Osvaldo Morales Mustelier fsc (1924-2018) – Un hombre bueno

–  Luis Franco Aguado, fsc

Un hombre es bueno cuando es honrado, sincero, auténtico, digno de confianza.  El Hno. Osvaldo Morales era así, como un jarrón vacío a través del cual Dios se manifestaba, se hacía cercano a  niños, adolescentes, jóvenes y adultos.  Y, además, era un hombre de conciencia, por eso la bondad le seguía como una sombra, y de alguna manera se puede decir que se convirtió en su modo de ser.  Pocas personas como el Hno. Osvaldo han puesto en práctica  la bondad humana a través del ejercicio diario de los valores morales.

Buena persona es “quien de verdad quiere serlo” y, en ese sentido, podría decirse que a él le sobró vocación.  Siempre tuvo una fina sonrisa de comprensión e indulgencia para las debilidades humanas, y la cercanía para quienes necesitaban de sus consejos y su ayuda.  ¡Tiene mérito ser así a los 93 años!

También es verdad que el Hno. Osvaldo era un hombre de certezas, pero en el fondo de su alma estaba convencido de que la verdad de hoy se hace con renuncias a las verdades de ayer y de mañana…;  justamente por eso era un hombre bueno.  En los últimos años de su vida pasó gran parte de su tiempo “acompañando vidas”, muchas de ellas deshilachadas, en su Cuba querida, sobre todo en ese Santiago de Cuba que llevaba tatuado en lo más profundo de su corazón.  Allí encontró, hasta mimetizarse con ella, la buena sombra de la Virgen de la Caridad del Cobre, la mejor entre las sombras.

Y, junto al buen Hermano De La Salle y la buena persona el buen amigo.  La amistad  es la más libre y la más gratuita entre todas las vinculaciones que se puedan establecer entre las personas.  Decía Aristóteles que en la amistad se concreta la inteligencia, la libertad y la dignidad del hombre, teniéndola por “lo más necesario para la vida”.  Y es que la amistad consiste, cuando se reduce a su quintaesencia, en dejar que el otro sea lo que es y quiere ser, ayudándole delicadamente a encaminarse hacia lo que debe ser.  Sabedor de todo ello, el Hno. Osvaldo Morales Mustelier trató de cosechar con paciencia campesina las espígas de las que se alimenta la amistad:  la benevolencia, la beneficencia, la benedicencia y la confidencia.  Fue el caminante que hizo camino al andar; el romero que solo llevaba a cuestas un zurrón repleto de bondad para descargarlo en las posadas de la amistad y dar cuanto tenía o hacía, también lo que era.  Quizás nunca la pronunció, pero seguramente sentía como suya aquella frase que un día escribió en un relato  Álvaro Pombo:  “Yo soy mi corazón y tú también”.  Nadie sabe cuántas palabras caben en el silencio del amigo.

Muchos nos hemos quedado atrapados en la tela de araña de su ausencia.  Han pasado apenas unos días, no se han escrito obituarios ni elegías de quien tan solo fue -nada más y ¡nada menos!- que un buen Hermano De La Salle, un hombre bueno.  Creo que a su tumba tardará en llegar la sentencia implacable del olvido, la que nos convierte a todos en verdaderos muertos.  Si, como asegura Emilio Lledó, “somos necesariamente en el otro y cuanta más memoria guardan los demás de nosotros más somos”, entonces el Hno. Osvaldo aún está entre nosotros, aún sigue vivo.  Para muchos, ha resultado muy duro seguir moviendo el corazón todos los días casi cien veces por minuto sin su ayuda, pero la huella de su voz cordial, de su palabra comprensiva, no se ha borrado de su memoria, de sus amigos, de su hermana María, de su familia religiosa, de todos aquellos con los que supo hacer la pequeña gran historia de cada día.

Ahora seguimos necesitando oír el susurro de su voz bajo ese disfraz de caracola que un buen día parece que encontró en el rodar de la vida.  Ese susurro a muchos nos ha ayudado a entender el mundo por lo sencillo, por la grandeza de las pequeñas cosas:  el trabajo bien hecho, el apretón de manos que siente el corazón, la palabra dialogada e interpretada en el otro, el ser condoliente con el que sufre, el tratar de dar amor -nunca la ira- siempre que se pueda… y, cuando la ocasión sea propicia, regalar sonrisas y no malhumorarse con demasiada frecuencia.

Definitivamente el Hno. Osvaldo fue un “hombre bueno”.

Supo a lo largo de su dilatada vida celebrar las virtudes de los otros, de muchos a los que nadie valoraba.

Su apariencia podía hacer que, de partida, sintieras el aleteo de mariposas en el estómago, pero con el tiempo ese aleteo se desvanecía, y la risa afloraba como fuente recién nacida.

Le gustaba tener la razón, pero estaba dispuesto a ir mano a mano contigo y hacerte saber cuándo estabas siendo difícil o cuándo estabas viendo el mundo con tus lentes de poeta.

Sabía respetar a los que acudían a él, incluso cuando no tenían razón, cuando la emoción no les permitía descubrir el camino correcto… y entonces, sobre todo entonces, nunca caía en la tentación de manipular tus sentimientos.

Cuando se dialogaba con él, uno´tenía la sensación de que era alguien en que se podía confiar.  Le decías cosas y él no las repetía.  Te equivocabas y pedías perdón y él realmente lo dejaba ir…

Era el primero en admitir que no sabía todo acerca de la vida, pero eso no le impedía ser empático  El hecho de que no le tocara enfrentar los mismos desafíos ni problemas que tú, no significaba que para él fueran menos importantes.

En fin, el Hno. Osvaldo supo predicar con el ejemplo.  Ésa fue una de sus mayores virtudes.  Sabía bien que de nada sirve dar discursos profundos, motivadores, que les lleguen a las personas, si luego, de manera incongruente, no los practicas.  Con su ejemplo, supo ganarse el cariño y el respeto de aquellos con los que se cruzó a lo largo de sus 93 años…  porque cuando fue necesario se arremangó las mangas, y demostró el coraje y la pasión que eran necesarios para mover, sobre todo los corazones.

Quiero concluir con aquel pensamiento que se le atribuye a Bertolt Brecht:  “Hay hombres que luchan un día y son buenos.  Hay otros que luchan un año y son mejores.  Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos.  Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles”.  El Hno, Osvaldo era de los imprescindibles, por eso alcanzó el cielo, porque no tenía miedo a volar.

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Los cuatro tronos de la Virgen de la Caridad

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   –   Mons. Eduardo Boza Masvidal

    El 1º de mayo de 1916, Su Santidad el Papa Benedicto XV confirmaba solemnemente, con la autoridad apostólica, lo que ya era una realidad hacia tres siglos, y proclamaba oficialmente a la Santísima Virgen María de la Caridad del Cobre, Patrona Principal de la República de Cuba.

¿Cuándo empezó la Santísima Virgen María de la Caridad a ser nuestra Patrona, la Reina y Madre de nuestro pueblo?  Yo diría que desde aquel mismo día de principios del siglo XVII en el que tres hombres humildes de nuestra tierra encontraron su imagen flotando sobre las aguas de Nipe, como paloma mensajera de gracias y bendiciones del cielo.  Por ser nuestra patria una Isla larga y estrecha, nuestra vida está íntimamente ligada al mar.

Los cubanos amamos el mar, que siempre nos quedaba cerca, que forma parte de nuestra psicología y de nuestra vida.  Hoy, si tenemos que vivir en grandes países, tierra adentro, una de las cosas que más echamos de menos es precisamente su azul incomparable, que se pierde en el horizonte, y serena y eleva el espíritu.

El primer trono de la Virgen María de la Caridad fue el mar.  Su primer dosel, el cielo.  Así apareció Ella, bajo la azul inmensidad del cielo y sobre la azul inmensidad del mar, como un punto blanco y luminoso que venía de Dios y que nos señalaba el camino para ir a Él.

El segundo trono de la Virgen María de la Caridad fueron las manos de los tres hombres humildes y sencillos de nuestro pueblo cubano.  En ellos estaba representado todo el pueblo cubano.  Sus manos rudas y encallecidas de obreros, se hicieron tiernas y sedosas para recoger con amor aquel regalo del cielo.

El tercer trono de la Virgen María de la Caridad fue el verdor de nuestros campos.  El verde, ¡qué metido lo tenemos en la retina de nuestros ojos los cubanos!  Nuestros campos, nuestras palmas, nuestras llanuras, nuestras montañas, ¡todo es verde como la esperanza!  Ella misma escogió el lugar:  fue en El Cobre, sobre las montañas más altas de la patria, como para que desde allí Ella nos pudiera ver a todos, y nosotros para mirarla tuviéramos que levantar la vista hacia lo alto, entre los penachos de las palmas que se agitan en saludo vibrante y las cañas que se mecen suavemente a sus pies en oración callada, como ofreciéndole la dulzura del azúcar que contienen en su seno.  Allí, donde Ella quiso, sobre el trono verde, quedó su imagen.

El cuarto trono de la Virgen María de la Caridad fue rojo.  Rojo vivo, como el amor, como el sacrificio, como el martirio, como la sangre:  fue el corazón de cada cubano.  Y allí llega María para traer a Cristo.  Ella es el camino por donde Cristo viene a nosotros y por donde nosotros vamos a Él.  Ella quiere encontrar allí, no el amor sentimental de la devoción insulsa y supersticiosa, sino el amor valiente de la plena vivencia de nuestra fe cristiana, y ese amor es fuerte como el sacrificio, y rojo como el martirio callado y oculto del deber heroico de todos los días, o como el martirio cruento del sufrimiento y de la sangre que se vierte por Cristo y por la patria.

Han pasado tres siglos en los cuales, como la madre convive con sus hijos, la Virgen María de la Caridad ha compartido nuestra historia, nuestras ansias de liberación, nuestras penas y nuestras alegrías, nuestras inquietudes y nuestras esperanzas.  Ella ha escuchado plegarias de muchas generaciones de cubanos.

Terminada la lucha independentista, cuando ya la República comenzaba a asentarse sobre bases firmes, los Veteranos sintieron que les quedaba un deber que cumplir, y en nombre de todos, los que residían en las zonas más cercanas se reunieron en El Cobre y allí firmaron el precioso documento que elevaron al Papa Benedicto XV, pidiéndole que confirmara oficialmente a la Santísima Virgen María de la Caridad como Patrona de Cuba.

El Papa leyó aquella petición emocionada; miró a Cuba y vio a la Virgen de la Caridad como Reina de aquel pueblo en el trono azul de las aguas ondulantes, en el trono blanco de las manos limpias, en el trono verde de las montañas, en el trono rojo de varios millones de corazones cubanos y gozoso firmó el documento que confirmó en forma solemne y oficial aquel título y aquella realidad tres veces secular.  Era el 1º de mayo de 1916.

Un 8 de septiembre más nos sorprende en el exilio, dispersos en mil lugares; a otros en la patria esclavizada.  No podemos rendirle a nuestra Madre de la Caridad los grandes homenajes que quisiéramos.  No podemos llevarla en peregrinación por todos los rincones de Cuba como en 1952, cuando el Cincuentenario de la República;  no podemos reunirnos todos en un magno Congreso como en 1959.  Pero no importa:

Ella sabe de cruz y sabe de exilio, está con nosotros, con los de dentro y con los de fuera, y eso basta.

Que nuestro gran homenaje a la Virgen de la Caridad en esta hora de prueba sea mantenernos firmes y hacernos mejores cristianos y mejores cubanos.

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Nota:  Este artículo de Mons. Eduardo Boza Masvidal (1915-2003), forma parte del libro Voz en el destierro, publicado por la Editorial Ideal, Coral Gables, Fl.  Pueden solicitarse ejemplares del libro en el e-mail:   ideal@idealpress.com