Las monedas de la Fontana di Trevi (Roma)

Lorena Pacho

Todos los días, prácticamente a cualquier hora, hay un turista en Roma lanzando una moneda a la Fontana di Trevi [ Nicola Salvi – Giovanni Pannini (1732-1762) ]. La mayoría lo hace como manda la tradición: de espaldas al monumento, con los ojos cerrados y formulando un deseo. Algunos piden volver a la Ciudad Eterna, otros encontrar el amor y muchos, sencillamente, algún anhelo fortuito. Entre todos, dejan bajo el agua una fortuna. El tesoro se encuentra actualmente asignado a Cáritas, la organización de beneficencia de la Iglesia católica.

Entre todos los atractivos de Roma, la Fontana di Trevi es uno de los más populares. Según datos del Ayuntamiento, recibe unas 450,000 visitas al mes de media y alrededor de 1,200 personas se detienen cada hora frente a ella en los momentos de máxima afluencia.

Cuando pasa la marea de turistas y curiosos, de madrugada, mientras Neptuno y sus hipocampos se desperezan en soledad, operarios del Ayuntamiento de Roma recogen el botín con un aspirador. La última recaudación anual ascendió a una cifra cercana al millón de euros (lo que supera ligeramente el millón de dólares).

El botín que cada año sale de la Fontana di Trevi se traduce en camas de albergues para las personas sin hogar; comidas y cenas en comedores sociales; mantas para quien duerme en la calle o ropa y productos de primera necesidad para indigentes. Cáritas mantiene en la capital una red para ayudar a las personas en riesgo de exclusión social. Entre ellas destacan los llamados supermercados de la solidaridad, en los que las personas sin recursos pueden hacer la compra de forma gratuita; centros de formación para desempleados; espacios de atención para personas mayores o asistencia sanitaria a domicilio para enfermos de Sida / VIH.

El uso que se dará a las próximas recaudaciones es incierto. Desde hace unos meses el Ayuntamiento de Roma y la identidad benéfica de la Conferencia Episcopal italiana analizan este tema, ya que el Ayuntamiento se está planteando destinarlo a otros fines a partir de 2019. De momento Cáritas y el Consistorio mantienen encuentros para buscar una solución y ambos han rechazado hacer declaraciones hasta que la decisión sea definitiva.

Algunos prefieren la caridad a la Administración pública. “Si se sabe que va a Cáritas, está bien” afirman dos turistas después de echar sus monedas a la Fontana siguiendo el rito habitual.

____________________

¿Se muere Venecia?

venecia.1

–  Pablo Ordaz

Cada día en Venecia, desde la ventana de su taller de restauración de muebles antiguos, junto al Ponte del Barcalori, al lado del teatro de La Fenice, Bruno Rizzato escucha a los gondoleros repetir una y otra vez que en el palacio de enfrente vivió Wolfgang Amadeus Mozart durante el carnaval de 1771, cuando sólo tenía 15 años. Los turistas asienten y disparan sus cámaras fotográficas ante una placa que, desde 1971, recuerda al “muchacho salzburgués” que convirtió la música en “purísima poesía”.

 “Pues es mentira  -afirma Bruno Rizzato-.  Se trata de un falso histórico.  En realidad fue aquí donde está mi taller donde vivió Mozart.  Si no me cree, vaya al Conservatorio. Allí se guardan aún las cartas que su padre le escribió a esta dirección.  Pero las autoridades, tal vez porque se equivocaron, o quizás porque aquel edificio de enfrente es más bonito, colocaron allí la placa con motivo del bicentenario.  El caso es que los periódicos publicaron el error pero, como es natural tratándose de Italia, allí se quedó la placa y aquí sigo yo, escuchando cada día, una y otra vez, la mentira repetida en todos los idiomas. Otra más de las mentiras en que se ha convertido Venecia”.

Bruno Rizzato es el último de una estirpe de restauradores venecianos que se remonta a 1880.  Se sabe una especie en extinción.  No tanto por su oficio de restaurador de antigüedades   -“aunque ahora la gente prefiere los muebles de Ikea, todo blanco y cristal” afirma-,   sino por su linaje veneciano.  “La explotación salvaje del turismo de masas”, sostiene, “le ha robado el alma a la ciudad;  en la zona de Rialto, hace veinte o treinta años, vivían venecianos que vendían a otros venecianos el pan, la verdura/vegetales, el pescado, y talleres donde se ofrecía artesanía auténtica -collares de cristal de Murano, máscaras hechas a mano según las enseñanzas de padres y abuelos-, a viajeros que sabían lo que compraban y lo que debían pagar por ello. Aquella Venecia ya no existe. No sabe cuánto lo siento, pero ha llegado usted cuarenta años tarde. Todos aquellos negocios fueron cerrando y en su lugar abrieron tiendas de bisutería para el turismo.  Venecia se ha convertido en Disneylandia.  Un parque temático donde, al precio de un euro (1.30 dólares) unos chinos venden a otros chinos unas máscaras venecianas fabricadas en China”.

Es un discurso amargo, resignado, que atraviesa los 455 puentes que unen entre sí la 118 islas de una ciudad que, a mediados del siglo pasado, contaba con 174,000 residentes y que ahora apenas llega a los 57,000.  Son los últimos mohicanos del amor incondicional a la belleza, ahora sitiada de Venecia.

Sus nuevos dueños, un ruidoso ejército formado por 24 millones de turistas al año, marchan de la mañana a la tarde desde el puente de Rialto a la Plaza de San Marcos agrupados detrás de un banderín -o de un paraguas abierto, o de un osito de peluche, o de un bastón desplegable con un moño rojo en la punta-, con el tiempo imprescindible para tomar unas cuantas fotografías, comprar una máscara auténticamente falsa y regresar de prisa y corriendo al barco del crucero, o al autobús, que les aguarda al lado del resbaladizo puente realizado en el año 2008 por el arquitecto español Santiago Calatrava (n. 1951).

Algunos operadores (tour operators) incluyen en el circuito turístico un “inolvidable paseo en góndola por los canales”.  Se pueden observar entonces filas interminables de turistas -de preferencia asiáticos- que van embarcando en las góndolas del atracadero de Bacino Orseolo, justo a la espalda de la Plaza de San Marcos, sin apenas descanso, como si se subieran a un carrito de la noria o a una de esas atracciones que sortean cataratas falsas en los parques acuáticos.  Al pasar por enfrente del taller de restauración del citado Bruno Rizzato, el gondolero de turno les señala una lápida de mármol y les dirá:   “En este palacio de aquí pasó unos días el joven Mozart…”.

Los venecianos sitúan el declive de la ciudad en las inundaciones del 4 de noviembre de 1966.  Los puntos más bajos de la ciudad quedaron sepultados bajo metro y medio de agua (aproximadamente 5 pies).  Unas 160,000 viviendas -situadas en los primeros pisos de palacios centenarios- fueron consideradas inhabitables.  Muchos de los que se tuvieron que marchar de Venecia  -“hacia tierra firme”, dicen aquí-  lo hicieron pensando que era de forma temporal.  La mayoría nunca regresó.  Venecia ha perdido alrededor de dos tercios de sus habitantes, pero nadie culpa del éxodo al  acqua alta  -las mareas que siguen anegando las partes bajas de la ciudad decenas de veces al año-, sino a la desidia de quienes, desde los despachos oficiales, tendrían que haber velado por que los venecianos regresasen para que la ciudad no perdiese su identidad.

Un rótulo luminoso colocado en un escaparate de la farmacia Morelli, junto al puente de Rialto, ofrece diariamente el parte de bajas de una guerra perdida.   La última cifra que pude ver es de 56,683 personas que viven en el centro histórico de Venecia.

–  ¿Usted cree que Venecia puede morir?

–  Venecia ya está muerta.

La respuesta es de Tiziana Terzi, que habla con conocimiento de causa.  Es la dueña de la Funeraria Pavanello, en el distrito de Cannaregio, una de las zonas más bellas de Venecia  -valga la redundancia-  y menos golpeada por el turismo de aluvión.  “Digo que está muerta”, se explica Tiziana, “porque ya no existe la verdadera Venecia. Los oficios, los negocios, los artesanos, los vecinos que se ayudaban entre sí en una ciudad bellísima, tal vez la más bella de todas, pero también incómoda, sobre todo para las personas mayores.  Antes, bajabas de tu casa y no hacía falta cruzar más de dos puentes para encontrar la panadería, la frutería, el carnicero.  Cualquiera ayudaba a la abuela del segundo a subir la compra en una ciudad sin ascensores.  Ahora eso ya no es posible porque vivimos entre extranjeros, rodeados de gente que no conoces.  Nos hemos visto obligados a cerrar todos los negocios porque han puesto los alquileres imposibles.  El turismo desbocado ha matado el ecosistema de esta ciudad.  Cada vez que un anciano muere, también se muere un poco más Venecia, porque su lugar no será ocupado por un veneciano más joven, sino por un turista”.

Hay dos datos significativos.  Cada año un promedio de 1,000 venecianos abandonan la laguna y se marchan a vivir a las ciudades dormitorio, entre las que Mestre (170,000 habitantes) es la que sigue absorbiendo más población.  El otro dato es aún más representativo:  en los últimos años, más de setecientos apartamentos del centro histórico han sido transformados en pensiones con desayuno para turistas.  “Muchos esperan a que se muera la abuela para alquilar la casa o convertirla en bed and breakfast;  los venecianos somos una especie cada vez más rara en nuestra propia ciudad”, asegura Michele Gottardi, Profesor de Historia en la Universidad Ca’Foscari.

“La gente escapa porque los únicos trabajos que ofrece la ciudad son de recepcionistas, camareros o para hacer la limpieza en los hoteles”, añade Bruno Fillippini, Asesor municipal sobre políticas de residencia, “mientras que hace sólo unas décadas -añade- eran los artesanos del mármol, la piedra, el oro o el bronce los que sostenían la economía de Venecia”.

El sonido del trabajo ha sido sustituido por el de una maleta de ruedas triscando trabajosamente entre los puentes.  Ese ese es el nuevo himno de Venecia.  La fuente de su riqueza y, al mismo tiempo, la canción de su derrota.

A pesar de todo los venecianos son conscientes de que, todavía, poseen casi en exclusiva dos momentos mágicos. “El alba y el ocaso” afirma nuestro restaurador de muebles antiguos Bruno Rizzato, y su sonrisa se ilumina en el reducido espacio donde trabaja:  “Yo siempre les doy el mismo consejo a los turistas, pocos, que entran en el taller y pierden el tiempo hablando conmigo.  Les digo:  no compréis esas máscaras falsas de un euro, no compréis nada en esas tiendas donde todo es mentira.  Pero levantaos al amanecer, o esperad al atardecer, y disfrutad de la ciudad antes de que llegue la invasión de turistas o cuando ya se hayan ido.  Solo entonces podréis encontrar, por algunos instantes, el rastro maravilloso de la verdadera Venecia”.

____________________

Imagen supra:   Vista aérea de Venecia.  En el ángulo inferior derecho, a la entrada del Canal Grande (que tiene la forma de la letra S al revés), pueden verse la Basilica de Santa Maria della Salute y, enfrente, la Piazza San Marco.

____________________

Trinidad: una ciudad cubana sin calendario

trinidad.1 (2)

–  Paco Nadal

Si hay una visita imprescindible en Cuba es a Trinidad.  Conozco pocas ciudades coloniales de Latinoamérica tan bellas, bien conservadas y auténticas como ésta.

Cuadras y cuadras de calles adoquinadas sobre las que despuntan campanarios de iglesias de sencillo estuco pintado de tonalidades vivas y alegres, cientos de bellos edificios de una sola planta y patios llenos de flores y azulejos, fachadas con ventanas de rejería y colores alegres, gente que va aún a caballo, viejas que se sientan a la puerta en sus sillas de anea en busca del frescor de la noche y ni una sola construcción moderna que afee el conjunto.

Una estampa sacada de hace cien años que, gracias a la suerte, a la pobreza en la que se sumió la ciudad tras el debacle del mercado del azúcar y, por qué no decirlo, al dinero de la UNESCO, el viajero puede disfrutar ahora en directo.

Al atardecer la música sale por los cuatro costados de la Casa de la Trova, del Palenque de los Congos, o de la Taberna de la Canchánchara e inunda con sus sones las calles del centro histórico.  Y a eso de las 10 de la noche, una multitud de forasteros se reúne en las escalinatas de la Casa de la Música, a un costado de la Plaza Mayor, para escuchar grupos de son, de rumba o de trova en directo.

Pero lo mejor de Trinidad es que está viva, que es de verdad.  Me explico. Hay muchas ciudades y barrios de ciudades coloniales de América Latina tan bien conservadas como ésta, pero ni son tan extensas, ni están ocupadas aún en su mayoría por la población local.  El turismo es un arma de doble filo que todo lo transforma.  Y este tipo de sitios suele acabar transformado en un parque temático.  En un museo de cartón piedra donde la necesidad de abrir rentables locales para turistas (desde restaurantes a cibercafés o tiendas de recuerdos horteras), expulsa a la población local, que no puede pagar ya los precios que el mercado inmobiliario impone en sus antiguas calles y plazas (es lo que ha pasado, por ejemplo, en la Plaza de Armas de Cuzco).

En Trinidad, de momento, esto no ha ocurrido.  Tras esos grandes portones de maderas talladas, en esas crujías frescas de paredes de adobe y mampuesto y techos a dos aguas, viven y trabajan aún cubanos, seres de verdad, descendientes de aquellas familias que levantaron estas casas.

Es lo que le da a Trinidad su magia:  que es de verdad.

____________________