El mito del horóscopo

–  J.M. Mulet

El horóscopo es un invento de los babilonios.  Cada signo hace referencia a la constelación por la que se ve el Sol en el día del nacimiento de una persona.  En el actual siglo XXI mucha gente sigue leyendo su horóscopo y consultando las cartas astrales, en las que escuchan todo tipo de ambigüedades sobre su devenir.

Los psicólogos definen esta actitud como el efecto Forer, es decir, creer que alguien desconocido te describe específicamente y pensar que esa información es útil.  Por cierto, ¿usted cree que todos los que fallecieron en el Titanic compartían signo del zodiaco?  ¿Las cartas astrales les aconsejaban que se fueran mejor de vacaciones al Caribe en vez de a Nueva York?

Ya hemos señalado antes que el origen del horóscopo viene de los babilonios, que, como no tenían televisión ni Internet, pasaban muchas horas mirando al cielo.  Fueron los primeros en asignar unas formas arbitrarias a las estrellas, que llamaron constelaciones.  En el cielo hay una línea imaginaria que llamamos eclíptica.  Su nombre viene de eclipse, ya que cuando se producen la Luna o la sombra de la Tierra transitan por esa línea.  También es por la que pasan los planetas visibles a simple vista.

Esta línea se debe a que todos orbitamos en el mismo plano, pero la Tierra, que tiene una inclinación 23,27 grados respecto a su órbita es la que permite que existan estaciones.  Si nuestro planeta tuviera el ecuador alienado con el plano por el que orbita alrededor del Sol, no existiría la primavera ni el verano.  Pero como está inclinado, si  superpusiéramos el Sol con el cielo nocturno, veríamos que se halla encima de la eclíptica.

Además, como el giro alrededor del Sol dura exactamente un año, las constelaciones de la eclíptica retroceden un grado cada día.  Por eso parece que el Sol aparentemente transita durante el año por todas las constelaciones, aunque realmente somos nosotros los que nos movemos.

Los babilonios tenían un sistema de numeración basado en el número 12, del que hemos heredado la forma de medir los grados en un círculo y el tiempo.  Así que hicieron un poco de trampa y asumieron que la doceava parte del año (aproximadamente un mes) el Sol transitaba sobre cada una de esas constelaciones zodiacales.

Pero el truco no acabó ahí.  Para ver las formas de las constelaciones hay que echarle imaginación, muchas veces interesada.  Así, cuando llegaban las lluvias tocaba el signo de Acuario, los nacidos cuando migraban los uros (1) serían Tauro, la época en la que se esquilaba a los carneros sería para los Aries, o cuando había que recoger la mies, Virgo (por eso se la representa con espigas).  De esta forma se le daba un valor predictivo, aunque utilizaban el viejo truco de saber primero el resultado y hacer luego el pronóstico, lo que era muy útil para reafirmar el poder de la casta sacerdotal.

Por tanto, el signo del zodiaco hace referencia a la constelación por donde se ve el Sol en el día del nacimiento de cada persona.  Los griegos recogieron esta trampa y le pusieron el nombre de zodiaco, que significa “rueda de animales”.

Lo que parece es que a los astrólogos no les preocupa demasiado mirar el cielo, puesto que ni siquiera en el origen la posición del Sol coincidía con las constelaciones.  Además, el sistema solar se mueve alrededor del centro de la galaxia y la Tierra oscila sobre su eje como una peonza, lo que provoca la presencia de los equinoccios.  Por si fuera poco, las estrellas de las constelaciones también se mueven, por lo que la perspectiva del cielo nocturno va cambiando muy lentamente y, milenio a milenio, las variaciones se notan.

Hay que tener en cuenta que los signos no duran todos lo mismo y no son 12 sino 14.  Ahora tenemos el signo de Ofiuco, el portavoz de la serpiente, constelación que representa al dios de la medicina Asclepio o Esculapio.  Y el de Cetus, un monstruo marino del que proviene el término cetáceo y que se cuela durante un día en la eclíptica.

Por tanto, el zodiaco, en tanto que son las constelaciones de la eclíptica, se puede considerar ciencia, pero el horóscopo, la capacidad de predecir el futuro, es pura ficción.

(1)  Mamífero rumiente bóvido muy similar al toro, pero de mayor tamaño; fue el precedente del actual ganado vacuno europeo y habitó en Europa, Asia y el norte de África hasta su extinción en el siglo XVII.

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El amanecer es mentira

–  J.M. Mulet

Pocas cosas han inspirado tanto a los poetas y a los artistas como el amanecer. Todos recordamos hermosos poemas o canciones relacionadas con ese momento del día, como La aurora de Nueva York (con sus cuatro columnas de cieno), que de forma tan gráfica describió Federico García Lorca en el poemario que dedicó a la ciudad de los rascacielos (1).  El cine clásico también ha homenajeado al alba con películas como El amanecer (1927) del director alemán F.W. Murnau, o Amanece que no es poco (1989), del español José Luis Cuerda. Incluso tenemos un cóctel llamado Tequila Sunrise, con película homónima realizada en 1988 por el director estadounidense Robert Towne.

La realidad es que el amanecer no es más que una gran mentira.  Para empezar, la denominación de este momento del día en muchos idiomas hace referencia a la salida del sol, o a su elevación en el cielo.  Esto tendría lógica en el modelo del universo de Ptolomeo (circa 85-165), en el cual la Tierra es el centro y el Sol y los planetas giran a su alrededor. Pero gracias a Nicolás Copérnico (1473-1543) sabemos que es la Tierra la que gira alrededor de esta estrella, centro de nuestro sistema planetario.

Lo correcto no sería decir la salida del sol, o sol naciente, sino avistamiento del Sol o giro de la Tierra.  Admito que esta observación es ser muy quisquilloso, incluso que se podría argumentar que si el punto de referencia es la Tierra, para un observador sería el Sol el que se moviera como de hecho parece que pasa.  Pero hay algo más.  El amanecer tiene una parte de espejismo.

Cuando metemos una caña en el agua nos da la sensación de que está quebrada.  Esto se debe a la refracción de la luz.  La parte sumergida la vemos a través de la superficie acuosa. Al pasar del agua al aire, cambia de dirección debido a la diferencia de la velocidad de la luz en los dos medios, por eso parece que esté rota ya que recibimos la luz en diferentes ángulos.

Algo parecido ocurre con el amanecer y el ocaso ya que, al pasar del vacío del espacio a la atmósfera, la luz también sufre un proceso de refracción y su dirección se curva por lo que la posición que vemos del Sol en el cielo en esos momentos es aparente y no real.  De la misma manera que cuando hace calor parece que haya charcos en la carretera;  en este caso, el espejismo se debe a la diferencia de temperatura entre el aire que está en contacto con el asfalto y el que se encuentra en capas superiores.

Y luego está el tema de los colores tan característicos y hermosos.  La luz visible no es más que radiación electromagnética, igual que los rayos X o las ondas de radio.  La diferencia es que nuestros ojos son capaces de detectar sólo una parte de esas ondas.  De hecho, cada longitud de onda de la luz visible corresponde a un color determinado, y la luz blanca es la mezcla de todos los colores.

En condiciones normales, el cielo es azul debido a que la atmósfera actúa como un prisma y es capaz de descomponer la luz blanca que viene del Sol.  Los gases de la atmósfera absorben y emiten preferentemente las ondas más cortas, que corresponden al color azul y violeta.

En el amanecer y en el ocaso el cielo se presenta de color rojo debido a que, por la posición relativa entre la Tierra y el Sol, la luz recorre más espacio de atmósfera.  Por ese motivo, la absorción es mayor y abarca a otras longitudes de onda, quedando sólo la luz residual de color rojo o anaranjado.  Si no hubiera atmósfera, al mirar al cielo sólo veríamos el vacío estelar salpicado de estrellas.

Siento restar romanticismo, pero la belleza del amanecer no es más que que un conjunto de ilusiones ópticas.  Quizás por eso algunos le quitamos solemnidad y lo solemos recibir dormidos.

(1)  Federico García Lorca (1898-1936), Poeta en Nueva York, (primera edición, 1940, Ed. Séneca (México) y Ed. Norton (USA), 187 págs.

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