El arte de acompañar

–  Ferrán Ramón-Cortés

Una de las formas más rápidas de crear distancias entre las personas es juzgando sus actos. En el contexto del acompañamiento, podemos opinar sobre un hecho (robar no está bien), pero no deberíamos sentenciar a las personas (eres un ladrón).  Porque cuando lo hacemos, dejamos de aceptarlo.  Lejos de ayudarle a reflexionar, lo que vamos a provocar es que salga a la defensiva o que deje de estar interesado en lo que le podamos decir.

Juzgar tiene además un riesgo, y es que podemos ser terriblemente injustos. Porque a menudo nos precipitamos con nuestras conclusiones sin saber de la misa la mitad, sin pararnos a pensar (o a descubrir) los motivos por los que alguien ha tenido un determinado comportamiento.

Hace unos meses tuve que suspender un curso porque la noche anterior había tenido una cena que terminó tarde, y por la mañana me encontraba fatal.  Muchos me tacharon de juerguista o de irresponsable… hasta que se enteraron de que tuvimos una intoxicación alimentaria por unas croquetas de la comida anterior, y que un par de comensales habían acabado en el hospital.

Cuando alguien nos cuenta un problema, sentimos la necesidad de resolverlo.  Es loable, pero cero efectivo.  En primer lugar, porque lo que a uno le parece que puede funcionar no tiene por qué venirle bien a otro.  Y los consejos generan además fuertes dependencias. ¿Por qué alguien tendría que pensar por sí mismo sobre lo que tiene que hacer si puede simplemente venir a preguntarnos?  Si acostumbramos a los amigos a ser asesorados, les privamos de desarrollar sus propios recursos en futuras decisiones.  Lo único que logramos es cargarnos con la mochila de sus problemas.

Yo tuve un jefe que siempre me aconsejaba.  A mí y a todos sus compañeros.  No movíamos un dedo sin sus instrucciones o recomendaciones. Su primera baja no se debió a una gripe. La causa fue el estrés.

Entonces…¿cómo lo hacemos? Acompañar es estar a disposición. Caminar al lado del otro, siguiendo su ritmo y haciéndole de espejo.  Sin empujarle ni estirarle. Parando cuando él para y acelerando cuando él acelera.  Y esto, en términos de comunicación, significa básicamente escuchar.

Escuchar para que el otro ordene sus ideas y encuentre sus soluciones. Ideas que quizás uno ya había intuido, pero cuya comunicación se intenta evitar en forma de consejo.  Acompañar es también aceptar el momento en el que se encuentra otra persona.  Con sus virtudes y sus defectos.  Con sus miedos y vulnerabilidades.

Acompañar es un juego en el que la posesión de la pelota es mayoritariamente del otro.  Y si nos la pasa, se la vamos a devolver.  Porque nosotros no somos el protagonista, somos sólo el espejo.

Ayudar a alguien con problemas puede generar un conflicto si sólo juzgamos sus acciones. Hay que aceptar que las soluciones que nos vienen bien a nosotros no siempre se pueden extrapolar. Y que lo más importante es escuchar al otro.

____________________

 

Anuncios

Pantalones rotos

–  Julia Navarro

Uno de los motivos de discusión recurrente con mi hijo es a cuenta de los pantalones rotos.  Me explico:  él lleva años insistiendo en que le compre jeans con agujeros en las rodillas, iguales a los que llevan sus amigos, y yo me niego en redondo.  Hace unos días hemos tenido el último encontronazo por los agujeros.  Pagar por unos jeans rotos me parece una estupidez, pero también una frivolidad.

Pero hay algo más, y es la burla que supone ver a jóvenes -y a no tan jóvenes- que no tienen ningún problema en lucir atuendos como esos jeans.  Sí, burla.  Burla hacia quienes llevan rotos en los pantalones porque no tienen más remedio que vivir en una situación de insoportable miseria, porque esos agujeros son para ellos la evidencia de cuanto carecen.  De manera que convertir en moda llevar unos jeans de marca pero destrozados me ha parecido siempre eso, una burla cruel.

Vivimos en una sociedad tan banal que cualquier cosa puede ponerse de moda. Hace poco leí en un reportaje que una conocida marca de zapatillas deportivas había lanzado una línea de calzado roto. Otro despropósito. Otra burla. Evidentemente, a la gente que luce ropa destrozada seguramente no se le pasa por la cabeza reflexionar sobre esos millones de personas que, a lo largo y ancho del mundo, carecen de casi todo y para los que unos pantalones o unas zapatillas sin agujeros serían un auténtico lujo.

Lo peor es que son las grandes marcas las que suelen vender ese tipo de ropa, y son las modelos, las celebrities, los futbolistas y la cursilería en general quienes lucen esos agujeros despreocupadamente como signo de ir a la última, de ser más cool que nadie, de estar en el secreto de la modernidad.  Y ya se sabe que los líderes sociales son el espejo en el que se mira mucha gente que termina imitándolos.  Los gurús de la moda no siempre aciertan, y acaban creando tendencias que son seguidas por mucha gente de manera un tanto borreguil.

Con los jeans rotos me pasa lo mismo que con los tacones de 20 centímetros (8 pulgadas), con el despropósito de no llevar medias en invierno o con que a los hombres les digan que están guapísimos tras depilarse, igual que si fueran pollos a punto de entrar en el horno.  La moda siempre debería limitar con el sentido común, pero en el caso de esos pantalones rotos aquellos que los llevan deberían pensar qué sucedería si, en realidad, no los vistieran por moda sino simplemente por carecer de medios para ponerse unos nuevos.  Siento amargarles la fiesta… bueno, los agujeros.

____________________

¿Existen las personas tóxicas?

–  José Luis Ágreda

Seguro que usted se ha visto alguna vez en esa situación en la que después de mantener una conversación con un amigo se ha sentido desolado, ha contemplado el mundo con más tristeza y menos entusiasmo que antes de empezar la conversación, o ha pensado: “Madre mía, a este amigo no le pasa nada bueno, siempre tiene una queja”.  Y en situaciones extremas, ha escuchado el teléfono, ha visto el nombre de la llamada entrante y ha dejado de atenderlo porque sabe que esa persona, de alguna manera, le va a complicar la vida:  le va a contar un nuevo problema o seguirá hablando de su monotema, por lo general con temática “desgracia”.  La pregunta que uno se plantea siempre después de pasar un rato con las personas tóxicas es:  “Y yo qué necesidad tengo de estar oyendo esto”.

¿Quiénes son las personas tóxicas?  Aquellas que llegan y le contagian de mal humor, de tristeza, de miedo, de envidia o cualquier otro tipo de emoción negativa que hasta ese momento no se había manifestado en su cuerpo.  Es igual que un virus:  llega, se expande, le hace sentir mal y cuando se aleja, poco a poco, usted recobra su estado natural y, con suerte, lo olvida.

El origen de la persona tóxica puede ser variado:  el mal genio, la envidia, la falta de consideración, el egoísmo, la estupidez o la falta de tacto.  Lo importante es verse con recursos suficientes para protegerse del contagio.  El mundo está lleno de personas tóxicas de diferentes tipologías, unas menos dañinas y otras malévolas que dejan memoria y cicatriz

En la categoría de tóxicos pasivos incluyo a los victimistas, los que echan la culpa de todo su mal a los que tienen alrededor, nunca son responsables de lo malo que les ocurre porque son los demás o las circunstancias los que provocan su malestar.  Si les escucha y a usted le va bien llegará a sentirse mala persona por disfrutar de lo que los victimistas no tienen.  Y no porque no tengan posibilidad de hacerlo, sino porque han aprendido a obtener la atención a través de la queja y eso es cómodo.  Se sienten maltratados por la vida y abandonados por la suerte.  Por supuesto, le hacen sentir mal a quien no les presta la atención de la que se creen merecedores. Con estas personas sufrirá  el contagio del virus tristeza, frustración y apatía.

Los tóxicos caraduras son los que siempre le pedirán favores, pero a la vez no son capaces de estar atentos a sus necesidades.  No mantienen relaciones bidireccionales en las que entreguen tanto como reciben.  Tiran de otros sin preguntarles si están bien, si necesitan ayuda, si les viene bien prestársela en ese momento. Son egoístas y egocéntricos, y en el momento en el que se deja de satisfacer sus necesidades comienza la crítica y el chantaje emocional.  Con estas personas sufrirá el contagio del virus “siento que abusan de mí”, aprovechamiento y resignación.

Se define como tóxicos criticones a los que viven de vivir la vida de otros porque no les vale con la suya.  Su vida es demasiado gris, aburrida o frustrante como para hablar de ella, así que destrozan todo lo que les rodea.  No espere palabras de reconocimiento hacia los demás ni que hablen de forma positiva de nadie, porque el que a los demás les vaya bien, les potencia su frustración como personas.  No saben competir si no es destruyendo al otro.  Arrasan como Atila.  Con estas personas sufrirá el contagio del virus desesperanza, vergüenza, incluso culpa si participa en la crítica.  Y la culpa luego arrastra al virus del remordimiento.

A los tóxicos con mala idea manténgalos bien lejos.  Están resentidos con la vida, ya sea porque no han sido capaces de gestionar la suya o porque la suerte no les ha acompañado. Anticipan que las personas son interesadas y no esperan nada bueno de ellas. Todo lo interpretan de forma negativa, a todo el mundo le ven una mala intención. Viven en un constante ataque de ira, como si el mundo les debiera algo.  No soportan que otros tengan éxito, esfuerzo y fuerza de voluntad, porque estas actitudes de superación les ningunean todavía más. Con estas personas sufrirá el contagio del virus indefensión, inseguridad, impotencia y ansiedad.

Para los que no lo sepan, no hace falta ser asesino en serie para un psicópata.  El psicópata es aquel que infringe dolor a los demás sin sentir la menor culpabilidad, remordimiento y sin pasarlo mal.  De estos hay muchos de guante blanco como los tóxicos psicópatas.  Son los que humillan, faltan al respeto a propósito, pegan. amenazan y provocan que una persona se sienta ridícula y menospreciada, y se cargan la autoestima.  Ante ellas, salga corriendo, porque el que lo hace una vez, repite.  Si le permite que le maltrate, usted terminará pensando que ese es el trato que merece.  Con estas personas sufrirá el contagio del virus miedo y odio.  Muy difícil de erradicar, perdura durante mucho tiempo en su memoria.

Para evitar el contagio de los tóxicos victimistas, lo primero que hay que hacer es pararles. Decirles que estará para ayudarles a tomar decisiones y solucionar problemas, pero no para ser el pañuelo en el que ahogan sus penas sin implicarse.  Estas personas se acostumbran a llamar la atención con sus desgracias, pero son incapaces de responsabilizarse y actuar porque porque optan el camino fácil:  llorar.

Dígale que estará encantado de ayudarle siempre y cuando se movilice.  Y si no lo hace, decida alejarse de alguien que ha tomado la decisión de ser un parásito toda la vida.  No lo está abandonando, le está dando aliento para que actúe.  Si decide no tomar las riendas de su vida, ser su paño de lágrimas tampoco será una ayuda.  Se gasta la misma energía quejándose que buscando soluciones.   La primera opción consume y resta, y la segunda suma.

Ante el virus de pedir, el antivirus de decir no.  Si usted no hace prevalecer sus necesidades y prioridades, ellos tampoco lo harán.  Una cosa es ser solidario y otra muy distinta estar a disposición de todos y no estar nunca para uno mismo.

No permita que la persona tóxica criticona haga juicios de otras personas que no estén presentes.  Si lo hace con ellos, también lo hará cuando usted no esté presente.  No entre en su juego ni se identifique con esa conducta.  Dígale que no le gusta hablar de personas que no están presentes.  Y si trata de rumores, dígale que no tiene certeza de que el rumor sea cierto.

Los rumores, la mayoría de las veces, son infundados, falsos o exagerados.  Se propagan como el viento, y a pesar de que luego se compruebe que son falsos, el daño ya está hecho.  Actúe como le gustaría que lo hicieran, con respeto, discreción y veracidad.  Es más importante ser ético que evitar un conflicto con un criticón.

Y por último, no permita que nadie le falte al respeto y mucho menos le maltrate ni psicológica ni físicamente.  Como personas, todos merecemos un trato digno.  Hágase valer.  Pida ayuda, póngase en su sitio, no consienta una segunda oportunidad a quien le ha hecho daño.  El que le daña no le quiere; olvídese de justificarle por su pasado, su carácter, su educación, el alcohol o sus problemas.  Nada, absolutamente nada, autoriza la falta de respeto y el maltrato físico y psicológico.  Y esto es válido en el ámbito familiar, laboral y entre los amigos.

Rodéese de personas de bien, que le quieran y que le se lo demuestren, que le hagan feliz, con las que salga con las pilas recargadas.  Tenemos la obligación de ser felices y de disfrutar.  Hay mucha gente dispuesta a ello.  No las deje escapar.  Las personas estamos para ayudarnos, somos un equipo.

____________________

El derecho a decir “no”: menos es más

masmenos.1

–  Raimón Samsó

En el libro Alicia en el País de las Maravillas (1865) de Lewis Carroll (1832-1898), la protagonista le pregunta al personaje del gato: ¿Podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí”, y el gato le contesta:  “Eso depende en gran medida del sitio al que quieras llegar”. “No me importa mucho el sitio…”, replica Alicia. “Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes”, responde el gato.  En un mundo en el que hay ilimitadas posibilidades, si no se tienen prioridades lo fácil es perderse.

Más no siempre es mejor, puede ser menos.  Y menos puede ser más.  Para llegar a más partiendo de menos hay tres caminos para centrarse en las prioridades: simplificar la vida, decir “no” muchas veces y priorizar la agenda de tareas.  Veamos ahora cada uno de ellos.

Menos es más se ha convertido en un mantra.  En arquitectura lo llamaron minimalismo, una corriente caracterizada por la simplicidad de formas y líneas, utilización de colores puros, materiales naturales y la preferencia de espacio antes que la acumulación.  En decoración, menos objetos y muebles es más espacio disponible para las personas que habitan la casa.  En la agenda, menos tareas irrelevantes con más energía y tiempo para los asuntos relevantes significa más eficacia.  En el feng shui, para recibir algo nuevo en la vida antes hay que dejarle espacio, tanto física como psicológicamente.

Aun así, la facilidad de complicarlo todo es un viejo hábito humano.

Una de las primeras decisiones que tomó Steve Jobs (1955-2011) cuando volvió a dirigir Apple en 1997 fue reducir los productos de la compañía de unos trescientos a una docena, y en esta simplificación se basó el relanzamiento de la compañía: pocos artículos, pero todos excelentes. De hecho, él mismo se felicitaba por haber pronunciado más veces la palabra “no” que “sí” en sus decisiones.  Sabía muy bien que no se trataba de la cantidad de cosas que podía hacer su empresa, sino de la calidad con que las haría.

El economista Vilfredo Pareto (1848-1923) estableció la regla del 80/20 que afirma que el 80% de nuestros esfuerzos consigue el 20% de nuestros resultados; y, por tanto, el 20% de nuestros esfuerzos es responsable del 80% de lo que conseguimos.  ¿Entonces por qué no concentrarse en ese 20% y prescindir del resto?  Porque primero hay que identificar ese 20% crítico responsable de casi todo.  Sencillo pero difícil.  Aunque una vez reconocido, la vida y trabajo se simplifican en gran manera.

Es fácil darse cuenta de que muchas personas tienen expectativas sobre nosotros, como si cada una de ellas reclamara el extraño derecho de apropiarse de un trozo de nuestra vida.  Los padres, los amigos, los hijos, los jefes y compañeros, la comunidad… Aprender a decir no a semejante alud de exigencias es un  asunto urgente y de supervivencia.

Sabemos que cuesta decir no a otras personas, pero cuesta más vivir el resto de la vida con ese sí que en realidad quería ser una negación.  Ese sí supone una negación de uno mismo, y una vez se pierde el autorrespeto, se repite el mismo comportamiento destructivo.  En algún momento hemos mal aprendido que decir no resulta poco educado o que es señal de egoísmo. Por alguna razón creemos que al negarnos somos malos y al aceptar cualquier cosa que nos pidan somos buenos.

Pero tal vez si nos entrenaran en la honestidad, y no el el deseo de agradar, seríamos más felices.  No pasa nada por decir “no” de vez en cuando.  Mejor dicho, sí ocurre: se toma el control de la propia vida.  Como estamos entrenados desde niños a ser complacientes, pero no sinceros, un buen método para acelerar el aprendizaje es declarar “el día del no” y negarnos por sistema a todas las peticiones en las que no creamos durante esa jornada.  Ya sean tareas, pedidos, invitaciones, favores, distracciones…

Sabemos que las personas de éxito saben decir no y saben poner límites a las exigencias de los demás.  Hacen válido el viejo dicho de “Contra el vicio de pedir, la virtud de no dar”.  No lo hacen desde el egoísmo, sino desde la autenticidad y honestidad que les otorga el sagrado derecho a elegir.  Y saben que cuando dicen no a lo malo, a lo regular, incluso a lo bueno, están preparándose y haciendo espacio en sus vidas para decir sí a lo extraordinario.

¿Cómo negarse a lo que no cuadra con uno?  Basta con tener claras las cosas que queremos evitar, los límites, y darles luz roja, mostrarles la puerta de salida de nuestra vida.  En la práctica bastará con llamar política de la casa o principios a todo aquello que haya caído en esa lista negra.  Y cuando nos pidan algo a lo que deseamos negarnos, bastará aludir a la política de la casa como argumento.  Ya no es uno quien se niega, sino que se lo impiden sus propias normas de funcionamiento.

Y para ayudar a llevarlo a la práctica resulta bueno ofrecer una alternativa (cuando la haya) a esas negativas sobre pedidos que no encajen con los valores, agenda, objetivos y prioridades.  Pero nunca como una compensación, sino como un acto de generosidad. Ayuda mucho añadir siempre la palabra “gracias”, y comprobar que suena de maravilla “no, gracias”.

Hay muchas técnicas para aprender a decir no desde la asertividad sin sentirse culpable, pero hay que entrenarse con la que nos sintamos mejor o cuadre en la situación.

Saber qué cuenta y qué no cuenta tanto, es cuestión de hacerse unas buenas preguntas: [  ¿es esto…  /  lo que más quiero  /  importante  /  necesito  /  y que cambiará  mi vida?  ]. y decidir en base a los valores personales.  Y si esto no es lo que quiero / necesito / importante… entonces ¿qué lo es?  Hay otra buena pregunta que hacerse: ¿qué es lo único que se debe hacer, gracias a lo cual todo lo demás resulta más fácil o innecesario?

Los valores son la brújula y las preguntas son el mapa hacia una vida más lograda.  No importa la cantidad de cosas que hacemos o conseguimos, sino la calidad.  Por ejemplo, en nuestra agenda, poner más de tres tareas o acciones diarias puede ser muy contraproducente.  Mejor elegir las tres acciones de mayor importancia y que crearán cambios consistentes y no trabajar en nada más hasta que se hayan completado.

Lo prioritario es más sencillo de abordar si se divide en pasos.  La mayoría de las veces no afrontamos lo importante porque nos sobrepasa su ejecución, parece demasiado o no sabemos ni por dónde empezar.  Pero todos sabemos dar un solo paso. Desglosar lo prioritario en pequeños pasos es el modo de digerirlo.

Si se acomete primero lo más complejo de la lista, probablemente se consigue la tarea de mayor retorno.  Empezar por lo más difícil, no por lo más sencillo, es positivo.  Una vez se ha subido a la colina más alta, se tiene más perspectiva global y el orgullo de haber dado un paso definitivo para el que ya no hay vuelta atrás.  Aparecerán distracciones, obstáculos, retrasos…, pero nada de eso debería importar demasiado.  La simple consecución de pequeños logros es muy motivadora para dar los pasos que hacen falta. La sensación de estar avanzando, al margen de la velocidad, es suficientemente gratificante como para arrinconar las tentaciones de postergar o abandonar.

Tanto en el trabajo como en la vida encontramos personas muy aceleradas a las que si le preguntas “¿a dónde vas?, te responderán algo así como:  “Te lo diré cuando llegue” o “Te cuento cuando tenga un respiro”.  Corren mucho, pero la velocidad no es importante.

–    No es la velocidad, sino la dirección.   –    No es la cantidad, sino la calidad.

La agenda de tareas no miente:  es un sembrado de éxito futuro o de fracasos.  Si la agenda no se acopla a los valores personales, es seguro que se acaba viviendo la vida de otro y siguiendo sus valores, pero no los propios.

¿Todo lo que anotamos en ella nos lleva a una vida más plena y realizada?  Urge revisarla. Debería haber una coherencia entre lo que se es y lo que se hace, a menos que se esté dispuesto a pagar un elevado precio por esa falta de integridad.  Cada día deberíamos revisar nuestra agenda y comprobar que cada tarea de la jornada está acompasada con una vida con sentido.

____________________

Parar el reloj y vivir intensamente

relojarena.1

–  Fernando Trías de Bes

Llevar una vida rutinaria no exime de experimentar aventuras.  El tiempo es el que es.  En nuestra mano está decidir cómo queremos disfrutarlo.

El protagonista de la película Una cuestión de tiempo  [About Time, Richard Curtis, 2013] pertenece a una familia cuyos miembros tienen un don especial: pueden viajar a lugares y momentos donde han estado antes.  Esta peculiaridad les permite deshacer decisiones y corregir errores para mejorar sus vidas.  Hacia el final de la película, el personaje se da cuenta de que su vida ha estado bien tal y como ha sido, y que no desea volver atrás.

Tal vez sea éste el máximo anhelo de cualquiera de nosotros.  Llegar al final de nuestras vidas y poder decirnos a nosotros mismos: “Ha estado bien así, si volviera a vivir no cambiaría nada”. La pregunta es si alcanzar tal nivel de satisfacción no depende tanto del número y variedad de vivencias como de la intensidad con las que se han afrontado.

La magnífica película Up, de Walt Disney-Pixar [Peter Docter / Bob Peterson, 2009], refleja muy bien este sentimiento cuando el personaje principal, un anciano viudo que no pudo brindar a su fallecida esposa ninguna de las aventuras que soñaron de niños, descubre que su mujer ha rellenado el álbum de fotos de todos los viajes que iban a realizar con las fotografías de sus vidas en casa y en una nota ha dejado escrito:  “Gracias por la aventura”.  Lo que ha vivido con su marido, poco o mucho, ella lo apreció como un gran acontecimiento.  Es una secuencia preciosa que nos enseña que lo importante es el sentido que queramos otorgar a nuestras vivencias y no tanto lo que en sí acontece.  Se puede llevar una vida rutinaria y vivirla intensamente.

Sin embargo, es muy difícil hacer valer esta actitud.  La oferta de posibilidades, alternativas, destinos turísticos, las innumerables posibles relaciones personales y caminos que abren las redes sociales ejercen una enorme presión sobre el individuo de hoy.  Las relaciones de la sociedad líquida, que postuló el sociólogo Zygmunt Bauman, prueban que el ser humano opta cada vez más por no solidificar las relaciones, no materializarlas ni mantenerlas en pos de una posibilidad eternamente cambiante.

Desde mi punto de vista, hemos ido pasando de una sociedad líquida a otra multidimensional o poliédrica.  Cuando realizamos una actividad, perseguimos hacer otra al mismo tiempo.  Es habitual que los fabricantes de cintas de correr instalen en ellas televisiones para seguir el partido de fútbol o las noticias mientras se practica deporte; vemos televisión en casa mientras chateamos o navegamos con nuestro móvil / cellular. Incluso las propias cadenas de televisión rotulan en pantalla durante los debates y entrevistas lo que los televidentes tuitean sobre lo que se está diciendo.  Parece como si vivir únicamente una realidad fuera insuficiente.

Es ya habitual ver a parejas en un restaurante que combinan la conversación entre sí con otras a través del móvil o terceras personas. No se trata de una crítica tipo “cualquier tiempo pasado fue mejor”.  Lo que quiere explicar este ejemplo es que cuando se instala en el ser humano una insuficiencia constante sobre el presente, se ancla al mismo tiempo una creencia deficitaria de la vida y, por tanto, la probable conclusión de que la existencia no haya sido plena.  Un deseo perentorio por multiplicar el presente desemboca en una insatisfacción del pasado.

Olvidamos que presente significa regalo.  Los regalos se disfrutan, se saborean y aprecian. Vivir intensamente obliga a parar el reloj, a no pensar en otra cosa más que en lo que se está experimentando.  El tiempo es el que es.  Lo único que está en nuestra mano es decidir cómo queremos disfrutarlo.  Tiempo de calidad, no cantidad de tiempo.

Fijémonos en los niños: cuando son pequeños y juegan con algo lo hacen sólo con eso. De acuerdo, la aparición de un nuevo estímulo los puede hacer abandonar lo que tienen entre manos y dirigirse a otro asunto con suma facilidad.  Pero es debido a la curiosidad. Su percepción del tiempo es inexistente.  Su presente es absoluto y a él se entregan con los cinco sentidos.

En el ámbito profesional las consecuencias sobre este concepto, a partir de nuestras decisiones, son trascendentales porque no podemos cambiar cada dos meses de ocupación. Publiqué hace ya muchos años un libro titulado El vendedor de tiempo (1).  El protagonista envasaba minutos en frasquitos y los ponía a la venta.  La gente se volvía loca y se echaba a la calle a comprar.  En realidad, el tiempo que adquirían era suyo pues era el mismo que iban a vivir, pero el desembolso con dinero propio les daba libertad para emplearlo en otras cosas.  Las decisiones profesionales son ventas de espacio que nos pertenece y con el que negociamos, pero no en frasquitos, sino en grandes contenedores.  Nos comprometemos cada vez que firmamos un contrato, asumimos un encargo, proyecto, función o tarea.

Por eso hemos de ser exigentes.  Las transacciones de tiempo propio, personal o profesional, son el principal causante de llegar al final de nuestras vidas y pensar que deberíamos haber vivido de otro modo.  Para evitarlo, es bueno preguntarse a menudo a sí mismo:  “Qué haría yo si no tuviese miedo?  ¿Qué haría yo si supiera decir no?”.

(1)  Fernando Trías de Bes, El vendedor de tiempo:  una sátira sobre el sistema económico, Ed. Empresa Activa, Barcelona, 2005, 144 págs.

____________________

El portador compasivo

portador.1

–  Gustavo Martín Garzo

“Nunca hubiera creído que llevar un niño en los brazos fuera algo tan hermoso”, anota en un instante de exaltación el protagonista de la novela de Michel Tournier (n. 1924) El rey de los alisos (1970).  Pensé en esta frase al ver las imágenes de Aylan Kurdi, el niño sirio que murió ahogado en Turquía tras huir con los suyos de su país en guerra (ver supra).  

Son muchos los que protestaron por la manipulación que de tales imágenes hicieron los medios de comunicación, argumentando que son incontables los niños que en circunstancias semejantes han  muerto antes de Aylan Kurdi sin que apenas reparáramos en ello.

Y tienen toda la razón.  Sin embargo hay imágenes que tienen el raro poder de enseñarnos a ver lo que antes no queríamos o nos negábamos a aceptar.  No me refiero sólo a la imagen del pequeño sobre la arena, sino a la del policía que portaba su cuerpecito en los brazos, como si contuviera algo precioso que ni la misma muerte pudiera oscurecer.

Es el mito del adulto fórico, al que Michel Tournier dedica su novela.  El adulto encargado de portar a los niños, como San Cristóbal, el gigante que ayudaba a los caminantes a cruzar el río, y que representa a todos los adultos que llevando a los niños en sus brazos tratan de protegerles de los peligros de la vida.

Este mismo verano se difundió por la prensa y la televisión una imagen que, como esta del niño y el policía turco, tenía el poder de sintetizar la dolorosa injusticia de este mundo. En un plató de la televisión alemana, Angela Merkel (n. 1954) respondía a las preguntas de un grupo de jóvenes. Todo transcurría de esa manera previsible y relamida con que suelen hacer las cosas en estos programas hasta que una muchacha palestina, sobre la que pendía una amenaza de una pronta deportación, le preguntó a la Canciller en perfecto alemán por qué no podría seguir estudiando y vivir como sus otros compañeros de clase.

Angela Merkel salió del paso como pudo diciéndole que la comprendía, pero que no todos los inmigrantes podían quedarse en Alemania, y que muchos tenían que regresar a sus casas.  La Canciller siguió contestando a otras preguntas cuando la muchacha rompió a llorar desconsoladamente, llamando la atención con sus lágrimas no sólo sobre el drama de los que, como ella, aspiraban a tener una vida mejor, sino también sobre la inoperancia de nuestros gobernantes a la hora de encontrar soluciones que remedien el sufrimiento de gran parte de la humanidad.

Una creencía judía afirma que en cada época en la Tierra aparecen 36 justos.  Nadie les conoce, ya que se confunden con los hombres comunes.  Pero ellos llevan a cabo su misión en silencio, que no es otra que sostener el mundo con la fuerza de su misericordia. La leyenda judía sigue diciendo que, cuando finalmente mueren, esos justos están tan helados por haber hecho suya la aflicción de los hombres, que Dios tiene que cobijarlos en sus manos y tenerles allí por espacio de mil años, al objeto de infundirles un poco de calor.

En un mundo como el nuestro donde tantos se autoproclaman justos, conviene no olvidar que una de las enseñanzas de esta fábula es que ninguno de esos justos discretos que sostienen el mundo sabe que lo es.

Jorge Luis Borges (1899-1986) escribió al final de su vida un poema basado en esta leyenda.  En él va nombrando las acciones humildes de algunos hombres anónimos:  el tipógrafo que compone una buena página, el que acaricia a un animal dormido, quien justifica o quiere justificar un mal que le han hecho, el poeta que cuenta con cuidado las sílabas de sus versos, el jardinero que poda y abona sus plantas.  Y nos dice que son esas acciones las que sostienen el mundo.  Son los nuevos justos, ninguno actúa con apatía o indiferencia.  Para ellos el bien es algo tan sencillo como mecer una cuna para que un niño se duerma.

Creo que tanto el policía turco que llevaba en sus brazos el cuerpo yerto de Aylan Kurdi, como la muchacha palestina que rompió a llorar inesperadamente ante una de las mujeres más poderosas de la Tierra, podrían formar parte de esa nómina de justos que sin saberlo sostienen el mundo.

Primo Levi (1919-1987), en uno de sus libros sobre su experiencia en los campos de exterminio de Auschwitz, cuenta como una noche los judíos se dan cuenta de que los van a matar.  Enseguida se corre en el campamento la noticia, y cunde la desesperación.  Sin embargo, las mujeres con niños que atender siguieron ocupándose de elllos como si no pasara nada, y tras lavar sus ropas, las tendieron para que se secaran en los alambres de espino.

Este hermoso y doloroso pasaje expresa fielmente esa inocencia activa de la que vengo hablando, y que tiene que ver con la facultad de negar nuestro consentimiento ante todo lo que prolonga o justifica el sufrimiento del mundo.  Las madres de las que habla Primo Levi no lavaban la ropa de los niños para acatar la disciplina del campo de concentración, sino porque era su forma de cuidarlos.  Lo hacían por dignidad, para sentirse vivas, para decirles lo que todas las madres les dicen a su hijos, que nunca morirán.  Su inocencia tenía que ver con ese compromiso capaz de abrir, incluso en el lugar más siniestro y oscuro, un espacio de esperanza.

El policía turco que portaba el niño muerto creaba al hacerlo un espacio así.  Por eso le llevaba con ese cuidado, como si su gesto contuviera la promesa de una resurrección. Era el portador compasivo, para quien el peso de los niños se confunde con la dulce gravidez del sentido:  un peso que se transforma en gracia.

Pero, ¿qué pasa cuando el niño que se lleva en los brazos está muerto?  El cuerpo de Aylan Kurdi en la playa nos recuerda el cuerpo de esos niños que se quedan dormidos en el sofá de sus casas y que sus padres llevan con cuidado en los brazos hasta la cama para que no se despierten.  Sólo que Aylan Kurdi ya no se despertará de ese sueño, ni volverá a sentir en su boca el tibio dulzor de la leche.  Tampoco llegará a conocer el paso del tiempo, ese misterio que un día le habría llevado a pronunciar sus primeras palabras de amor.

En ¡Qué bello es vivir! (1946), la película de Frank Capra (1897-1991), se nos dice cuán insustituible somos, y cómo hasta la vida más insignificante guarda el germen de la salvación de otras vidas.  Pero este niño ¿a quién estaba destinado a salvar, qué muchacha le habría amado, qué anfitrión habría pronunciado su nombre como el más querido de sus invitados?  ¿Qué idea, el sueño de qué país o de qué raza puede justificar su desaparición?

El hombre lleva siglos asociando la idea del heroísmo a la del sacrificio, la identidad y la muerte, pero ¿y si el verdadero héroe fuera el que dispone apacible cada mañana para los que ama el pan reciente y el café oloroso del desayuno?

____________________

Internet: ¿mirar o leer?

leerymirar

–  Patricio Pron

Si usted está leyendo este artículo en Internet, lo más factible es que deje de hacerlo después del siguiente punto y aparte.  Según un estudio de Microsoft la capacidad de atención del lector medio en la Red es de ocho segundos.

Vivimos tiempos veloces, en los que saltamos de una información y de una tarea a otra con rapidez y algo de angustia.  Amazon ha anunciado recientemente que modificará los criterios de su plataforma de autopublicación para pagar a los autores por página leída.

Un tiempo atrás, una editorial inglesa evaluó los hábitos de lectura de los compradores de sus libros electrónicos de no ficción, y descubrió que estos no solían pasar de la página 60.  Consiguientemente, produjo una serie de sólo 59 páginas.

¿Por qué estudiar cuánto tiempo puede uno concentrarse?  Para determinar si todavía es posible acelerar aún más el tráfico.

Según indica Microsoft, somos más hábiles que en el pasado para apuntar hechos sueltos, pero estamos incapacitados para ponerlos en contexto.  El problema, por supuesto, es que del contexto depende la interpretación del texto (un hecho aislado nunca significa nada).

Es precisamente allí donde radican nuestras esperanzas:  toda tendencia genera una resistencia en un momento u otro.  Y la resistencia ante la sumisión a la velocidad, a la fugacidad de la información y su aceptación acrítica y pasiva está dentro y fuera de la Red.

La resistencia se ubica en la actitud vigilante de ciertos lectores y en unas empresas periodísticas de calidad; es decir, un periodismo que provea a su lector de información, pero también de las herramientas para el ejercicio crítico.

Que haya llegado usted hasta aquí -en particular si está leyendo este artículo en Internet- es, por todo esto, una razón para tener esperanzas.

Por mi parte, lo / la  felicito por haberse pasado a la resistencia.

____________________