuencias sobre este concepto, a partir de nuestras decisiones, son trascendentales porque no podemos cambiar cada dos meses de ocupación. Publiqué hace ya muchos años un libro titulado El vendedor de tiempo (1).  El protagonista envasaba minutos en frasquitos y los ponía a la venta.  La gente se volvía loca y se echaba a la calle a comprar.  En realidad, el tiempo que adquirían era suyo pues era el mismo que iban a vivir, pero el desembolso con dinero propio les daba libertad para emplearlo en otras cosas.  Las decisiones profesionales son ventas de espacio que nos pertenece y con el que negociamos, pero no en frasquitos, sino en grandes contenedores.  Nos comprometemos cada vez que firmamos un contrato, asumimos un encargo, proyecto, función o tarea.

Por eso hemos de ser exigentes.  Las transacciones de tiempo propio, personal o profesional, son el principal causante de llegar al final de nuestras vidas y pensar que deberíamos haber vivido de otro modo.  Para evitarlo, es bueno preguntarse a menudo a sí mismo:  “Qué haría yo si no tuviese miedo?  ¿Qué haría yo si supiera decir no?”.

(1)  Fernando Trías de Bes, El vendedor de tiempo:  una sátira sobre el sistema económico, Ed. Empresa Activa, Barcelona, 2005, 144 págs.

____________________

Sonría, por favor

sonrisa

–  Patricia Ramírez

¡No tienes gracia!.  Es muy frecuente escuchar esta frase entre parejas, padres e hijos, amigos y compañeros de trabajo.  Se dice a modo de reproche a quien cree haber dicho algo en broma o con una doble intención y no consigue que el otro le pille el punto.  Lo cierto es que nadie piensa que tenga poca gracia porque su pareja no se haya reído con su chiste.  Duda y cuestiona el humor del otro, no el suyo.

¿Por qué nos suele afectar que nos acusen de no tener sentido del humor?  Porque asociamos características positivas a las personas graciosas, y no provocar una carcajada significa no tener esas virtudes que valoramos en los demás.

Las personas con sentido del humor nos parecen verdaderos genios:  Quino, Groucho Marx, Charles Chaplin o Woody Allen.  En general, aquellos que se ríen más consiguen ser más felices y tienen mayores índices de bienestar y satisfacción personal.  Son muchos los beneficios de tomarse la vida con ganas de reír.  Veamos:

–  La risa libera endorfinas, nuestra droga natural de la felicidad.

–  Es una respuesta a la ansiedad ya que relaja la musculatura.  ¿Recuerda lo a gusto que se queda cada vez que se echa una carcajada?

–  El humor y la risa relativizan.  Con ello nos enfrentamos a los problemas con menos miedo, mayor creatividad y con un estado emocional que permite buscar soluciones.

–  Reduce los niveles de dolor.  Después de una sesión de  risoterapia  muchos aseguran sentir alivio en su dolor crónico.

–  Favorece las relaciones de pareja.  Uno de los mayores atractivos a la hora de buscar a nuestra media naranja es el valor que le damos a que nos saquen una sonrisa.

Los estudios de Martin Seligman y Christopher Peterson, pioneros de la psicología positiva -definida como el estudio de las emociones, los estados y las instituciones positivas- determinan que el humor es una de las principales fortalezas de nuestra especie.  Es un estado anímico que hace referencia a cómo nos sentimos en general y depende de muchos factores. Si atraviesa una situación de duelo, seguro que está de menos humor que si acaba de tocarle la lotería, momento en el que se reiría de todo. Cuando decimos que una persona está de buen humor, interpretamos que si hubiera que pedirle un aumento de sueldo o comunicarle una mala noticia, este estado facilitaría la situación.

Pero tratemos de reducir en este artículo el concepto de humor -tal y como la psicología positiva y Seligman lo definen- a la capacidad de una persona de experimentar la carcajada.  La risa es la reacción a un acto placentero que se manifiesta verbal y no verbalmente.  Nos reímos cuando nos sentimos bien y con ello desencadenamos dopamina, un neurotransmisor relacionado con los estados placenteros.  El humor es lo que causa la risa:  chistes, bromas, despistes, juegos, meteduras de pata, inocentadas, todo aquello de lo que en general nos reímos y que no todos compartimos.

Hablamos de distintos sentidos del humor y de tenerlo o no.  Pero poseer esta cualidad no es un todo o nada.  Richard Wiseman, investigador británico y miembro de la Universidad inglesa de Hertfordshire, ha dedicado mucho tiempo a estudiar este estado anímico.  De hecho, Wiseman lideró el proyecto  Laughlab  (conocido como “el laboratorio de la risa”), una investigación sobre la risa y el humor.  El británico trató de analizar si los hombres y mujeres nos reímos de las mismas cosas, si mantenemos el sentido del humor a medida que cambian nuestras circunstancias y si la jovialidad difiere según las culturas.

Por ejemplo, en la tradición mística oriental, se entiende el humor como parte de la madurez.  De hecho, líderes como Mahatma Gandhi o el actual Dalái Lama incluso se reían de circunstancias que para otros pudieran parecer trágicas.

Durante su investigación, Wiseman descubrió que cuanto más superior te hace sentir un chiste, más carcajada provoca.  También nos reímos de aquello que nos causa ansiedad, como ya adelantó Sigmund Freud.  Nos reímos de la muerte, de los miedos y de lo absurdo.

A lo largo de la historia, filósofos, médicos, psicólogos, psiquiatras y todo tipo de científicos han tenido curiosidad por el humor; desde Platón, pasando por Aristóteles, hasta Freud, que lo consideraba una válvula de escape para expresar represiones y poder manejar emociones como la ansiedad y el miedo.  Todavía hay mucho que investigar para tener datos fiables de los beneficios que produce la risa, pero hasta ahora nadie se queja de que le siente mal.

Datos como los obtenidos en el estudio Humor, realizado por H.M. Lefcourt y publicados en el libro Handbook of Positive Psychology, ponen de manifiesto que las personas que gestionan el estrés a través del humor fortalecen su sistema inmunológico, tienen un 40 por ciento menos de probabilidad de sufrir un ataque al corazón y viven cuatro años y medio más que la mayoría.

A pesar de que no siempre compartimos el mismo sentido del humor, sí existe una línea que no deberíamos cruzar.  ¿Cuáles son esos límites?  Algo deja de tener gracia cuando sólo se ríe uno o una parte muy pequeña del grupo.  Normalmente estas bromas van asociadas a la burla y a la humillación.  Tampoco es gracioso reírse de  temas que sean sensibles.  Hacer chistes machistas delante de una víctima del maltrato seguro que no tiene ninguna gracia.  Así que evite la humillación y sea prudente.  Busque ser gracioso y reírse con la gente, no de la gente.

Por otro lado, todos queremos ser felices y para ello buscamos circunstancias, actividades y personas que nos potencien ese estado.  Ser un “avinagrado” es algo que nadie desea, pero tampoco quiere casarse con alguien así, ni tener amigos ni compañeros que le entristezcan.  Es más fácil acercarse a una persona que sonríe que al que está con cara de pocos amigos. Los que ven el lado gracioso de la vida también dan la sensación de tener más control.  Son ellos los que deciden el valor de los problemas y no dejan que estos les absorban.

Si se ha convencido del valor del humor y desea entrenar su capacidad de provocar una carcajada, siga estos consejos:

–  Sea usted mismo.  Hay personas que son graciosas por su tono de voz, por cómo gesticulan, por lo rápido que hablan, por su agilidad mental, etc.   No imite.

–  Utilice juegos de palabras o chistes cortos.

–  Sonría.

–  Ser oportuno es gracioso.  Hay bromas a destiempo que están fuera de lugar.  Y tenga en cuenta con quién se está relacionando:  no son lo mismo las bromas en el trabajo, en la familia o ante un auditorio.

–  No se tome usted mismo muy en serio, y tenga en cuenta que las incongruencias también hacen mucha gracia.

Con el paso de los años tendemos a trivializar todo y a reírnos de lo que nos pareció un drama.  Así que, ¿por qué esperar a que pase el tiempo?  El momento de reírse es ahora.

____________________

La vida es más que una lista de tareas

 Gabriel García de Oro

Vivimos inmersos en la sociedad del rendimiento y la hiperactividad.  ¿Resultado? Ansiedad.  Debemos distinguir entre lo importante, lo urgente y lo eliminable.

Empecemos por un cuento.  El de La Cenicienta.  Pero no nos fijaremos ni en el zapato de cristal, ni en la calabaza que se convierte en carruaje, ni en el príncipe azul. Vamos a poner nuestra atención en la cantidad de tareas que debe hacer Cenicienta antes de ir al baile.  Fregar, limpiar, planchar, ordenar, cocinar y volver a fregar, limpiar, ordenar… Lógicamente, cuando llega la hora de ir al baile, que es lo que realmente le hace ilusión y lo que de verdad cambiará su vida, está tan cansada que necesita la mágica ayuda del Hada Madrina para conseguirlo.  Sin ella, Cenicienta se hubiera quedado en casa, cansada y pensando con ansiedad en todo lo que aún le queda por hacer y en todo aquello para lo que no tendrá tiempo.

Pues bien, nosotros no somos muy diferentes a ella.  Antes de poder asistir a nuestros bailes, es decir, a aquello que realmente nos hace ilusión, nos motiva y quién sabe si también puede cambiar nuestras vidas, nos vemos inmersos en un sinfín de quehaceres: la casa perfectamente ordenada, la lavadora tendida, el niño apuntado a cuatro actividades extraescolares;  hay que ser, por supuesto, tremendamente productivos en nuestros trabajos, excelentes e imaginativos amantes con una vida social rica, activa y variada… y tener actualizado Facebook.  ¡Ah!, y sería bueno comer cinco piezas de fruta al día,  y correr diez kilómetros (6 millas aprox.), y no tener ojeras y… Hacer, hacer y hacer.  Al final de nuestro cuento, lo que sucede es que el baile siempre queda relegado a mañana, a “cuando acabe esto…”.  Y así pasan los días.

Como mínimo, Cenicienta tiene una excusa, o dos.  Las malvadas hermanastras la obligan y la maltratan.  Una fuerza externa la presiona, somete y explota.  Pero hoy las hermanastras somos nosotros mismos.  Byung-Chul Han, en su célebre libro La sociedad del cansancio (1), nos advierte de que vivimos en una sociedad de gimnasios, torres de oficinas, bancos, aviones y laboratorios genéticos.  Es decir, en la sociedad del rendimiento, del multitasking (multitarea).  Y una de las características de esta sociedad es que el individuo se autoexplota con la coartada de la obligación.  Tenemos a las hermanastras dentro, diciéndonos todo aquello que debemos hacer en una continua y excéntrica carrera en espiral.  Porque hoy el único pecado es no hacer nada.  Hasta los momentos de ocio, o los períodos de vacaciones, se han convertido en un conjunto inagotable de tareas que nos dejan más cansados que cuando empezamos.

Además, como señala el filósofo surcoreano (residente en Alemania), al no haber un explotador externo al que podamos enfrentarnos y oponernos con un rotundo ¡no!, la lucha resulta más complicada.  Sin embargo, también es verdad que basta con querer para vencer a las dos hermanastras que nos tiranizan y desatar la magia del Hada Madrina que todos llevamos dentro.

Admitamos pues que nos rodea el afán de productividad, que quien más quien menos se deja seducir por esas insoportables apps que nos alertan de todo aquello que nos queda por hacer.  O por las libretas preparadas para que podamos hacer listas que cumplir.  O por libros que nos explican cómo hacerlo todo, cómo llegar a todas partes y que el tiempo nos cunda más.  Pero llega el momento de abandonar esa locura, porque en el fondo, y paradójicamente, no hay nada menos productivo que el afán de productividad.

Byung-Chul Han asegura que el multitasking nos conduce a un estado de atención superficial y debemos tener en cuenta que los logros de la humanidad se deben a una atención profunda y contemplativa.  Así, también nuestros logros dependen de saber poner el foco y la atención en aquellas cosas importantes, en los bailes que merecen la pena.  Y para ello vamos a atacar al enemigo con sus propias armas y confeccionar una lista, pero inteligente, que nos sirva a nosotros y no que acabemos nosotros sirviéndola a ella.

¿Cómo?

El baile en primer lugar.  Hay que darle vuelta a la lista.  No dejar el baile para “cuando acabe todo esto”.  Ocuparnos primero de lo fundamental, de nosotros mismos. Empezar el día dedicándonos a aquello que sabemos que nos hará bien.  Imaginemos que una persona tiene que escribir un artículo y antes de empezar, sin embargo, lee los e-mails pendientes, atiende a las alertas de las redes sociales y contesta a un par de whatsapps. ¿Resultado?  Cansancio antes de empezar.  Cenicienta bien puede ir al baile y dejar esas otras cosas que requieren menos brillantez para después.

Bien, ¿y qué hacemos con todo lo demás?  Porque está claro que hay cosas que no podemos simplemente dejarlas de lado.  ¿Cómo hacer entonces?  Ayudará dividir el registro de tareas en tres grandes grupos.

Cosas que afrontar.  Lo que tengamos que hacer, hagámoslo.  Una vez hayamos ido al baile, no dejemos que esas otras cosas que volverán a aparecer tarde o temprano revoloteen por nuestra cabeza.  Por ejemplo, una llamada incómoda que vamos postergando. ¡Son tres minutos!  Pero si seguimos retrasándola, en lugar de 180 segundos llegará a durar seis meses en nuestra cabeza.

Cosas que organizar.  No hace falta que carguemos con todo.  Podemos delegar, pedir ayuda, repartir tareas, conseguir que ciertas cosas se realicen sin que recaigan en nosotros.

Cosas que no hacer.  Seguro que en esta lista hay muchos elementos que realmente no son necesarios.  Que se pueden eliminar directamente y, de esta manera, liberar espacio. Cada uno debe decidir cuáles.  Pero es importante que nos demos cuenta de que en este punto radica la primera gran victoria personal para olvidarnos de la vorágine de la hiperactividad sin sentido.  Renunciar a todo aquello que ni nos aporta, ni es estrictamente necesario.  Saber qué es lo que no hay que realizar es tan importante como ponerse manos a la obra con aquello que sí lo es.

Una vez que hemos conseguido dejar de correr en esa espiral del día a día fruto de esta sociedad de la multitarea, es el momento de empezar a bailar.  Y lo más importante es descubrir cuál es nuestra música.  Qué nos hace felices. Qué es lo que realmente nos importa.  Sir Ken Robinson lo llama “el elemento”, y nos asegura que “descubrir el elemento es recuperar capacidades sorprendentes en nuestro interior, y desarrollarlo dará un giro radical no sólo al entorno laboral, sino también a las relaciones y, en definitiva, a la vida”.  La buena noticia es que todos estamos invitados a un baile en el que seremos los protagonistas.

Algunos lo conocen y ya solamente deberán mantener a raya a las dos hermanastras.   Otros, por el contrario, aún no lo han  descubierto y deberán mirar en su interior, porque allí está, esperando a que lo saquen a bailar.  Si la respuesta a las tres preguntas que figuran a continuación es afirmativa, es que ya lo hemos encontrado.

–  ¿Tenemos ganas de bailar?  Si no nos da pereza, si siempre que pensamos en ello nos crece un hormigueo, si cuando estamos desarrollando esa actividad, aunque no sea todas las veces que quisiéramos, lo afrontamos con ganas y dedicaciòn. Si la contestación es sí, atentos porque puede ser que este sea nuestro “elemento”. El baile que nos está esperando.

–  ¿Se detiene el tiempo?  A pesar de las advertencias del Hada Madrina, Cenicienta está tan encantada en el baile que pierde la percepción del tiempo.  Le dan las doce de la noche sin que se dé cuenta.  Sólo las campanadas del reloj la pueden sacar del estado de flow el que ha caído, el verdadero hechizo cotidiano, y que se caracteriza porque enfocamos nuestra energía y sentimos una implicación total en la tarea, tal como lo definió Mihály Csíkszentmihályi en 1975.  Si aquí la respuesta es que , seguro que ese es el baile que andamos buscando.

–  ¿Se activará la magia?  La magia no es otra cosa que la pasión.  Y la pasión es el motor de la grandeza, la autorrealización y la maestría.  Si descubrimos aquello que nos apasiona, seremos capaces de focalizar nuestra energía en ello y descubrir que Platón (427 a.C-347 a.C) estaba en lo cierto cuando afirmaba que “todas las cosas serán producidas en superior cantidad y calidad y con mayor facilidad, cuando cada hombre trabaje en una sola ocupación, de acuerdo con sus dones naturales, y en el momento adecuado, sin inmiscuirse en nada más”.

(1)  Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio (Editorial Herder, Barcelona (2012), 80 páginas.

____________________

Sonríe y habla

smile.1

–  Edurne Uriarte

Me encantó un piropo que recibí hace unos días. Y no porque me hiciera sentir más guapa o bella, no tenía que ver con eso, sino porque me hizo sentir mejor, más positiva y cercana a los demás. Me lo dijo un empleado de seguridad de un aeropuerto cuando pitó el detector a mi paso: “Es que lo tengo programado para que pite cuando pasan las mujeres guapas o bellas”. Y sé que lo dijo como respuesta a la amplia sonrisa con la que me asombré del pitido tras haberme despojado de casi todo lo que llevaba encima.

Una sonrisa por otra sonrisa. 

Una respuesta agradable a una actitud simpática. Hace todavía no mucho tiempo, seguramente me habría irritado, habría mirado con impaciencia al detector y a aquel chico, hasta me habría puesto a perorar sobre los controles absurdos, y él me habría devuelto una mirada de cansancio por tener que trabajar con gente impaciente y desagradable. Y, sin embargo, una sonrisa cambia a los demás y, aún más, te cambia a ti. No solo me sé la teoría, sino que creo firmemente en ella, pero me cuesta aplicarla, sumida como estoy buena parte del tiempo en cavilaciones o en el estrés profesional. 

Estoy por incluir el propósito de la sonrisa en los consejos sobre la filosofía de la Cábala que me han dado mis amigas argentinas. Ellas, como buenas argentinas que son, tienen, por supuesto, su psicólogo de cabecera, pero, además, se lo saben todo sobre prácticas de equilibrio emocional y felicidad. Y me recomiendan uno de los consejos de la Cábala: expresar confianza en el logro de los propósitos más deseados cada mañana antes de poner el pie en el suelo. Aprender a sonreír puede ser uno. 

Porque lo que sí practico abundantemente es la segunda receta del equilibrio emocional: hablar mucho. Y desde antes de haber leído al psiquiatra Luis Rojas Marcos y su idea de que “la mujer española vive mucho porque habla mucho”. Lo dice para explicar que sea la tercera más longeva del mundo, porque cree firmemente -yo también-, en la influencia del cerebro, de las emociones, en la fortaleza física. Y es que, dice Rojas Marcos, hablar es muy sano porque relaja la tensión emocional, te conecta a los demás y mejora tu capacidad para enfrentarte a malos momentos. 

Una pena que no podamos contar demasiado con los hombres para esta práctica. Porque un científico británico ha demostrado que es verdad esa sospecha de que no nos escuchan a partir de cierto momento. Pero hay una explicación biológica: la voz femenina agota sus cerebros. Una amiga y yo enviamos el recorte de prensa sobre tal investigación a dos hombres, pensando que se reirían. Pero no, se lo tomaron completamente en serio.

Por fin, la ciencia había entendido lo que les pasaba. No contemos con ellos para llegar a la longevidad a través de la conversación. De esto tendremos que ocuparnos solas.

____________________

El desafío educativo de los padres (y abuelos)

educa.1

–  Ángela Adánez

Lo raro sería estar siempre de acuerdo, y que uno terminara la frase del otro, como si papá o mamá (o el abuelo y la abuela) fueran un ser de dos cabezas con un solo cerebro compartido.  El problema es que es ser de dos cabezas a veces se convierte en un monstruo cuando hay que decidir en cuestiones de educación.  Los hijos avivan, a menudo, nuestro afán batallador e intransigente, porque son parte de nosotros, quizás el reflejo de lo que quisimos ser y no hemos podido.  Resulta difícil renunciar a las ideas y a los planes que hemos ido haciendo sobre su futuro, con la ingenua convicción de que nuestro cónyuge lo veía con la misma claridad que nosotros.

Evidentemente no es posible que dos personas piensen lo mismo, pero es esencial mostrarse de acuerdo ante los hijos.  Ninguna decisión alcanzará su objetivo si cada uno dice una cosa cuando nuestros vástagos intentan saltarse las reglas.

Si en algo son hábiles los niños, desde pequeños, es en detectar las grietas en el muro formado por papá y mamá, y en hacer chantaje en consecuencia.  Te mostramos a continuación tres reglas de oro para entenderse en cuestiones de educación sin renunciar a las propias convicciones.

[ Regla Nº 1 ]  –  Arreglar cuentas con nuestra propia educación 

Funcionamos según la educación que hemos recibido, ya sea identificándonos con su modelo o rechazándolo de plano.  “Detrás de cosas aparentemente triviales como la elección del segundo idioma o la asignación de tareas domésticas hay toda una serie de valores y de patrones educativos”, explica la psicóloga Natalia Isoré, psicóloga clínica y terapeuta familiar.  “Entra en juego, inconscientemente, la elección de si vamos a reproducir la herencia recibida o vamos a hacer todo lo contrario, algo que implica estar o no de acuerdo con nosotros mismos”, añade la especialista Caroline Kruse, experta en terapia de pareja, y autora del libro Como seguir hablándose, amándose y deseándose (Editorial Marabout).  En su opinión, se trata de “enfrentarse con la propia infancia.  ¡Y eso multiplicado por dos, puesto que el cónyuge se enfrenta a los mismos ajustes de cuentas por su lado!  En realidad, en una pareja siempre hay seis miembros: el matrimonio y sus respectivos padres”.

Uno de los conflictos más usuales es el de la autoridad:  demasiado laxa o demasiado estricta.  “El exceso de permisividad quizá tiene que ver con un padre demasiado rígido o una infancia sin límites claros.  Si un progenitor opta por estar casi siempre ausente, esa actitud pude estar relacionada con la ausencia del propio padre”, explica Natalia Isoré.  Lo cierto es que, cuando nos unimos a una persona, en su equipaje también viene toda su historia familiar.  Y hay que aceptarla.  

[ Regla Nº 2 ]  –  Saber qué nos jugamos como pareja

Es lógico agarrarse al propio punto de vista, sobre todo si estamos discutiendo cosas que influirán en el bienestar y el futuro de nuestros hijos.  Pero las divergencias muy acusadas esconden, a veces, otros conflictos de pareja.  Quizás ocurre que hay una parte que siempre impone sus puntos de vista y otra que siempre cede.  En el fondo, lo que hay que preguntarse es por qué tiene tanta importancia para nosotros esa decisión.  Es posible que sea una manera de desplazar a otro campo un problema latente entre nosotros.

“Es más fácil reprocharle a la pareja sus puntos de vista educativos que su interés por nosotros. Por ejemplo, decir: estoy enfadada por que cedes a los caprichos de María”, que “estoy furiosa porque casi no tenemos intimidad” afirma la psicóloga francesa Caroline Kruse, indicándonos que “en una pareja que está en una situación de ruptura virtual, los conflictos y preocupaciones por la educación de los hijos son una manera de conservar un vínculo que de otra manera se rompería;  si no somos capaces de afrontar esa ruptura, el conflicto es una forma de hacer perdurar la relación”, añade.

[ Regla Nº 3 ]  –  Frente a los niños, siempre en equipo

Debemos conversar con tranquilidad sobre lo que no estamos de acuerdo, sin los niños delante; y, si hay algún asunto que pueda ser espinoso, darles una respuesta del tipo:  “Tengo que hablarlo con papá, a ver lo que opina él”.  Por supuesto, nunca hay que desacreditar la opinión del otro:  un niño necesita conservar la imagen de sus padres como autoridad y guía, no como un espectáculo de discusiones.  De lo contrario, se sentirá inseguro y, sobre todo, sacará partido de la situación para salirse con la suya.

“Hemos pasado de una educación basada en el poder absoluto del padre a otra que descansa sobre una autoridad compartida”, señala la psicóloga Natalia Isoré, y a modo de conclusión comenta que “la felicidad de los niños depende, en gran parte, de cómo gestionamos nuestra propia angustia, y de que seamos capaces de ponernos de acuerdo, sin eliminar nuestras diferencias”.

____________________

“Selfies”, la búsqueda del reconocimiento público

velazquez.selfie

–  Isabel Menéndez

Los “selfies”  forman parte actualmente de nuestra vida social.  Esta autofoto es un espejo donde el autor se mira.  Pero, entre la imagen del espejo y la que tenemos de nosotros mismos siempre hay diferencias.  ¿Qué vemos cuando nos miramos en estas imágenes?  ¿Quién podría certificar que lo que allí encontramos es lo mismo que creemos ser?  Más allá de esa impresión somos seres llenos de deseos, carencias y limitaciones, y hasta que no reconocemos todos esos factores no podemos compartir con los demás.

Las autofotos en las redes sociales están encaminadas a construir un “yo” nuevo y mejorado.  En ellas, esencialmente, se muestran situaciones en las que el protagonista lo pasa bien.  Nadie enseña situaciones desagradables, por lo que el “yo” puede acabar convirtiéndose en una construcción vacía de contenido.  Con los “selfies” se puede llegar a editar una existencia ficticia, en la que su autor crea un “yo falso” construido de acuerdo a sus deseos, no a la realidad.

El fotógrafo japonés Keisuke Jinushi se tomó varios “selfies” que colgó en Instagram en los que se veía a una mujer dándole de comer (1).  Pero era un montaje.  No había nadie cuidándole amorosamente, sino que él mismo se había pintado las uñas con esmalte y se las había ingeniado para que pareciera que estaba acompañado porque estaba harto de verse rodeado de parejas.

Todos queremos y necesitamos la aceptación social.  Otra cuestión es que esa necesidad nos lleve a mentir y a negar lo que nos hace más humanos:  las limitaciones y la palabra. Una palabra que cada día está más devaluada a favor de la imagen que favorece un narcisismo, y que puede llegar a convertirse en patológico cuando ahoga al “yo” ensimismado en su reflejo y niega las limitaciones propias y ajenas.

Con frecuencia sucede que cuanto peor sea el momento por el que se está pasando, más fotos se cuelgan figurando que estamos pasándolo bien.  Como dice el refrán:  “dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”.

El psicoanalista argentino Juan Eduardo Tesone señala que “los  selfies  son una muestra más del auge que están adquiriendo las imágenes y el mundo virtual; una virtualidad que nos brinda una ilusión de control.  A través de estas autofotos se solicita la mirada del otro buscando un reconocimiento y una afirmación de la identidad.  El “pienso luego existo” ha sido sustituido por el “miro y soy mirado, por lo tanto existo”.

Tesone afirma que, con esa publicación de los autorretratos en la Red, se intenta recubrir el vacío que puede generar el temor al anonimato, a no existir para el otro.  Así se intenta confirmar la propia identidad.

Los “selfies” son escenas cotidianas de todo tipo.  Con esta biografía digital se pone al descubierto la intimidad.  Todo se exhibe y aparece el ahogo del espacio íntimo y quizás de la identidad.  La fantasía, la intimidad, pierden espacio ante lo explícito, lo inmediato. La compulsión a enviar y ver  “selfies”  no tiene que ver con ser hombre o mujer, sino con poseer una personalidad frágil que necesita un reconocimiento público.

*  *  *

(1)  Pueden verse esta serie de fotos en Internet en la dirección http://blog.instagram.com/post/58178769416/getting-the-perfect-couple-photo-even-when

Imagen supra:  Caricatura del dibujante Ángel Idígoras, humorista gráfico.

____________________

Isabel Menéndez, psicóloga y psicoanalista española, alterna la práctica de la psicología clínica con la divulgación de los grandes temas relacionados con el psicoanálisis.  Para más información sobre la autora véase en Internet  http://www.isabelmenendez.es

____________________

Aceptar las cosas como son

people.1

–  Francesc Miralles

Una de las fuentes de sufrimiento más comunes en el ser humano es el deseo de que las cosas sean distintas a como realmente son.  Cuando un país pasa por una grave crisis, la población mira atrás y desea que todo fuera como antes, un antes que en su momento no se valoraba porque parecía aburrido o bien había otras aspiraciones.

Lo mismo sucede con las relaciones interpersonales.  Quien tiene por pareja a alguien silencioso desearía un carácter dicharachero, y este último pondrá de los nervios a quien convive con él un día tras otro.  ¿Por qué anhelamos siempre lo que no tenemos?

Nuestra forma de vida está tan basada en el cambio y el progreso, que a menudo valoramos negativamente la estabilidad sin saber cuál sería la alternativa.

La insatisfacción es lo que permite el progreso de la ciencia, las artes y todo lo que tiene que ver con la sociedad, pero cuando se vuelve crónica en nuestro día a día deja de ser un estímulo para teñir de negatividad nuestra vida.

Hay personas que, instaladas en la queja y la amargura, molestan a los demás -y a sí mismos- de forma totalmente estéril porque de nada sirve señalar lo que no funciona sin ofrecer soluciones.

Madame Bovary dio nombre a lo que el filósofo Jules de Gaultier denominaría “bovarismo”.  Se trata de un estado de insatisfacción permanente a causa del desnivel entre las propias ilusiones y la realidad.  Sin abogar tampoco por el conformismo, si nuestras aspiraciones se hallan siempre a gran distancia de lo que tenemos, jamás alcanzaremos la serenidad.  Como el burro que persigue la zanahoria, podemos pasar la vida entera esperando “algo mejor” para descubrir al final que ya lo teníamos y no habíamos sabido verlo.

Los manuales de psicología han puesto de moda el verbo procrastinar, que significa postergar aquello que deberíamos hacer hoy.  Un aplazamiento que también se produce en un nivel existencial.  Muchas personas postergan la felicidad hasta que cambie la situación que están viviendo.  Se convencen de que cuando encuentren un trabajo mejor o la pareja ideal, por poner dos ejemplos, se darán permiso para disfrutar de la vida.  Sin embargo, este planteamiento tiene un fallo de origen, y es que nada resulta como esperábamos una vez que lo conseguimos.

Lo que ocurre es que muchas personas, cuando llega el momento tan largamente esperado o deseado sufren una desilusión;  entonces fijamos nuevos objetivos esperando que una vez alcanzados llegue, esta vez sí, el premio definitivo.  Sin embargo, esto no acostumbra a suceder, ya que más que insatisfacciones existen las personas insatisfechas.

Del mismo modo que nos resulta difícil aceptar las cosas como son, también nos cuesta aceptar a los demás, ya que su forma de pensar y reaccionar nunca coincidirá con nuestras expectativas.

Al hacer un favor a un vecino, nos duele si no obtenemos el mismo trato por su parte cuando lo necesitamos.  En el ámbito laboral, a menudo consideramos que los compañeros no cumplen con sus tareas, y el jefe o la jefa es un ser inútil que está dinamitando la empresa.

En esta clase de pensamientos está el punto de partida de la mayoría de conflictos interpersonales.  Al esperar que los demás se comporten de determinada forma les estamos negando el derecho a su identidad.  Además, al enfadarnos por estas diferencias obviamos algo muy importante:  ser o actuar de modo distinto a nosotros no tiene por qué ser negativo

Afortunadamente, cada persona tiene una combinación única de defectos y virtudes. Podemos aceptar su singularidad y sacar partido de las cosas buenas que nos ofrece, o bien, enrocarnos y señalar al otro como enemigo.

En 2002, Byron Katie publicó un libro orientado a acabar con la insatisfacción personal: Loving What Is.  Basado en aceptar y reconocer el valor de lo que configura nuestro entorno, no se trata de resignarse a lo que hay, sino de amar nuestras circunstancias para mejorar desde ese punto de partida.

Esta autora norteamericana sostiene que “la realidad es siempre más amable que las historias que contamos sobre ella”, y que cualquier enfado que tengamos con los demás es, en el fondo, algo de nosotros mismos que nos molesta.  Por eso mismo desearíamos cambiarlos, porque es más fácil exigir la transformación del otro que la de uno mismo.

Convencida de que “lo que provoca nuestro sufrimiento no es el problema, sino lo que pensamos sobre el mismo”, en su best seller propone que la persona insatisfecha se entregue al “trabajo”, que empieza con las siguientes dos fases.

1.  Plasmar en un papel lo que no nos gusta.  Elegir una situación o una persona que nos desagrada y especificamos quién o qué provoca nuestra tristeza, qué es lo que no nos gusta y cómo debería ser para que estuviéramos satisfechos.   2.  Indagar en el problema a través de estas cuatro preguntas:  a) ¿Es eso verdad?   b) ¿Tienes la absoluta certeza de que eso es verdad?   c)  ¿Cómo reaccionas al tener este pensamiento?   d) ¿Quién serías sin él?

Byron Katie sostiene que ante un pensamiento negativo solo tenemos dos opciones:  o nos apegarnos a él o indagamos para comprenderlo.  Esa última actitud y una relación constructiva con nuestro entorno nos llevarán a un plano superior.

Una anécdota que se menciona en los talleres de superación personal tiene como protagonista a un violinista que en pleno concierto en Nueva York vio cómo se rompía una de las cuatro cuerdas de su violín.  En lugar de detenerse, decidió adaptar la melodía a las otras tres cuerdas, algo realmente difícil con este instrumento.  Cuando le preguntaron por qué había elegido esa opción, respondió:  “Hay momentos en los que la tarea del artista es saber cuánto puede llegar a hacer con lo que le queda”.

Sin duda, la realidad nos pone a prueba y a menudo estamos expuestos a circunstancias indeseadas.  La cuerda rota del violinista tiene su equivalente, en la vida cotidiana, en situaciones con mucho menos público, pero más dolorosas.  En lugar de lamentar nuestra suerte, podemos preguntarnos qué es lo que nos queda y qué podemos hacer para restablecer el equilibrio en nuestra vida.

Para que vuelva a sonar la música, no obstante, es necesario aceptar las cosas como nos ha tocado vivirlas, ya que son un reto y un aprendizaje.  Al mismo tiempo, en lugar de buscar culpables, debemos aceptar a los demás y no fijarnos en su cuerda rota, sino en las otras tres que siguen tocando.

El escritor Eduard Punset nos ha dejado una reflexión:  “Hay vida antes de la muerte; disfrútala”.

____________________

La oportunidad de detener el tiempo

Estrellas

–  Susanna Tamaro

Este año 2013 el otoño ha sido llevadero.  Aún a mediados de noviembre, recolectaba calabacines y no había encendido la estufa.  Por eso, la llegada de la época navideña ha sido una sorpresa.  “¿Cómo? Ya están los dulces y los adornos”, pensaba un día, pasando ante las tiendas.  Luego vino el frío, repentino y extremo, como ocurre estos últimos años; y así, además de cambiar rápidamente de estación, supe que la Navidad estaba al llegar.

Hace unos años, en unas vacaciones en la montaña, recogí el esqueje de un abeto.  Cuando se lo enseñé a las muchachas que viven conmigo medía unos cinco centímetros (2 pulgadas).  “¿Qué es?”, preguntaron.  “Es  -respondí- o, mejor dicho, será algún día nuestro árbol de Navidad”.

Ahora tiene seis años y mide 40 centímetros (15.6 pulgadas).  Lo hemos metido en casa y adornado con unos pocos motivos ligeros, ya que sus ramas aún no soportan mucho peso.  Pero es nuestro árbol y lo queremos mucho, aunque sea pequeño.  “¿Cuándo se hará grande del todo?”, me preguntaron, como si yo tuviera una bola de cristal.  “Es muy probable que cuando yo ya no esté aquí -les contesté-.  Vosotras celebrareis la Navidad con vuestros hijos y yo os veré desde el cielo.  A vosotras y al árbol que plantamos juntas”.

Me parece que el aumento vertiginoso de los trastornos psicológicos en los niños tiene que ver con haber perdido el sentido profundo del paso del tiempo.  El tiempo que nos deja el monstruo de esta sociedad derrochadora es sólo el del consumo, un tiempo iluminado por luces frías y grises de neón, y acompañado por las machaconas musiquillas de fondo.  Dicho tiempo, que todo lo iguala (cada día se parece al anterior y al siguiente; no hay un momento de reposo), esconde, tras la aparente normalidad, un germen de destrucción.

Entender la vida como consumo nos consume y consume, a la vez, las esperanzas de nuestros hijos.  El tiempo del ser humano subyace desde siempre tras el misterio de sombra de la muerte, de la fragilidad.  Dejar de comprender esto nos empuja a la angustia o el pánico.  Por eso es necesario volver a inculcar en los niños una profunda noción del tiempo, enseñarles que vivir según leyes consumistas hace que nos volvamos seres consumidos; en realidad, lo que nos hace humanos es el proceso de construcción de nosotros mismos.

Si. a lo largo de un año, logramos dejar en suspenso unos pocos momentos (por ejemplo, la época navideña, vivida en su realidad afectiva y no consumista), podremos dar a nuestros hijos -y nietos- una noción de equilibrio.

Algo que también pueden aprender plantando un árbol y esperando a que crezca, a sabiendas de que la persona que lo plantó con ellos ya no estará.  En su memoria, sin embargo, quedará el recuerdo de ese gesto de amor vivido en común.

____________________

Susanna Tamaro es una novelista italiana que publica, a su vez, artículos y entrevistas en diferentes medios de comunicación.  Recientemente recibió el “Dante d´Oro” honorífico de la Universidad Bocconi (Milán) por su trayectoria profesional.  Para más información sobre la autora véase en Internet http://www.susannatamaro.it

___________________