Una espera activa ante la incertidumbre

 –  Miriam Subirana

Cuando creemos que lo tenemos “todo controlado”, nos sentimos seguros y andamos con paso firme.  Vivimos procurando verificar que nuestros planes lleguen a buen puerto.  Cuando ocurre algo imprevisto, nos estresamos, irritamos o enojamos.  Lo imprevisto no estaba en nuestros planes y la duda se apodera de nosotros.  Vivir con incertidumbre significa no saber lo que provoca inquietud y ansiedad, incluso angustia.

Mantener objetivos y planificar cómo lograrlos es necesario para obtener lo que uno quiere.  Sin embargo, aunque pensemos lo que vamos a hacer, no podemos responder ante las circunstancias ni ante lo que harán los demás.  La realidad es que es imposible tenerlo todo siempre controlado.  Cuando la situación aparece como un obstáculo en nuestro camino, aferrarnos a nuestro plan original produce tensión porque queremos llegar sí o sí a cumplirlo.  Sin embargo, la nueva circunstancia quizá lo que pide es un cambio de rumbo, otra respuesta, o saber esperar.

Es como cuando el río sale de la cumbre de la montaña con el objetivo de desembocar en el mar.  En su camino se encuentra con piedras, montes y desniveles del terreno, y tiene que bordearlos o hacerse subterráneo para luego volver a la superficie, hasta que al fin llega a su destino.  Nosotros planificamos ir en línea recta hacia nuestro objetivo y cuando aparecen los desniveles nos emperramos en querer seguir recto.  Necesitamos flexibilidad y reconocer que quizá no merece la pena luchar para derribar el obstáculo;  eso nos desgastará y acabaremos agotados.  En cambio, si lo bordeamos y cogemos otro sendero, manteniendo la visión de nuestro objetivo, podremos disfrutar del recorrido y no nos dejaremos la piel en el camino.

Para lograrlo debemos recuperar la confianza en nuestros recursos internos, en nuestro conocimiento, nuestro talento, y en nuestra capacidad de superar lo que se presente.

Ante la incertidumbre, podemos batallar en contra de lo que ocurre, podemos resignarnos o bien aceptarlo.  Al luchar en contra, nos agotamos.  A lo que nos resistimos persiste.  Cuando se presenta ante nosotros lo que no habíamos previsto, podemos reaccionar rechazándolo, negándolo, empujando en contra, quejándonos y enojándonos.  Cuando vemos que ninguna de estas actitudes soluciona la situación, nos desesperamos e incluso podemos llegar a deprimirnos por la sensación de impotencia que se apodera de nosotros.  Todos nuestros intentos han fracasado y la situación de incertidumbre continúa. Otra opción es vivir sometidos a la realidad de lo que ocurre.  La resignación nos convierte en víctimas de las circunstancias y de las personas.  Nuestra voluntad queda en la sombra y nos permitimos ser marionetas de lo que va ocurriendo.

El modo más saludable de vivir la incertidumbre es aceptarla.  Eso significa que lo reconocemos, que nos damos cuenta de que quizás es duro y difícil.  Reconocemos lo que sentimos, que ahora no existen las respuestas o que quizá necesitamos ayuda.  La aceptación nos permite vivir sin angustiarnos con la duda de no saber.  Nos ayuda a esperar.

La espera abre a la puerta a la escucha y posibilita percibir qué pide de nosotros una determinada situación; encontrar la pregunta adecuada sin abandonarnos al impulso de forzar las situaciones. Con las preguntas creamos la realidad e influimos en las decisiones. Planteando interrogantes sabios podremos decidir con lucidez: ¿para qué estoy viviendo esto?,  ¿qué me está enseñando esta situación?, ¿qué puedo aprender de ella?, ¿qué sería lo más inteligente que puedo hacer aquí?, ¿para qué voy a intervenir?, ¿cuál es mi intención?

Si actuamos con la rigidez de que las cosas han de ser como habìamos previsto, empezamos a dar palos de ciego que no llevan a ninguna parte, o pueden incluso empeorar la situación.  Para conseguir salir del atolladero, necesitamos calmar la mente y dejar de pensar de forma atropellada.  Así surgirán ideas creativas y se aclararán las dudas.  Fortalecer la confianza y la actitud de “yo puedo”, en lugar de nublar la mente con sentimientos de “soy incapaz”.  En este paréntesis de espera podemos dejar que la vida fluya manteniendo el cuidado de uno mismo:  alimentarse bien, compartir con buenos amigos, hacer ejercicio y meditar. Alcanzamos la capacidad de vivir en armonía cuando nuestra acción se equilibra con la reflexiòn y se fortalece con el silencio.

Si vivimos la incertidumbre desde un espacio de confianza, iniciamos el camino hacia la soberanía personal.  No podemos ejercer un verdadero liderazgo sobre los demás ni sobre las circunstancias si no somos capaces de liderar nuestra propia mente, emociones y mundo interior.  Si queremos dormir y nuestras preocupaciones no nos dejan, si queremos hacer deporte pero no lo hacemos, si tenemos un cuerpo poco cuidado, si pensamos atropelladamente, esa falta de soberanìa personal y de cuidado nos impide responder con sabiduría ante los imprevistos.

Practicar la espera activa con atención plena.  Desde esa actitud evitamos que la situación nos hunda, más bien la observamos atentos y alerta.  Y acabaremos venciendo la inseguridad y actuando con todo el potencial interior: con la confianza en uno mismo y en los demás, con la intención de hacer lo mejor para todos.

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¿Por qué nos resultan tan atractivos los bebés?

–  Daniel Méndez

El mecanismo por el que el rostro de los bebés -y el de los cachorros de los animales-  acapara nuestra atención fue descrito hace décadas por el biólogo y etólogo de origen austriaco Konrand Lorenz (1903-1989):  kinderschema lo denominó.  O esquema del bebé:  una cabeza redondeada y grande con respecto al cuerpo, los ojos de gran tamaño, las mejillas redondeadas…  son algunos de los “ingredientes” que describió el científico, cuyo currículum no exhibe tan solo un Premio Nobel (1973) por sus descubrimientos, sino también una mucho más repudiable cercanía y colaboración con el régimen nazi.

Consciente o inconscientemente el esquema que describió Lorenz se ha empleado en ámbitos tan distintos como los dibujos animados / cartoons  (un curioso paper científico muestra cómo evolucionó el personaje de Mickey Mouse, redondeando paulatinamente sus formas para resultar más simpático y atractivo); o incluso en el diseño industrial:  BMW lo utilizó para diseñar los nuevos Minis.  No en vano se trata de un mecanismo que se activa no solo al contemplar a bebés humanos, sino a muchas otras crías del reino animal:  la misma proporción en las facciones se puede observar en gatos, leones, elefantes…

Recientes estudios dan un paso más allá:  no se trata tan solo de que los bebés nos entren por los ojos.  El olor y el tacto son tan importantes como la vista.  Su piel es suave y tiene un olor dulce irresistible.  “Los bebés nos atraen a través de todos los sentidos, lo que hace de su lindura [ los anglosajones escriben cuteness, derivado de cute (mono, lindo) ]  una de las fuerzas más básicas y potentes que definen nuestra conducta”, indica el Profesor Morten Kringelbach, del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Oxford.  “Desde un punto de vista evolutivo -afirma- se trata de un mecanismo de protección que asegura la supervivencia de unos bebés dependientes”.  Además, este mecanismo se produce tanto en hombres como en mujeres, tengan o no hijos propios.

Otros estudios han demostrado que los adultos tienen preferencia por los peques más guapos:  pasan más tiempo mirándolos o tienden a darles a ellos un juguete antes que a otro menos agraciado.  Más sorprendente si cabe resulta el hecho de que los bebés entre tres y seis meses prefieren observar el rostro de un adulto bello frente a otro menos guapo, según demostró la psicóloga Judith Langlois de la Universidad de Texas.

Y, sin embargo, a tan corta edad los bebés no podían estar influidos por criterios sociales o culturales todavía.  Se trata de otro mecanismo evolutivo:  la belleza puede ser sinónimo de salud.  El cerebro de nuestros antepasados se armó de detectores biológicos para seleccionar a la pareja que más probabilidades brindase de que se perpetuasen los propios genes.  De nuevo, la selección natural.

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La evolución de la humanidad

Pedro García Cuartango

No hay una fecha precisa sobre la aparición del Homo sapiens del cual descendemos, pero los científicos consideran que hay huesos de hace 300,000 años que se ajustan a nuestra morfología. Por el contrario, sí hay sólidos indicios de que el Homo neanderthalensis desapareció hace 30,000 años.

Todavía no sabemos por qué el Homo sapiens fue capaz de adaptarse al entorno y sobrevivir frente a otras ramas de la Humanidad, pero lo que llama la atención es la lentitud de la evolución. Nuestros antecesores tardaron más de un millón de años en llegar a utilizar las piedras como instrumentos de doble filo para cortar y desgarrar.

Los cuchillos de sílex y el dominio del fuego fueron los dos hallazgos más importantes de la llamada prehistoria y todo el progreso tecnológico que disfrutamos hoy viene de esos dos descubrimientos fundamentales, que permitieron al hombre cazar, alimentarse, vestirse y cobijarse del frío. Y ese proceso tardó al menos un millón y medio de años, tal vez dos millones.

Las fechas son importantes porque el neolítico, caracterizado por el paso del nómada cazador a la agricultura, comenzó hace menos de 100,000 años, lo que supone una pequeña fracción de tiempo en esos dos millones de años de evolución humana. Y si avanzamos hacia el presente, la Revolución industrial se produjo hace dos siglos, lo cual no es nada en relación a la historia del hombre sobre el planeta.

Lo que estos datos ponen de relieve es la impresionante aceleración del cambio tecnológico que hemos experimentado las tres o cuatro últimas generaciones, que ha provocado que nuestro modo de vida no tenga nada que ver con el de nuestros abuelos.

Y no sólo han cambiado los instrumentos y las formas de producción. Se han transformado, sobre todo, la mentalidad y las costumbres. Vivimos en una sociedad mucho más plural en la que la capacidad de elegir es infinitamente superior a la de hace dos siglos.

Lo que caracteriza nuestro tiempo es la heterogeneidad de opiniones políticas, religiosas e identitarias, que han producido un enorme fragmentación social. Por así decirlo, la evolución se ha personalizado. En la Edad Media, sólo había vasallos, monjes y señores. Hoy cada individuo es un ser único.

Muchos de los males que nos aquejan vienen de esa vertiginosa transformación del mundo en la que, por primera vez en su historia, la evolución social y tecnológica va más rápida que la capacidad del hombre para adaptarse al entorno. Eso tendrá un alto coste que tal vez hemos empezado a pagar.

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Aprender a equivocarse

–  Salvador Sostres

Juan tenía 19 años cuando por primera vez su madre le dejó el automóvil.  Fue al cine con unos amigos y de regreso a casa, en una carretera secundaria, tuvo un pequeño accidente y pese al cuidado con que había conducido, y la responsabilidad con que había intentado corresponder a la confianza de su madre, volvía con el automóvil abollado y el temor de la bronca que le caería de su padre.

Cautivo y desarmado se presentó en el salón de la casa con las llaves en la mano y el relato de lo sucedido, y su padre, mientras le escuchaba, se levantó para coger algo de la mesa, que eran las llaves de su propio automóvil, y se las entregó a su afligido vástago diciéndole:  “Ahora mismo vas a dar una vuelta y cuando te hayas dado cuenta de que sabes conducir perfectamente, vuelve”.

El padre de Juan educó a su hijo en la confianza, en lo que esperaba de él, en el aplomo que todos necesitamos para superar nuestros accidentes, y nuestros errores, y crecer.  Conocí a Juan hace unos años y puedo atestiguar que aquella educación le sirvió para ser compasivo y valeroso, buen amigo y muy hábil para sacar lo mejor de los que le rodeamos.  Si en alguna medida les gusta lo que escribo, también a él tendrían que agradecérselo.

Seamos exigentes pero no nos cansemos de dar esperanza.  El relativismo es un cáncer y lo importante no es participar, sino ganar, pero las personas por las que merece la pena vivir suelen cometer los más deslumbrantes errores, y si no les diéramos otra vez las llaves viviríamos a  oscuras, sin su talento y sin su generosidad.

Hacerse hombre es aprender a levantarse, ir a por ellos porque somos lo que defendemos y, justo antes de que las furia nos ciegue, tener siempre piedad.

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¿Qué es la benedicencia?

–  Laureano López

La palabra benedicencia es la gran ausente del diccionario.  Si intentas escribirla en tu ordenador / computer en un documento de texto, inmediatamente te la corregirá cambiándola por beneficencia.  Si insistes, te la subrayará en rojo como un error.  Pero el verdadero error consiste en que existiendo el término que nos indica claramente el vicio  -maledicencia-, no aparezca el vocablo que indica la virtud.

La benedicencia radica fundamentalmente en hablar bien de los demás.  Sin embargo, no se limita sólo a eso.  Por un lado, esta virtud nos invita a silenciar los errores y defectos del prójimo; por otra parte, nos estimula a ponderar sus cualidades y virtudes.  Jesucristo nos exhortó a la vivencia de esta virtud cuando dijo a sus discípulos: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a quienes os odian, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen (Lc. 6, 27-28).  La enseñanza del cristianismo no sólo consiste en no odiar, no maldecir, no dañar.  Por el contrario, el Maestro nos invita a trabajar en positivo:  amad, bendecid, rogad.

Para vivir la benedicencia es necesario promover los comentarios positivos dentro de la familia.  Varios de los conflictos dentro de la familia surgen de alguna palabra hiriente, de frases irónicas o comentarios negativos, etc.  La influencia que recibimos de algunos medios de comunicación nos puede inducir a comportarnos de esta manera.  Basta encender la televisión para ver cómo se insultan los miembros de los distintos partidos políticos, cómo se exageran los errores y defectos de los demás.  El 90% de las telenovelas nos muestra cómo surgen las intrigas familiares, en muchos casos debidas a la mentira, a la calumnia y a la difamación.

Se puede crear un ambiente muy positivo si al llegar de la escuela los hijos, en lugar de criticar a sus maestros del colegio, comentaran aquello que han aprendido ese día de ellos.  Si la esposa recibe a su esposo, no con una queja por llegar tarde a comer, sino con un saludo cariñoso.  Si el esposo, al regresar de sus compromisos, comentase los proyectos que tiene en su trabajo y no los defectos que tiene su jefe o sus empleados.  Hablar bien no significa mentir, no significa adular, comporta más bien reconocer las cualidades y virtudes de los demás.

Es importante silenciar los defectos de los demás.  En algunos ambientes el chismorreo es la comidilla de todos los días.  Esta es la influencia que recibimos diariamente gracias a las “revistas del corazón” y a ciertos programas televisivos, que únicamente buscan ventilar las intimidades de los otros.  El hombre que domina su lengua es un hombre perfecto -nos dice el Apóstol Santiago-; al mismo tiempo, nos advierte que la lengua, aun siendo un miembro muy pequeño, puede ser fuego que incendia el ambiente o un veneno mortífero.  Y termina diciendo que no podemos con la misma boca bendecir a Dios y maldecir a los hombres (cf. St. 3, 1-12).

Si un día se quemó la cena o no estuvo a tiempo, podemos silenciar ese defecto y agradecer a la persona que la preparó.  Si mi hermano suspendió dos materias en el colegio, no tengo por qué ir pregonándolo a todo el mundo; más bien podría comentar las materias en las que le ha ido bien.  Y si no tengo nada bueno que decir, lo mejor es callar.

Silenciar los errores no significa “hacer la vista gorda”, más bien estipula que se comente algo sólo con quien puede poner solución al problema.  No significa aprobar los errores y defectos:  se busca más bien combatir el error, pero al mismo tiempo conservar la buena fama de quien lo comete.

En una ocasión, un penitente se acusó de haber difamado a una persona.  El sacerdote le pidió que, antes de darle la absolución fuera al día siguiente con una almohada de plumas a la Iglesia.  Ese día subieron los dos al campanario y el sacerdote le pidió que destruyera la almohada y, al momento, las plumas se esparcieron por toda la ciudad.  El sacerdote le hizo ver que eso mismo sucedía con la difamación, ya que acababan de ver como las plumas no se sabía hasta dónde podían llegar y no había manera de detenerlas o de resarcirlas.  A partir de ese momento, después de la absolución, se comprometió a vivir todos los días la virtud de la benedicencia.

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Nuestro péndulo emocional

–   Ferran Ramon-Cortés

La asertividad representa la habilidad de decir las cosas de forma que lleguen a los demás apropiadamente.  Que se exterioricen de forma clara y al mismo tiempo respetuosa, evitando que la otra persona se sienta agredida.  Se trata de elegir el momento oportuno, el tono adecuado y el ritmo justo para expresar que queremos o necesitamos decir.

Como habilidad, se encuentra en el punto intermedio entre dos actitudes:  la pasividad (cuando no nos atrevemos a decir las cosas);  y la agresividad (cuando las decimos hiriendo a los demás).  Todos tenemos nuestra particular forma de vivir la asertividad entre estos dos extremos.  Pero lo verdaderamente relevante es que este sistema se mueve como un péndulo:  si  nos comportamos de manera pasiva, nos vamos cargando emocionalmente, de manera que, cuando finalmente hablamos, nos vamos al otro extremo y resultamos exageradamente agresivos.

Así funciona el llamado péndulo asertivo, que explica las salidas de tono que algunas veces tienen personas que sabemos razonables y ponderadas, y que un día nos sorprenden con una belicosidad desproporcionada.

Si nos callamos las cosas porque no encontramos la manera o el momento de decirlas, estamos inevitablemente cargando el péndulo.  Y tarde o temprano se soltará y pasaremos a la agresividad.  Controlar el efecto péndulo es difícil; una vez lo hemos cargado, detenerlo en el centro (entendido como la asertividad pura) supone un ejercicio titánico de autocontrol que raras veces seremos capaces de llevar a cabo.

Para no caer en los extremos, prácticamente sólo hay una solución:  decir las cosas enseguida en vez de callárnoslas.  Porque, si las soltamos a la primera, todavía no habrá carga emocional y seremos capaces de mantener el tono asertivo.  Si por el contrario vamos aguantando y guardándonos dentro disgusto tras disgusto, cuando nos decidamos a manifestarlo probablemente acabaremos siendo víctimas de nuestras emociones.

El péndulo también actúa (aunque es menos evidente) en el sentido contrario:  cuando somos sistemáticamente agresivos diciendo las cosas, acabamos provocando el enfado de los otros.  Si nos hacen ver esa reacción por nuestra parte, entonces optamos por no decir nada más, callarnos las cosas y mostrarnos pasivos.

A casi nadie nos gusta mostrarnos agresivos y cuando lo hacemos somos los primeros en pasarlo mal.  Tener en cuenta este efecto péndulo nos puede ayudar a ser más conscientes de la necesidad de decir las cosas a la primera, sin guardárnoslas dentro.  Y si la agresividad es nuestra pauta, es importante tomar consciencia del impacto de nuestra comunicación en los demás.

Hablar a tiempo permite mantener el tono de la expresión y, a la larga, evita quebraderos de cabeza.  Observar como sienta lo que decimos nos ayudará a encontrar el matiz adecuado.

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